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John Stavridis, comodoro australiano, sobre una fragata española: «Aunque no podía leer una palabra de español, pude arrancar un motor»

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John Stavridis encontró una manera muy concreta de explicar qué le había llamado la atención de una fragata española: pudo arrancar uno de sus motores sin comprender el idioma de los mandos. El comodoro australiano había utilizado el sistema de gestión de plataforma de la Cristóbal Colón. Su experiencia tenía que ver con la facilidad para entender una consola, una cuestión que afecta al trabajo diario de cualquier dotación.

«Aunque no podía leer una palabra de español, pude arrancar un motor», contó en un reportaje de Australian Defence Business Review publicado el 1 de noviembre de 2021. La declaración, traducida del inglés, correspondía al entonces director general de capacidad litoral de la Marina australiana. Stavridis hablaba de una operación realizada a bordo, sin atribuirse el gobierno de toda la fragata.

Detrás de aquella pantalla estaba el IPMS, sigla inglesa de sistema integrado de gestión de plataforma. Su cometido es reunir información y controles de instalaciones que hacen funcionar el barco. Motores, suministro eléctrico o servicios auxiliares requieren vigilancia continua. Para la persona situada ante la consola, reconocer el equipo y su estado debe preceder a cualquier orden.

Los mandos que mantienen el barco

Navantia describe esta familia de sistemas como un medio para centralizar la supervisión de equipos y facilitar las decisiones de sus operadores. La gestión de averías también forma parte de ese trabajo. A diferencia de los sensores y armas asociados a las fragatas F-110, aquí la atención se dirige a la disponibilidad de la propia plataforma: propulsión, electricidad y otros servicios necesarios para seguir navegando.

La separación ayuda a situar el episodio de Stavridis. Arrancar un motor desde el control de plataforma es una tarea distinta de dirigir un enfrentamiento con misiles. Un barco necesita ambos conjuntos de funciones, conectados con sus operadores y procedimientos. Incluso el radar de una fragata depende de una instalación capaz de alimentarlo y mantener las condiciones necesarias para trabajar durante la misión.

La documentación del fabricante añade una función de adiestramiento a bordo y una red redundante para distribuir la información entre puestos. En este tipo de arquitectura, el operador puede consultar el estado de los equipos desde distintas estaciones. La utilidad de una interfaz comprensible se aprecia al localizar el mando que se necesita, sin confundir esa facilidad con la preparación profesional exigida para utilizarlo.

Cambiar de destino sin empezar de cero

Australia había incorporado varios diseños de Navantia, entre ellos los destructores Hobart. Su Marina confirma que esta clase deriva de la F-100 española y se construyó en Australia. Esa relación industrial permite compartir soluciones, aunque cada buque tenga equipos y cometidos propios. Para las dotaciones, la formación con simuladores y la práctica a bordo responden a necesidades de aprendizaje que se complementan.

Stavridis relacionaba su experiencia con la posibilidad de trasladar personal formado entre plataformas con sistemas comunes. Si cambian el destino y el barco, conservar una lógica conocida en las pantallas reduce la parte del aprendizaje que debe repetirse. Esa continuidad exige mantener procedimientos y equipos que resulten reconocibles, además de resolver las comunicaciones a bordo y la coordinación entre los distintos puestos de trabajo.

El reportaje situaba parte de la preparación australiana en el centro de formación de sistemas navales de Randwick, en Sídney, donde había una simulación del IPMS. Allí podían ensayarse funciones que después encontrarían los marinos embarcados. La anécdota del comodoro queda ligada a esa cadena de aprendizaje: una consola española que pudo reconocer antes de entender las palabras que aparecían en ella.

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