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Si los jóvenes protestan, tienen esperanza

El País Economía
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Acampando en España, manifestándose en Francia, Serbia o Albania, jugándose la vida al emigrar masivamente en África y América del Sur, los jóvenes de hoy expresan su enorme malestar por la sociedad que les hemos dejado. La princesa Leonor, en el acto de entrega de los premios que llevan su nombre, citaba a Havel: “La esperanza no es la convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certeza de que hay cosas que merece la pena defender pase lo que pase”. Afirmación complementaria del principio esperanza que defendía el filósofo marxista Ernst Bloch: una energía activa que impulsa al ser humano a transformar la realidad. Lo consiga o no, añado yo, sientes que debes intentarlo.

Los jóvenes de hoy manifiestan su protesta porque creen que merece la pena hacerlo y con la esperanza de que, con ello, la realidad ante la que se enfrentan se vea transformada a mejor. Son tiempos de “desencanto social profundo, de desigualdades, de conflictos, populismos, incertidumbre…”, según la princesa Leonor, donde es difícil mantener el entusiasmo, pero también tiempos de esperanza, al menos para los jóvenes que protestan.

Y la gran pregunta del discurso: “¿Son estos tiempos más oscuros que otros anteriores?”. Centrándonos en los jóvenes europeos de hoy, la respuesta es un sí rotundo: nunca se pudo tanto y se tuvo tan poco. Nunca ha habido una generación con más oportunidades ni con más formación y, a la vez, con una perspectiva vital tan mermada respecto de sus capacidades y tan alejada de las opciones existentes en este mundo rico y desarrollado.

Como decimos los economistas, nunca la frontera de posibilidades, aquello que está disponible, ha estado tan alejada de la recta de balance, los recursos escasos de que disponen. Todo ello, agravado por las redes sociales y el exhibicionismo de la actual sociedad —más devoradora que consumista—, que señalan, todavía más, la amarga realidad de muchos jóvenes en Europa y en el mundo. Lo veremos, con ayuda de la IA, con algunos datos comparativos.

El PIB per cápita europeo, en términos reales, se ha multiplicado por cuatro entre 1960 y ahora. En el caso español, dicho incremento ha sido incluso algo superior. Entre ambos periodos ha habido una profunda transformación socioeconómica y tecnológica en Europa (y en el mundo) que podemos resumir en cuatro puntos: aumento de la esperanza de vida, que ha pasado de los 67 años a los 80; una generalización del Estado de bienestar en términos de educación, sanidad y pensiones; reducción del tiempo de trabajo, aumento del ocio y equilibrio entre vida personal y laboral; revolución de las libertades civiles y de igualdad, con una incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo y amplio reconocimiento de derechos individuales.

Si miramos los salarios y su poder adquisitivo, hay tres etapas: 1960-1980, aumento espectacular del poder adquisitivo de los salarios, lo que dio acceso pleno de los trabajadores al mundo del consumo (incluyendo la vivienda); 1980-2010, se estabiliza el crecimiento y se agravan las desigualdades sociales; de 2010 a la actualidad, el poder adquisitivo se estanca o incluso se reduce, dificultando la vida cotidiana (compra, energía, vacaciones y, sobre todo, vivienda), y surge la polarización social que golpea de forma especial a los jóvenes, que se enfrentan a tasas de paro superiores a la media, mayor precariedad laboral, sin carrera profesional definida y expulsados del acceso a la vivienda.

La mejor representación del empeoramiento de las expectativas para los jóvenes actuales es un ascensor social ralentizado, e incluso roto en algunos países. Hoy, el nivel de renta y riqueza de la familia de nacimiento condiciona mucho más el futuro del joven que hace 40 años. Además, entonces el riesgo de pobreza se concentraba en personas mayores, mientras que hoy son los jóvenes quienes sufren una mayor tasa de pobreza.

Los jóvenes de hoy constituyen un grupo de alta vulnerabilidad financiera que los hace más dependientes de la ayuda familiar que hace 40 años. La prueba: entonces, la edad media de emancipación era de 20 a 22 años, mientras que ahora está en 26 o 27, con el caso extremo de España, donde se sitúa en los 30 años. Por vez primera, hoy en España las nuevas pensiones, con revalorización asegurada, superan de media el sueldo medio de los trabajadores jóvenes (pese al aumento del SMI), que han visto perder poder adquisitivo en estos últimos años. Según un reciente informe del sindicato CC OO, el precio de la vivienda ha subido en España casi cuatro veces más que los salarios, haciendo que el esfuerzo para la compra haya pasado de 3,1 sueldos anuales a 7,1. Y, en paralelo, los alquileres en las grandes ciudades españolas representan entre el 80% y el 110% del salario medio juvenil. Además, el paro de los jóvenes se acerca al 24% (cuando la media de paro es del 10%) y es el colectivo más afectado por la llamada pobreza laboral (12% del total de los trabajadores, según Oxfam Intermón), con jornadas y sueldos que no te sacan de pobre.

En 1968, los jóvenes se manifestaban porque no querían vivir como sus padres. Hoy, por el contrario, se manifiestan porque no quieren vivir peor que sus padres, en una sociedad infinitamente más rica que entonces. No podemos llamarnos a la sorpresa. Hace más de 20 años vimos la primera parte de este desencanto en movimientos como el 15-M y, desde entonces, todo ha empeorado para los jóvenes: la democracia no ha sido capaz de dar respuesta a sus ansiedades (“No nos representan” y “Le llaman democracia y no lo es”) y ello ha provocado que del desencanto se haya pasado al cabreo, y este se expresa hoy en violencia antisistema y en apoyo a la extrema derecha. Estábamos avisados y no hicimos nada. En 20 años. Parafraseando a la premiada Patti Smith: people have (not yet) the power, la gente (aún no) tiene el poder. Entonces, un nuevo accidente ferroviario como el de Urda hace que te entren ganas de protestar, aunque no seas (tan) joven ni tengas tanta esperanza.

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