La actividad física podría ayudar a las personas con una predisposición genética a la depresión a experimentar síntomas menos graves. Así lo apunta una investigación publicada en Nature Mental Health, que ha analizado los datos de más de 23.500 adultos y ha encontrado que la relación entre el riesgo genético y la carga de los síntomas depresivos es menos intensa entre quienes practican ejercicio de forma regular.
El trabajo, dirigido por investigadores de la Universidad Estatal de Kansas (Estados Unidos), utilizó información del programa de investigación All of Us, impulsado por los Institutos Nacionales de Salud estadounidenses (NIH). Los científicos combinaron datos genéticos, respuestas a encuestas, historiales médicos electrónicos y registros de actividad física obtenidos mediante dispositivos Fitbit. De esta manera, pudieron estudiar tanto la predisposición hereditaria como los hábitos de movimiento de los participantes durante periodos prolongados.
La muestra incluyó a 23.517 adultos, con una edad media de unos 56 años. El 67% eran mujeres y las edades abarcaban desde los 18 hasta los 92 años. Los investigadores dispusieron de una media de 582 días de registros de actividad física procedentes de los dispositivos, lo que permitió analizar patrones de movimiento más allá de una medición puntual.
La diferencia entre tener depresión y sufrir síntomas
Uno de los aspectos relevantes de la investigación es que no se limitó a comprobar si los participantes tenían o no un diagnóstico de trastorno depresivo mayor. También examinó la gravedad de los síntomas, una distinción que permite identificar situaciones que pueden quedar fuera de una clasificación diagnóstica binaria.
"Si consideramos la depresión simplemente como un sí o un no para el diagnóstico, estamos pasando por alto gran parte de la variabilidad que conlleva", explica Denver Brown, profesor de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Estatal de Kansas y uno de los investigadores del trabajo, según recoge Ep. Una persona puede presentar algunos síntomas sin cumplir los criterios para un diagnóstico formal, mientras que otras pueden experimentar manifestaciones moderadas o importantes.
Para medir la actividad física, el equipo utilizó dos indicadores registrados por los dispositivos Fitbit: el número de pasos diarios y los minutos dedicados a ejercicio de intensidad moderada o vigorosa. En ambos casos apareció un patrón similar: entre los adultos más activos, la predisposición genética tenía una relación menos marcada con la gravedad de los síntomas depresivos.
El análisis encontró que tanto el riesgo genético como la actividad física estaban asociados de forma independiente con la depresión. Una mayor predisposición hereditaria se relacionaba con más probabilidades de presentar el trastorno, mientras que los niveles más elevados de actividad física se asociaban con un menor riesgo. Sin embargo, los investigadores no observaron que el ejercicio modificara significativamente la relación entre la genética y la posibilidad de recibir un diagnóstico.
La interacción sí apareció al estudiar la gravedad de los síntomas. En este caso, los resultados apuntaron a que la actividad física podía atenuar la asociación entre el riesgo genético y la carga sintomática. El patrón se mantuvo al utilizar distintas medidas de actividad y diferentes definiciones de gravedad.
Un posible factor modificable
Los autores consideran que estos resultados pueden contribuir a comprender cómo interactúan la biología y los hábitos de vida en la salud mental. La predisposición genética no determina por sí sola la evolución de una persona y factores modificables, como la actividad física, podrían influir en la forma en que se manifiesta esa vulnerabilidad.
No obstante, el estudio es observacional y muestra asociaciones, por lo que no permite demostrar que hacer ejercicio reduzca directamente los síntomas ni establecer qué cantidad o intensidad de actividad sería necesaria para conseguir ese efecto. Tampoco significa que la actividad física pueda sustituir a los tratamientos indicados para la depresión.
Brown destacó que conocer el riesgo genético de cada paciente podría ayudar a orientar las recomendaciones sobre hábitos de vida y avanzar hacia una atención más personalizada. Aunque esta investigación se ha centrado en adultos, su equipo también estudia la relación entre actividad física, sedentarismo, sueño y bienestar mental durante la adolescencia y los primeros años de la edad adulta, etapas en las que suelen aparecer muchos trastornos de ansiedad y depresión.





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