Thélyson Orélien era un poeta de segunda fila en la literatura francófona contemporánea. Haitiano residente en Canadá, había publicado un puñado de poemarios sin mayor repercusión. Pero en mayo de este año apareció su primera novela, “Era esto o morir”, que se convirtió en un suceso tanto en su patria adoptiva como en Francia, donde llegó a figurar entre las candidatas al codiciado Goncourt.
Todo parecía sonreírle al sorprendente Thélyson hasta que, a finales de setiembre, estalló el escándalo: una cuenta anónima en X difundió unos informes del detector Pangram que, tras analizar varios capítulos de la novela, arrojaban una probabilidad de entre el 97% y el 99% de que el texto hubiera sido generado por inteligencia artificial. Pese a lo contundente de esos resultados, Orélien declaró, enfático, que había escrito el libro él solo, sin ayuda de nadie, y que mostraría sus manuscritos y apuntes para demostrarlo.
El caso todavía estaba caliente cuando brotó una nueva acusación de deshonestidad creativa, esta vez mucho más cercana a nosotros. El iqueño David Silva Rojas, prácticamente un desconocido en nuestro panorama narrativo, acababa de alzarse con el premio de novela breve de la editorial Almadía, dotado con veinte mil euros. El mismo día en que el libro iba a presentarse en Madrid, el diario español “El País” reveló que, según Pangram, el texto era en un 99% producto de una inteligencia artificial generativa. Por supuesto, Silva ha salido a negarlo todo y asegura que probará su inocencia con materiales irrefutables, como antes prometió Orélien.
—Lo más preocupante—
Más allá de los nombres concretos y de las responsabilidades por dilucidar, lo más preocupante es que la creatividad humana, uno de nuestros más caros privilegios como especie, haya quedado así en entredicho. Las máquinas han logrado que novelas, ensayos y monografías empiecen a leerse con recelo. Y lo peor: no es una sospecha antojadiza. Miles de docentes en todo el planeta denuncian que muchos de sus alumnos usan la IA generativa para hacer sus tareas y que, en la práctica, han renunciado a pensar y escribir por sí mismos, con las espeluznantes consecuencias que eso nos depara, no solo cognitivas, sino también éticas y sociales. No podemos culpar a la tecnología de que un alumno entregue un trabajo hecho por un chatbot sin plantearse siquiera el fraude que está cometiendo. Cuando mis alumnos me preguntan si la IA reducirá el empleo en el futuro, les respondo que quienes no sepan hacer otra cosa que redactar un prompt afrontarán un destino laboral más que complicado. Y eso, la verdad sea dicha, compromete a buena parte de su generación.
Pangram, el detector que ha hecho tambalear la carrera de varios escritores y periodistas, no es infalible, pero es mucho más fiable que otras herramientas similares. Según la Universidad de Maryland, tiene una precisión del 99,86% y solo yerra en uno de cada 24 mil textos analizados. La probabilidad de que se equivoque al dictaminar que un libro fue escrito íntegramente con IA es de una en un billón. No obstante, nuestra fe en la creación intelectual y artística no puede depender del dictamen de una máquina implacable. Ese es el punto de fondo: el problema no es la IA, sino la deshonestidad serial que ha puesto en evidencia entre nosotros. Su gran mérito es recordarnos que los seres humanos nos comportamos como somos solo cuando nadie nos ve y nadie puede atraparnos. Por eso, la discusión sobre el uso de la IA en el campo artístico y académico ataca el síntoma, pero no la enfermedad que nos erosiona.
Hay, sin embargo, otra manera de verlo: con humor. En París acaba de crearse el Premio Pascal, que distinguirá a las mejores novelas escritas en colaboración con la IA. Sus organizadores aseguran que aplicarán detectores para que no se les cuele algún manuscrito de factura exclusivamente humana, tamaña abominación.





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