La carretera entre Granada y Almería, una vez pasado Guadix, no es un lugar que ofrezca demasiadas sorpresas. Así que quien transite por esa zona sin duda quedará impresionado cuando vea emerger ante sus ojos la imponente figura del castillo de La Calahorra. No se conoce ningún caso de alguien que no se haya fijado o haya quedado indiferente.Es muy probable que de inmediato asocie esa estampa a la que ha visto muchas veces en películas ambientadas siglos atrás, con caballeros y damas que lucen sus mejores galas en los bailes que se desarrollan en sus lujosos patios, con intrigas de palacio, con finales de cuento.
Es, para decirlo con más facilidad, un sitio precioso. Con una larga historia detrás, como corresponde a un castillo que se levantó en el siglo XVI. Su peculiaridad fue que no se hizo con fines defensivos , aunque después sí que llegó a tenerlos. Por entonces había varios así en Italia, donde estaba en auge el Renacimiento.
Se hacían cosas bonitas porque sí, y esa bonita costumbre se exportó a un rincón perdido de la provincia de Granada. Tiene cierta lógica porque en Granada ya había algunas muestras de arte renacentista, algo a lo que contribuyó el interés mostrado por el Rey Carlos V durante el tiempo que pasó en la ciudad.
Edificios como la Real Chancillería se hicieron de acuerdo a esos nuevos cánones y hasta la Catedra, que había empezado a hacerse según las normas del estilo gótico, se alteró para adaptarse a esas líneas más modernas. El responsable de la construcción del castillo de La Calahorra fue Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, primer marqués del Zenete, hijo ilegítimo del Cardenal de Mendoza y descendiente del Cid Campeador, que trajo desde Italia a arquitectos para dar su sello a la obra y también importó de ese país mármol de Carrara para imprimir el carácter lujoso que tenía claro que la fortaleza debía tener.El interior está presidido por el lujo, a la manera en que se hacían las cosas en Italia en el siglo XVI Antonio L.
Juárez El castillo debía ser (y de hecho lo es) bonito por fuera y por dentro. De eso se ocuparon algunos de los mejores artesanos traídos expresamente desde el país trasalpino, que entre 1509 y 1514 se ocuparon de todos los detalles, como los arcos abovedados, las columnas corintias, el Salón de los Marqueses o el precioso patio porticado central, para que quedara impecable, para que nadie pudiera ponerle ni una pega.El marqués pudo disfrutar poco de su capricho, porque murió ocho años después, pero el castillo pasó a sus descendientes y, todavía en el siglo XVI, tuvo ese uso defensivo antes aludido.
Fue en la llamada Guerra de las Alpujarras , el levantamiento en armas de unos tres mil moriscos que no se resignaban a que la zona en la que habían mandado siete siglos hubiera pasado a estar bajo dominio cristiano. Allí se refugiaron los llamados 'cristianos viejos' bajo la protección del marqués de Mondéjar.
Aquellos escarceos duraron tres años pero después no se recuperó la inicial época de esplendor. Por el contrario, el castillo empezó a caer en una fase de decadencia que se prolongó por espacio de cuatro siglos. Pese a que fue declarado Bien de Interés Cultural en 1922, su situación no mejoró.
Seguramente tuvo bastante que ver que sus propietarios, porque siempre estuvo en manos privadas, no vieron adecuado abrirlo al público. Sólo podía visitarse una vez a la semana, en día laborable, y el deterioro del interior era evidente. Sin embargo, seguía siendo innegable su belleza, que no le pasó desapercibida a directores de cine que lo utilizaron como decorado de sus películas o, más recientemente, de artífices de series más que populares, como 'Juego de tronos'.
Pero, pese a que eso le dio fama, persistía la sensación de que era un lugar infrautilizado.El castillo llama la atención desde la carretera y es imposible que pase desapercibido G. OrtegaEsa situación cambió en julio de 2025, cuando la Diputación de Granada adquirió el palacio tras abonar a sus dueños, la familia Arteaga, seis millones y medio de euros.
Y muy poco después quedó claro que la intención no era comprarlo sin más, sino convertirlo en un foco de atracción turística para la provincia en general y para la comarca de Guadix en particular. Después de acometer las reformas más acuciantes, el palacio está ahora a disposición de quienes quieran verlo y se organizan casi a diario visitas guiadas que cada vez llaman más la atención.
En el primer año de explotación turística pública han acudido más de 30.000 personas. No es una cifra estratosférica, por lo menos si se compara con las que acumula la Alhambra, por ejemplo, aunque el efecto logrado con acciones publicitarias como hacer que una etapa de la Vuelta Ciclista a España comenzara allí en su edición de 2026 va a generar un efecto multiplicador .
Los habitantes de La Calahorra, que no son más de 700, confiesan que ahora son más felices, que siempre habían tenido con el castillo una relación de amor-odio, porque por un lado estaban orgullosos de tener al lado un monumento tan imponente, pero por otra no le veían una utilidad práctica.
De paso, el castillo empieza a ejercer un efecto revitalizador en las cercanías, en pueblos como Alquife –donde quedan restos de un poblado minero realmente interesantes- o Jérez del Marquesado, desde donde parten senderos para subir por la cara norte de Sierra Nevada, mucho menos conocida que la que se aborda desde la estación de esquí de Pradollano pero igualmente interesante.
Todo, sin olvidar que desde La Calahorra parte una carretera que, tras atravesar el Puerto de la Ragua, conecta con La Alpujarra. Palabras mayores.



💬 Debate de la Comunidad 0