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Un recorrido por Salvador de Bahía, en Brasil: así se disfruta de sus playas y su cultura

El Tiempo
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Reseña

La expresión artística en esta ciudad habla de quienes hicieron de la cultura negra una poderosa forma de resistencia e identidad.

31.10.2026 22:40 Actualizado: 31.10.2026 22:40

Ronaldo, nuestro guía, pasa a buscarnos por Catharina Paraguaçu, encantador hotel en el antiguo Palacete dos Gonzaga donde disfrutamos de un abundante desayuno bahiano: tapiocas, pastel de banano, zumo de cajá y umbu y café de Piatã. Rumbo al primer destino, nos desviamos para conocer a las Gordinhas de Ondina, grupo escultórico de Eliana Kértész que representa las tres matrices étnicas de Brasil.

Cuando llegamos a la Praça Castro Alves, Ronaldo extiende el brazo a la distancia y anuncia: “Muy cerca de aquí comenzó todo, cuando Tomé de Sousa fundó la ciudad-fortaleza en 1549”. Ante nuestros ojos, la inmensa bahía de Todos los Santos; a nuestras espaldas la rua Chile, primera calle que se trazó en el país y que nos llevará al Centro Histórico.

“Salvador nació cercada de muros por temor a los tupinambás, que al principio se resistieron. Pero con los colonizadores llegaron los jesuitas a catequizarlos y la imposición del trabajo”. Dicen los historiadores que los indígenas ayudaron a levantar la ciudad, proveyeron de alimento a los portugueses y compartieron con ellos sus saberes, pero eso no redundó en su favor: de 40.000 que eran en 1563, solo quedaban 3.500 dos décadas más tarde. 

“¿Y la población negra?”, pregunta Belén, la fotógrafa. “Traída por la fuerza desde África en tres ciclos”, responde el guía. El tiempo —“uno de los dioses más lindos” para Caetano Veloso— transformaría a Bahía, no solo en escenario de las mayores rebeliones antiesclavistas del siglo XIX, sino en emblema vivo de una cultura extraordinaria.

El Pelourinho y más allá

El estallido de colores, sonidos y aromas del barrio Pelourinho, en el centro histórico de Salvador de Bahía, invita a perderse por sus calles sinuosas. Los sentidos se activan, se detiene la atención en la agilidad de los capoeiristas que practican sus destrezas en las plazas, en la voz ronca que susurra una samba desde una ventana abierta, en las bahianas que reparten cocadas —tan blancas como sus faldas—, en los atabaques (tambores de origen africano), en el mar azul violeta que se avista doblando cualquier esquina.

Todos los años, el jueves anterior al segundo domingo después de Reyes, millares de personas vestidas de blanco recorren los ocho km que separan Nossa Senhora da Conceição da Praia (en la Ciudad Baja) de la imponente colina de Itapagipe, donde se yergue la iglesia más afamada de Salvador: Nosso Senhor do Bonfim. 

Cuando llega el cortejo, las bahianas vestidas con trajes tradicionales realizan la histórica y resignificada Lavagem: derraman agua perfumada con lavanda sobre el atrio y las escalinatas entonando cánticos al son de los atabaques. Luego de amarrar a las rejas de la iglesia sus cintas de colores (cada color expresa un pedido o deseo y corresponde a un Orixá), la multitud continúa celebrando con música, comida y bebida. 

“Ese evento une la devoción católica por Cristo con el culto a Oxalá, padre de la humanidad en las religiones afrobrasileñas”, explica Ronaldo. Más allá de esa fecha exacta —la próxima Lavagem será el 14 de enero de 2027—, todos los días llegan peregrinos a visitar el templo y anudar sus cintitas a las rejas.

En la ciudad también está el Mercado Modelo, que une dos flamantes atractivos turísticos a las consabidas artesanías, ropas y souvenirs: el monumento Arena da Capoeira —que inmortaliza a maestros legendarios como Bimba, Pastinha y Besouro Mangangá— y la Galería Mercado. En el subsuelo del mercado vale la pena visitar una muestra permanente que convoca a artistas bahianos de tres generaciones: Mário Cravo Júnior con sus Cabeças de Tempo talladas en madera salvada del fuego, Rubem Valentim con tres esculturas geométricas de su serie Templos de Oxalá, y Vinicius S. A. con la magnífica Lágrimas: quince mil lámparas recicladas rellenas con resina suspendidas sobre espejos de agua.

Música y arte

A la Cidade da Música, inaugurada en 2021 en el Casarão dos Azulejos Azuis (de 1855), la llaman “el corazón sonoro de Salvador”. Adentrarse en ese corazón es un viaje por la trayectoria de los artistas de la MPB, la samba-reggae, el rock, el pagode, el axé, el rap y el trap y puede llevar una tarde entera o más. 

En el primer piso, “A Cidade e Sua Música”, se presentan los sones de distintos barrios soteropolitanos; en el segundo, “História da Música na Bahia”, nueve cabinas para dos personas y tres amplias salas proyectan videos con 260 testimonios de personalidades vinculadas al quehacer musical. En el tercero dan clases de percusión y hay estudios para karaoke.

En cuanto a la propuesta artística, el complejo Solar de Unhão alberga el Museu de Arte Moderna da Bahia. Decir MAM-BA equivale a decir Lina Bo Bardi, la gran arquitecta italobrasileña que lo concibió y lo dirigió desde 1959 hasta 1964. Ella restauró el Solar con una perspectiva moderna y dejó como legado —en una de las salas hoy dedicadas a exposiciones temporarias— su escalera helicoidal: construida con el sistema de encaje propio de los carros de bueyes, sin clavos ni tornillos, parece flotar en el aire, aunque es sólida y firme.

Una de las dos galerías permanentes preserva la “mesa de Lina”, que se sigue utilizando para conferencias y reuniones, y la colección de arte popular que ella reunió especialmente para el museo en sus viajes por el interior nordestino.

Vistas del archipiélago

Salvador tiene playas hermosas, todas diferentes. Desde las archiconocidas como Porto y Farol da Barra e Itapoã hasta las más recónditas como Stella Maris, Buracão o Ribeira. Pero pocos saben que, desde 2017, la ciudad sumó un barrio que es una isla. 

Con forma de estrella de quince puntas, Ilha dos Frades es una de las 56 que integran el archipiélago bahiano. La plácida travesía en catamarán dura una hora y media y nos deja en Ponta de Nossa Senhora de Guadalupe, galardonada con el certificado Bandeira Azul por preservar el medioambiente.

En Frades también vale la pena visitar la playa de Loreto, con su capilla del siglo XVII, y Viração, la más salvaje, antes de ir a pie hay que consultar las tablas de marea; si está alta, solo se llega por agua.

Teresa Arijón

La Nación (Argentina) - GDA

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