Un club de ciencias con datos curiosos, acertijos y actividades; un aficionado a la fotografía que explica la cianotipia; mujeres científicas que pasaron a la historia y botánica en una academia de brujería. El surgimiento de clubes de cartas postales revitaliza un fenómeno que parecía languidecer. Tal es su expansión que cientos de personas ya están suscritas a estos mails clubs por los que se cuela la ciencia. Con un coste de unos 10 euros al mes, el envío incluye una carta, postales, pegatinas, ilustraciones, marcapáginas y algunas sorpresas.
Claudia Rebollo ya había creado el podcast ‘Quiero ser ingeniera’, en el que entrevista a mujeres que se dedican al ámbito STEM (ciencias, matemáticas y tecnología, por sus siglas en inglés), cuando se dio cuenta de que existía otra forma mucho más distendida en la que dar rienda suelta a su creatividad. En mayo fundó el Club de Ciencias, un mail club en el que cada mes envía una carta a sus casi 200 inscritas. En cada ocasión, trata un tema: las células vegetales, el espacio, el océano y el cerebro son algunos de ellos. En octubre, por Halloween, se centró en la araña y los beneficios de su tela en la medicina regenerativa.
Esta joven divulgadora nacida en el 2000 introduce en cada envío una carta escrita, dos ilustraciones y un marcapáginas, todo realizado por ella. “Siempre añado datos científicos y algunos juegos. Cuando hablé del cerebro, añadí un comecocos que hice que, al abrirlo, formulaba algunas preguntas sobre el tema”, relata. El mes que trató el océano, sus suscriptoras se embarcaron en la misión de reflotar un submarino a través de respuestas correctas. “Tenían que acertar una serie de preguntas, como a cuántos metros de profundidad se pierde la luz del sol, cómo funcionan las corrientes marinas y si existen vegetales que no puede hacer la fotosíntesis”, ejemplifica. Esta ingeniera de materiales de formación que trabaja en una productora siempre intenta ir un poco más allá. En julio se decantó por hablar sobre la tecnología que hay detrás de un tomate y, como sorpresa, añadió varias semillas para que sus suscriptoras pudieran plantarlas.
Su objetivo es fomentar las vocaciones STEM, sobre todo en las más pequeñas. Lo mismo piensa Sabela Rodríguez, maestra de primaria en Hío, una parroquia del municipio de Cangas de Morrazo (Pontevedra), quien todos los meses lee y disfruta de los materiales de la carta del Club de Ciencias con su alumnado: “Son niños muy interesados en la ciencia y me pareció una idea genial de hacer ver que las chicas también tienen un lugar en la ciencia”.
Esta docente de 26 años admite que los pequeños ya sienten a Rebollo como una persona cercana. “Tenemos muchas ganas de responderle y contarle los experimentos que hacemos en clase”, admite. Desde su punto de vista, la ciencia es algo muy cercano al juego. “Es importante que los pequeños lo vean así, porque la ciencia nace de la hipótesis, tanto la correcta como la incorrecta”, asevera Rodríguez.
Nerea Sánchez fue una de las primeras suscriptoras al Club de Ciencias. Tiene 23 años, trabaja en anatomía patológica en un hospital madrileño y estudia Biología Sanitaria. “Yo ya estaba metida en la ciencia, pero esto te anima mucho a ver otros perfiles. A veces, es un campo algo desalentador y conocer otras experiencias te anima”, reconoce esta aficionada al arte y las manualidades. Ella es una de tantos jóvenes que apenas ha experimentado el fenómeno de la correspondencia: “Yo agradezco mucho esa parte manual de la carta. Claudia es muy detallista y lo hace muy bonito. Además, se está creando una comunidad de chicas que crece poco a poco y es un lugar ideal en el que sentirte acompañada”.
La misma Rebollo explica que “la idea es que al recibir la carta tengas un rato de poder estar a tu bola y huir del scroll infinito”. Es algo que le dicen muchas chicas, que esperan con ansia y miran en el buzón por si ya ha llegado la misiva”. Es lo que le sucede a Julieta Alonso, de apenas 15 años y vecina de Málaga: “Gracias al club he conocido carreras de ciencias. A mí me ha ayudado a elegir las optativas del colegio”.
Esta alumna de cuarto de la ESO prefiere la carta de Rebollo por encima del resto de materiales, por la moraleja que encuentra en ellas. “Yo todos los días que saco al perro miro el buzón a ver si ha llegado ya la carta, y eso que es la primera vez que espero una carta dirigida a mí”, confiesa. Aunque es buena en matemáticas y física, la vocación de Alonso está puesta en la salud: “Me gusta porque veo que hay muchas mujeres que no tenían todo decidido a los 18 años, que han ido resolviendo poco a poco su camino”.
Rebollo fijó la tarifa mensual del Club de Ciencias en 10 euros y sus cartas surcan los aires hasta parar en países como Bélgica, Hungría, México, Colombia, Australia y Estados Unidos. El mismo precio tiene el mail club que lidera Álvaro Gabarrón, murciano de 22 años que se dedica al cine, eje central de su club, llamado Lost Frames. Empezó hace tres meses, son ya unas 50 personas, y siempre incluye materiales ligados a la fotografía, una de sus grandes pasiones. Además de explicar el proceso químico del revelado de los carretes, este graduado en Comunicación Audiovisual ha preparado una edición especial de sus cartas sobre la cianotipia. “Lo descubrí cuando estudiaba en la universidad y me parece increíble cómo a través de la luz podemos imprimir una imagen en un soporte”, explica.
Irene Rain es creadora de contenido, emprendedora y lidera La Cartota. En su caso, los 12 euros de suscripción posibilitan el envío a cualquier parte del mundo. La ciencia aquí sobresale en la sección que Rain dedica a mujeres extraordinarias. Si en agosto habló de las Perseidas y de Cecilia Payne-Gaposchkin, la astrofísica que demostró que las estrellas estaban compuestas por hidrógeno y helio, un par de meses antes se decantó por Rachel Carson, la bióloga que impulsó el movimiento ecologista moderno. Para esta joven de 27 años, es “crucial” dar a conocer historias como las de estas dos científicas. “En su caso, además, siempre hubo hombres que se opusieron a sus descubrimientos y no se les reconocían sus hallazgos”, abunda.
La botánica es la parte científica que María Domínguez, conocida en redes como Calissa, introduce en su particular club de cartas. Llamado Litharia, se trata de una academia de brujería ficticia donde cada uno de los más de 80 suscriptores que tiene se convierte en estudiante. La suscripción base cuesta 12 euros al mes y, como en el resto de casos, la mayoría de seguidores son mujeres. “La botánica encaja perfectamente con el imaginario de las brujas, que tradicionalmente han estado muy vinculadas a las plantas y sus usos. Me parecía una forma bonita de despertar la curiosidad por la naturaleza y conseguir que las alumnas aprendieran sobre el mundo que les rodea al mismo tiempo que les intento enseñar a respetarlo”, señala esta vecina de Sant Feliu de Llobregat (Barcelona) a sus 28 años. En sus lecciones, explica características de diferentes plantas, cómo identificarlas, sus cuidados, su cultivo y algunas de sus propiedades y usos tradicionales. Por ejemplo, una de las actividades consiste en cultivar caléndula desde la semilla. Las alumnas reciben información sobre su germinación, las condiciones que necesita para crecer y sus características botánicas.
Rebollo, Gabarrón, Rain y Domínguez coinciden al recalcar la esencia que conserva este tipo de clubes por correspondencia. “Esto es algo físico, que puedes leer y releer, y guardar”, afirma Rain. Le sigue Rebollo: “Recibir la carta es un momento perfecto para parar y alejarse de lo digital”. Gabarrón, por su parte, exclama que “es fascinante poder crear una comunidad a través del correo”. Domínguez concluye que “estamos acostumbrados a consumirlo todo a través de pantallas, y recibir una carta, abrirla, descubrir su contenido y guardar sus ilustraciones tiene un encanto diferente”.





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