Un accidente en la cocina de la Fundación Instituto Zuliano de Investigaciones Tecnológicas (Inzit) terminó convertido en una oportunidad perfecta para la ciencia local. El 5 de marzo de 2025, al chef Eduardo Urdaneta le cayó una olla de agua hirviendo y como resultado sufrió una quemadura de segundo grado en los cuatro dedos de su mano derecha.
Justo en ese momento, el Inzit desarrollaba un proyecto de biomateriales para usos sanitarios que se encontraba en plena fase de producción. Se trataba de películas de biopiel fabricadas a partir de los desechos del cangrejo azul (Callinectes sapidus). El investigador a cargo lo había aplicado en tres oportunidades, de forma experimental y sin documentar, y luego en su propia abuela con la autorización de toda su familia.
Leer más aquí: Ballenas en Perú: alarmas acústicas podrían salvarlas de morir en redes de pesca
Cuando Urdaneta sufrió aquel percance, la médica del instituto que lo estaba tratando le consultó la posibilidad de probar el tratamiento. Con su aceptación, el equipo le aplicó sobre la herida el biomaterial, en forma de apósitos orgánicos a base de quitosano, y luego de cambios periódicos del material, el sábado 15 de marzo la lesión ya estaba completamente seca.
Con eso, el caso del chef marcó un hito al convertirse en el primer registro formal de la efectividad del biomaterial en la cura de quemaduras.
Detrás de este desarrollo innovador se encuentra el trabajo conjunto de los doctores Adrián Chávez y Sabrina Acevedo, cuyas investigaciones demuestran cómo la ciencia local aprovecha los subproductos biológicos de la región para ofrecer soluciones de vanguardia en la recuperación de tejidos.
La industria del cangrejo azul y el problema de los desechos
A orillas del Lago de Maracaibo, la actividad económica que sostiene a miles de familias ha dejado un rastro difícil de ignorar. Cada día, las plantas procesadoras de cangrejo azul que funcionan en el estado del Zulia, al noroccidente de Venezuela, generan montañas de desechos: caparazones, vísceras y restos de musculatura que no tienen un destino fijo.
Según el químico Adrián Chávez, investigador del Inzit con 18 años de trayectoria, las procesadoras operan de distintas formas con los residuos: algunas llevan los restos al vertedero municipal de basura para arrojar allí toneladas de desechos, mientras que otras, ubicadas en el sector San Luis del municipio San Francisco (Zulia), los acumulan directamente en las orillas de las playas, donde los caparazones permanecen y se descomponen a la intemperie durante largos períodos.
El volumen es abrumador. “Hay unas cincuenta fábricas, deben ser más de treinta toneladas de residuos, al año”, sentencia el investigador.
El problema trasciende la acumulación física. Como explica el biólogo Randi Guerrero Ríos, experto en ecología acuática, el desecho no llega limpio, ya que el exoesqueleto (la cubierta protectora y dura que recubre el exterior del animal, compuesto de quitina y reforzado con minerales como el carbonato de calcio) viene acompañado de restos de musculatura y vísceras.
El proceso de descomposición, impulsado por bacterias que consumen el oxígeno del agua, desencadena una reacción en cadena: el mal olor por productos de azufre es apenas la señal visible. “Hay una disminución del pH y una disminución del oxígeno. Esto, obviamente, en un ecosistema acuático, genera una mala calidad de agua que puede afectar toda la fauna, principalmente la bentónica [organismos que viven en lo más profundo de los ecosistemas acuáticos]”, advierte Guerrero Ríos.
A esto se suma el uso de cabezas de pollo como carnada, cuyos restos también van a parar al fondo y a las orillas, agravando la ausencia de oxígeno en el agua. Aunque el carbonato de calcio del caparazón actúa temporalmente como un amortiguador o buffer para regular el pH cuando el agua comienza a acidificarse, el impacto ambiental general es innegable.
De acuerdo con estudios sobre la contaminación antropogénica en el Lago de Maracaibo, estos residuos ricos en calcio, nitrógeno y fósforo favorecen la eutrofización (aumento excesivo de fósforo, nitrógeno y otros nutrientes vegetales en el agua) y el crecimiento de cianobacterias si no son tratados.
Además, la presencia de quitina y carbonatos convierte los restos en un medio de cultivo ideal para hongos patógenos como Aspergillus sp, Alternaria sp, Penicillium sp y Rhizopus sp, vinculados a procesos alérgicos, asma, infecciones oportunistas y riesgos toxicológicos para la fauna y las personas.
Del residuo a la medicina
Frente a esta montaña de problemas, la respuesta estaba en la propia naturaleza del caparazón. Está compuesto por quitina, un biopolímero resistente que forma los exoesqueletos de los crustáceos e insectos y las paredes celulares de los hongos. Además es el segundo polisacárido natural más abundante del planeta, superado solo por la celulosa.
Según un estudio publicado en 2022 en la revista científica Polymers, cuando este caparazón se procesa y se desacetila (proceso químico o enzimático que permite extraer y preparar la base fundamental para la creación de biomateriales médicos) se convierte en quitosano. Tal como detalla la literatura científica, este derivado es sumamente valorado porque es biocompatible, biodegradable, no es tóxico para el ambiente y tiene propiedades antimicrobianas. Ese quitosano, precisamente, favorece y acelera la regeneración del tejido en la piel humana.
A escala global, la dimensión del problema de los desechos de crustáceos es gigantesca. De acuerdo con la FAO, cada año se desechan entre seis y ocho millones de toneladas de caparazones de crustáceos en el mundo, convirtiéndose en una fuente inagotable de biomasa sostenible.
Fue bajo esta lógica que el doctor Adrián Chávez decidió unir la ciencia ambiental con la medicina. A partir de su tesis doctoral, y explorando reacciones químicas, partió de que la quitina es una macromolécula gigante capaz de formar películas. Con esa premisa, tal como relata el investigador, hace 15 años y con solo tres meses de trabajo, logró sintetizar las primeras biopieles. Lo que comenzó como una investigación para crear pesticidas de menor impacto e hidrogeles que retuvieran la humedad en las tierras áridas de la región, dio el salto definitivo hacia la curación de quemaduras.
Chávez resume la esencia del proyecto con sencillez: la quitina es el segundo biopolímero más abundante de la tierra, es biodegradable y al convertirse en quitosano adquiere propiedades antimicrobianas sumamente seguras tanto para el ambiente como para los seres humanos.
Del desecho a la esperanza
El cangrejo azul es un crustáceo perteneciente a la familia de los portunoides, caracterizado por tener sus patas traseras modificadas para nadar y espinas laterales. Representa el corazón de la pesca artesanal en el occidente venezolano y su producción genera los mayores ingresos económicos en la región.
Sin embargo, el recurso enfrenta una presión creciente. Según explica el biólogo marino Randi Guerrero Ríos, la especie cumple un rol ecológico vital en la cadena trófica, ya que conecta los eslabones inferiores como almejas, poliquetos, camarones y carroña con depredadores superiores como peces de importancia comercial, entre ellos el róbalo (Centropomus undecimalis) y la curvina (Cynoscion spp. u otras de la familia Sciaenidae).
El especialista detalla que la biología de esta especie está profundamente ligada a los ciclos del estuario: mientras las zonas de apareamiento se ubican históricamente hacia el sur del lago, las hembras ejecutan migraciones hacia aguas de alta salinidad en la bahía y el golfo para buscar las condiciones óptimas para el desove y la liberación de las larvas, un equilibrio natural que hoy sostiene tanto a la biodiversidad como a la propia industria pesquera artesanal.
Para Alexis Barboza, un pescador artesanal, con 39 años de trayectoria en el sector San Luis del municipio San Francisco, en el estado Zulia, el día a día en los muelles es tan digno como riguroso, lidiando no solo con las mareas y los chubascos invernales, sino con los riesgos de la inseguridad en el agua. Barboza confirma que los pescadores locales empíricamente saben identificar las etapas de la especie: a las hembras con huevos visibles en el abdomen (la “ostra” o masa ovígera) se les libera sistemáticamente para garantizar la próxima zafra (momento de mayor captura comercial), una sabiduría heredada de la propia naturaleza.
No obstante, la paralización parcial de los permisos de exportación y la acumulación masiva de residuos han golpeado fuertemente a las comunidades. Las plantas procesadoras y las propias comunidades solían acumular toneladas de caparazones a la intemperie en las orillas de las playas, generando descomposición bacteriana, olores fétidos por compuestos de azufre, disminución del oxígeno y la huida de la fauna local. Silena Araujo, pobladora de San Luis y esposa de pescador, recuerda cómo las montañas de restos y el procesamiento cercano afectaban la salud y el ambiente con la descomposición diaria bajo el sol.
Es aquí donde se cruzan los caminos de la faena diaria y la innovación científica. Al enterarse de que aquellos caparazones que durante años fueron considerados basura hoy se transforman en biopieles de quitosano capaces de sanar a pacientes con quemaduras graves, la perspectiva de los habitantes de los muelles dio un giro radical.
“Si esos residuos que por mucho tiempo fueron basura y lo desechaban, ahorita los van a utilizar para sanar y salvar vidas de enfermedades por quemaduras, eso es un beneficio muy bueno”, reflexiona Barboza, recordando que los propios pescadores corren riesgos de quemaduras graves ante accidentes con embarcaciones.
Para la comunidad pesquera, la revelación abre una ventana de acción directa: organizarse para recolectar los caparazones frescos y donarlos a las instituciones científicas, convirtiendo un pasivo ambiental y un problema de contaminación en un puente tangible entre el esfuerzo del manglar, la resiliencia de su gente y la medicina regenerativa.
Este puente entre la orilla del lago y el laboratorio ya no es una hipótesis, sino una realidad palpable en el Hospital Coromoto de Maracaibo. Considerada una unidad de referencia nacional e internacional en caumatología (rama especializada de la medicina y de la cirugía plástica que se ocupa de las quemaduras y sus secuelas), este centro ha integrado el quitosano desarrollado por el Instituto Zuliano de Investigaciones Tecnológicas (Inzit) y el respaldo del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (Ivic) en su protocolo clínico para pacientes quemados.
El doctor Luis Ríos, especialista en cirugía general y medicina del quemado en dicha unidad, subraya que la llegada de estos apósitos de origen biológico representa una ampliación invaluable de las herramientas terapéuticas locales. El quitosano ha pasado a ser una realidad clínica, convirtiéndose en una alternativa de primera opción para tratar quemaduras de segundo grado, brindando a los especialistas una respuesta innovadora frente a la complejidad de las heridas.
Llevar este tratamiento fuera del estado Zulia o ampliar su presencia en otros centros de salud del país sigue siendo una meta cuesta arriba. Aunque la demanda clínica es alta, como lo demuestran los casos de pacientes graves atendidos en Maracaibo, el investigador advierte que tramitar los permisos sanitarios y regulatorios para comercializar o expandir dispositivos médicos es un procedimiento riguroso, complejo y altamente costoso que limita, por ahora, su uso a escala local.
La eficacia clínica
En la práctica médica diaria, el uso de este biopolímero se ha enfocado primordialmente en pacientes con quemaduras de segundo grado, tanto superficiales como profundas, donde el causante suele ser fuego directo o líquidos calientes. Ríos explica que, a diferencia de los casos de tercer grado, cuyos esquemas y tiempos de hospitalización son radicalmente más complejos y prolongados, las lesiones de segundo grado tratadas con apósitos de quitosano muestran una evolución notable.
“Definitivamente el contar con este tipo de apósitos nos ha abierto una ventana muy interesante en el sentido de la rapidez con la cual los pacientes tienden a mejorar”, destaca el especialista, señalando que la regeneración de la piel en quemaduras de segundo grado superficial puede lograrse en un lapso breve de entre cinco y siete días.
La compatibilidad del material orgánico con la piel es total. Al tratarse de un producto natural y de origen regional, el equipo médico no ha registrado ninguna reacción adversa ni complicación alérgica, siempre y cuando el paciente no presente intolerancia a los productos del mar (como camarones o cangrejos). Al tratarse de un tratamiento aplicado bajo consentimiento informado dentro de protocolos experimentales autorizados por el Comité de Bioética de la institución, los pacientes reciben un seguimiento riguroso.
La verdadera magnitud de esta tecnología se refleja en la atención de pacientes que combinan lesiones complejas con patologías metabólicas preexistentes como la diabetes. Dos casos ilustran el impacto del quitosano en la unidad de caumatología del Hospital Coromoto:
El primero fue un niño de tres años que sufrió quemaduras por fuego directo en el pie izquierdo y que llegó a la unidad dos semanas después y con un tratamiento previo deficiente. Durante el protocolo se diagnosticó que el niño era diabético y no lo sabía. A pesar de esto, al ser incluido en el tratamiento con quitosano, se recuperó totalmente entre la sexta y la séptima semana,.
El otro caso fue el de un paciente adulto mayor, también con antecedentes de diabetes, quien presentó una herida severa en la espalda tras una intervención quirúrgica inicial desfavorable. Se le aplicó el apósito biológico bajo un manejo ambulatorio y de curas programadas, logrando el cierre definitivo del defecto cutáneo en aproximadamente dos meses y medio.
Para el doctor Ríos, el valor de esta tecnología radica no solo en la aceleración de la cicatrización y en sus propiedades antimicrobianas, sino en el impacto socioeconómico. Contar con un suministro permanente y producido en el propio estado Zulia reduce de forma drástica los costos operativos frente a los apósitos tradicionales importados.
De esta manera, la cadena que inicia con la faena del pescador artesanal en los muelles de San Francisco y culmina en la sala de curas del Hospital Coromoto sella un círculo virtuoso de economía circular: transformar un pasivo ambiental en el alivio tangible de la piel humana.
El dilema de los juveniles y la sostenibilidad del recurso
La viabilidad de esta promesa biomédica tiene un límite marcado por la salud del estuario. Hoy, el cangrejo azul en el Lago de Maracaibo enfrenta presiones que recuerdan una advertencia urgente: la innovación tecnológica local depende enteramente de que el ecosistema no colapse.
La falta de censos poblacionales directos debido a la enorme dimensión del lago y los elevados costos logísticos ha obligado a la ciencia a evaluar la población de cangrejo azul de forma indirecta, evidenciando un deterioro constante por desfases en la talla autorizada de captura. Aunque el biólogo marino Randi Guerrero Ríos señala la existencia de un marco legal a través de la Providencia Administrativa de la Gaceta Oficial Nº 38.745, que contempla vedas temporales y espaciales, las regulaciones actuales presentan fallas críticas.
El punto más alarmante es la norma que fija la talla mínima de captura en ocho centímetros de caparazón. Las estimaciones doctorales de Guerrero indican que esta medida está subestimada y debería establecerse en nueve centímetros. En la práctica, esto provoca que entre un 20 % y un 30 % de lo que se extrae actualmente sean ejemplares juveniles que aún no han alcanzado la madurez sexual ni se han reproducido, bloqueando la renovación natural del stock pesquero. A esto se suma el uso de artes de pesca poco selectivas: aunque la nasa (una estructura con una entrada en forma de cono o embudo que permite el ingreso de peces o crustáceos con cebo) es el arte tradicional por excelencia, la proliferación del palangre y el uso ilegal de mallas menos selectivas facilitan una extracción masiva que pone a la especie contra las cuerdas.
A este panorama de sobreexplotación se le une el colapso ambiental. El lago sufre una contaminación persistente por microplásticos ingeridos por los ejemplares más pequeños y juveniles, hidrocarburos derivados de derrames petroleros y pesticidas que alteran la supervivencia de los organismos.
Paralelamente, dicen los expertos, el cambio climático y el incremento de la temperatura del agua aceleran el metabolismo aeróbico de los cangrejos, elevando su demanda de oxígeno y provocando un agotamiento temprano del esperma para las hembras, lo que compromete la fertilidad durante el desove.
El gran desafío a futuro es equilibrar la balanza. La economía circular que hoy provee salud a los pacientes quemados en Maracaibo solo será sostenible si las comunidades pesqueras, la industria procesadora y las autoridades ambientales logran blindar el recurso biológico. Garantizar que los juveniles crezcan y frenar la degradación del hábitat no es solo una cuestión de conservación ecológica, es asegurar que el puente entre la naturaleza y la medicina regenerativa no colapse antes de tiempo.
A pesar de las amenazas que pesan sobre el ecosistema y la urgencia de blindar al cangrejo azul, en los muelles del sector San Luis la vida sigue latiendo al ritmo de la marea. A pocos metros de donde los botes atracan cada tarde, la faena del cangrejo ya no se mide únicamente en toneladas de carne para el mercado, sino en la silenciosa promesa de una cura. Ver que los caparazones descartados durante décadas hoy regresan convertidos en biopieles capaces de cerrar las heridas de un niño en el Hospital Coromoto transforma por completo el pulso de la comunidad pesquera.
Entre las redes artesanales del Zulia y los laboratorios del Inzit, la historia de este crustáceo demuestra que la ciencia y la supervivencia local pueden caminar de la mano. Al final, mientras el lago mantenga su resiliencia y las manos del pescador sigan respetando el ciclo de las aguas, el esfuerzo del manglar seguirá encontrando la forma de convertirse en vida.
El artículo original fue publicado por Juan Daniel Ferrer en Mongabay Latam. Puedes revisarlo aquí.
Si quieres leer más noticias ambientales en Latinoamérica, puedes revisar nuestra colección de artículos. Y si quieres estar al tanto de las mejores historias de Mongabay Latam, puedes suscribirte al boletín aquí, unirte a nuestro canal de WhatsApp o seguirnos en Facebook, X, Instagram, Tiktok y Youtube.






💬 Debate de la Comunidad 0