¿Cuántas veces nos hemos gastado una cantidad enorme de energía intentando cambiar cosas que simplemente no dependen de nosotros? Ocurre a diario: un problema grave en el trabajo, una enfermedad que llega de golpe, una ruptura que no esperábamos o cualquier imprevisto que echa por tierra todo lo que teníamos planeado. En esos momentos, lo más habitual es sentir rabia, frustración e impotencia, pensando que nos hemos quedado sin opciones y que no hay nada más que hacer.
Viktor Frankl resumió esta realidad con una frase muy clara: «Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento». Es un mensaje directo que nos devuelve el control sobre nuestra propia vida cuando creemos que lo hemos perdido todo.
Una idea nacida en el extremo
Es muy fácil dar consejos y hablar de optimismo cuando las cosas van bien y la rutina es tranquila. Sin embargo, Frankl no escribió esto desde la comodidad de un despacho. Vivió en carne propia una de las mayores tragedias de la historia:perdió a sus padres, a su hermano y a su mujer embarazada, y pasó tres años encerrado en varios campos de concentración nazis, entre ellos Auschwitz.
En medio de ese horror, rodeado de frío, hambre y violencia diaria, el psicólogo observó que los prisioneros que flaqueaban no eran necesariamente los más débiles físicamente, sino aquellos que perdían cualquier motivo para seguir adelante y se dejaban llevar por el desánimo. Se dió cuenta de que los guardias podían controlar su cuerpo, quitarle su ropa, su nombre y su libertad de movimiento, pero había algo intocable: nadie podía decidir por él qué pensar ni cómo reaccionar por dentro ante esa barbarie.
[[H2:El desgaste de pelear con la realidad]]
En la actualidad, nos cuesta horrores encajar las malas noticias. Vivimos en una sociedad que nos acostumbra a pensar que todo se puede solucionar de forma inmediata o que siempre hay una respuesta rápida para cada problema. Por eso,cuando nos chocamos contra un muro que no podemos derribar, nuestra primera reacción suele ser enfadarnos con la realidad, darle vueltas a la cabeza sin parar y preguntarnos una y otra vez «¿por qué a mí?».
El problema de esa espiral es que luchar contra lo inevitable solo sirve para multiplicar el dolor. Si te rompes una pierna y te pasas la semana maldiciendo al suelo, la pierna no se va a curar antes; solo vas a conseguir estar lesionado y, encima,amargado. Aceptar lo que ocurre no significa resignarse, dar la batalla por perdida o quedarse de brazos cruzados.Significa ser práctico: asumir los hechos tal y como son para dejar de malgastar fuerzas en lo que ya no se puede cambiar y ponerlas en lo único sobre lo que sí tenemos control.
Aprender a elegir nuestra respuesta
¿Qué significa en la práctica "escoger la actitud"? No se trata de poner una falsa sonrisa ni de fingir que no pasa nada cuando por dentro estás destrozado. Eso no sirve de nada. Se trata de entender que, por muy mala que sea la situación,siempre hay un margen entre el problema y tu respuesta.
Puedes encajar un golpe vital dejándote arrastrar por el victimismo y la queja, o puedes encajarlo buscando la forma de adaptarte, pidiendo ayuda, apoyando a los que te rodean o intentando sacar un aprendizaje del proceso. La situación dolorosa sigue estando ahí, pero la manera en que la llevas cambia por completo tu día a día y el de la gente que vive contigo.
Lo que realmente importa
Al final, la lección que nos dejó el psiquiatra es bastante simple y válida para cualquiera. La vida no siempre nos pide permiso antes de complicarse y nadie tiene garantizada una existencia libre de golpes. No podemos elegir las cartas que nos tocan en cada momento, pero siempre seremos nosotros los que decidamos cómo jugarlas.
Cambiar la forma de mirar un problema no va a hacer que el dolor desaparezca mágicamente de la noche a la mañana, pero sí que evita que el problema termine por arrastrarnos y rompernos por completo.





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