«Si me voy, serán ustedes los primeros en saberlo, después de mis nietos», dijo Christine Lagarde en la última rueda de prensa en Frankfurt , ante las insistentes preguntas sobre su posible dimisión anticipada. Pero no ha cumplido su promesa. Su próxima renuncia, que se producirá en febrero , ha sido anunciada en un comunicado del BCE en el que no da explicacionesPodría haber continuado con regularidad hasta octubre, según su mandato de ocho años, pero la francesa dejará su cargo el 7 de febrero de 2027, según ha informado ya al Consejo de Gobierno del BCE y al presidente del Consejo Europeo, António Costa.
Ahora se les pedirá a los jefes de Estado y de gobierno de los 21 estados del euro resolver la sucesión. La dimisión de Lagarde permite al presidente saliente francés Emmanuel Macron y al canciller Friedrich Merz aclarar la sustitución de uno de los cargos más importantes de Europa antes de las elecciones en Francia.
La posibilidad de que populistas de derechas euroescépticos en torno a Marine Le Pen puedan ganar las elecciones en la segunda mayor economía del euro podría dificultar el nombramiento de nuevos líderes del BCE.Los favoritos para suceder a Lagarde son el exgobernador del banco central neerlandés, Klaas Knot , y el español Pablo Hernández de Cos , que es director del Banco de Pagos Internacionales (BIS).
La directora del BCE, Isabel Schnabel, se trasladará al Fondo Monetario Internacional (FMI) en Washington a principios de enero de 2027 y, a partir de junio de 2027, será necesario también un nuevo economista jefe, porque finaliza el mandato de Philip R. Lane.
Esto facilita la elección de sucesión en parejas equilibradas que complazcan por igual a los dos grandes países del euro.Christine Lagarde llegó a la presidencia del BCE en noviembre de 2019 con una misión que parecía, en principio, continuista: mantener la estabilidad de precios y preservar la integridad del euro.
Lo peor de la crisis de la moneda había pasado y todo parecía anunciar un periodo de paz monetaria, pero su mandato terminó convirtiéndose en una de las etapas más convulsas de la historia del BCE. Una pandemia mundial, una inflación que alcanzó niveles no vistos en décadas, una guerra en el continente y el inédito encarecimiento de la energía obligaron al banco central a revisar sus prioridades operativas y a tomar decisiones de consecuencias profundas para millones de hogares y empresas.Como primera mujer al frente del BCE, después de dirigir el Fondo Monetario Internacional (FMI), Lagarde no llegó a Frankfurt con el perfil clásico de una economista académica o una banquera central de carrera.
Su trayectoria era la de una abogada, política y gestora de instituciones internacionales. Esa singularidad ha definido tanto su estilo de liderazgo como algunas de las controversias que han acompañado su presidencia. Su legado se ha visto dañado por momentos de franco despiste, como la declaración de situar la protección del clima como objetivo del BCE, un asunto completamente ajeno a su mandato, o como el negacionismo de la inflación en la penúltima ola ascendente, que llevó a decisiones excesivamente tardías.Lagarde llevaba apenas cuatro meses en el cargo cuando estalló la pandemia de COVID-19.
La amenaza no era solo una recesión, también existía el riesgo de que los costes de financiación de países como Italia se disparasen frente a los de Alemania, fragmentando las condiciones financieras de la eurozona. El BCE respondió con el Programa de Compras de Emergencia (PEPP), inicialmente dotado con 750.000 millones de euros y ampliado posteriormente hasta 1,85 billones de euros, que permitía comprar deuda pública y privada con flexibilidad entre países y a lo largo del tiempo.
Fue una intervención decisiva para sostener los mercados y mantener operativa la transmisión de la política monetaria, pero aumentó el euroescepticismo en los países contribuyentes netos, que justificaron su percepción del euro como un mecanismo de transferencia de deuda.
La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 agravó de nuevo la crisis energética europea y la inflación interanual de la eurozona alcanzó el 10,6% en octubre de 2022, pero sólo en junio de 2024 recortó los tipos por primera vez desde 2019, una lentitud que no pudo justificar.
Durante buena parte de 2021, Lagarde consideró que las presiones inflacionistas eran transitorias, relacionadas con la reapertura económica, los cuellos de botella y los efectos estadísticos de la pandemia, permitiendo por su error de cálculo que la inflación se extendiese a más componentes de la cesta de la compra, los precios energéticos se disparasen y las expectativas sobre la evolución de los precios se complicaran.
Durante su mandato, las divisiones entre los miembros del Consejo de Gobierno del BCE han sido tan profundas que, en abril de 2022, Reuters informó de que Lagarde había pedido a los responsables de política monetaria que evitasen difundir públicamente sus discrepancias durante los días inmediatamente posteriores a las decisiones del BCE, limitando así la transparencia sobre el debate interno.





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