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Julio Zarco: «El dolor existe y no siempre podemos evitarlo, pero el sufrimiento es opcional»

La Razon
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Cercano y perseverante, el doctor Julio Zarco compagina su labor como director gerente del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid con su pasión por el humanismo y la filosofía. Fruto de ello es su último libro, «Yo, Séneca. Las enseñanzas de un estoico», una obra reveladora que reivindica la vigencia de esta filosofía.

¿Por qué ha elegido a Séneca?

Por varias razones: el estoicismo es una filosofía muy actual, hasta el punto de que la psicología cognitivo-conductual utiliza técnicas procedentes de esta corriente. Además, es una figura poco conocida y merece que se visibilice. También me interesa cómo afrontó el dolor y la muerte, y los paralelismos entre la sociedad de su época, marcada por la corrupción y la falta de referentes éticos, y la actual.

Ese despotismo de la época está más vivo que nunca...

Sí, porque las grandes pulsiones humanas no han cambiado: la envidia, la avaricia, el miedo y el ansia de poder siempre han existido. La maldad adopta diferentes ropajes, pero la cuestión es cuántas personas son capaces de mantener la integridad, actuar con coherencia y aportar luz a la sociedad.

¿Los políticos deberían leer a Séneca?

Sin duda. Los políticos y muchas otras personas. Vivimos en un mundo con un relativismo moral importante, en el que parece que todo vale. Pero hay líneas rojas que no se pueden traspasar. Cuando normalizamos determinadas conductas, ponemos en peligro a la sociedad y generamos dolor, pobreza y apatía.

¿Qué enseñanzas de ese estoicismo podrían aplicarse hoy en día?

Los estoicos defendían que el individuo debe contribuir a mejorar la sociedad. Marco Aurelio lo resumía con una idea: lo que beneficia a la abeja beneficia a la colmena, y viceversa. Participar en la vida pública y tratar de mejorar el entorno era un deber moral. Séneca intentó mantener la coherencia y la integridad desde una posición cercana al poder en una época en la que hacerlo exigía un enorme esfuerzo.

Otra de las grandes lecciones de Séneca tiene que ver con el dolor. ¿Es posible aprender a convivir con él?

El dolor existe, forma parte de la existencia, y no siempre podemos evitarlo, pero el sufrimiento es opcional. Los estoicos utilizaban ese dolor para entrenar el carácter y desarrollaron estrategias para afrontar la enfermedad, las pérdidas y las dificultades. Cuando rechazamos el dolor o huimos de él, es cuando puede convertirse en sufrimiento. Tenemos que aprender a interiorizarlo y contar con herramientas para convivir con él.

Ellos ya ponían la salud en el centro...

Los estoicos ya hablaban de la importancia de cuidarse, de mantener la armonía con la naturaleza y de atender tanto al cuerpo como a la mente. Séneca fue un hombre enfermo desde su infancia, porque padecía asma, pero hacía ejercicio, cuidaba su alimentación y cultivaba sus relaciones personales.

Precisamente Séneca habla de la amistad como amor verdadero y del potencial del amor como el mejor remedio frente a la enfermedad. ¿Está de acuerdo?

Por supuesto, porque el amor y los vínculos humanos contribuyen a nuestro equilibrio. Somos mamíferos y necesitamos el contacto físico y emocional. Vivimos hiperconectados, pero, paradójicamente, cada vez reducimos más el contacto humano. Debemos recuperar la importancia de mirar a los demás, escucharlos y compartir tiempo con ellos.

¿Cómo aplica estas enseñanzas en la dirección del Hospital Niño Jesús?

Yo hablo de liderazgo estoico: aplicar a la gestión valores como la valentía, la templanza, el conocimiento, la justicia y la equidad. El estilo de liderazgo condiciona toda la organización. Si un directivo cuida a su equipo, este cuidará mejor a los mandos intermedios y eso al final llega al paciente. Esa forma de actuar llega a todos los rincones del hospital y repercute en su funcionamiento.

¿Qué lección personal se lleva de Séneca?

La importancia de mantener la integridad y la coherencia, incluso cuando las circunstancias son difíciles. No podemos evitar las adversidades, pero sí trabajar en cómo afrontarlas y en cómo contribuimos a mejorar nuestro entorno. El objetivo debe ser siempre el bien común.

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