Los veinte días que separaron la primera vuelta de la segunda vuelta de las elecciones en Brasil tuvieron en vilo a más de uno. A miles de kilómetros al norte, en México, la presidenta Claudia Sheinbaum seguía muy de cerca la campaña electoral en Brasil. En la primera cita con las urnas, los brasileños apostaron por el candidato conservador Flavio Bolsonaro. Sheinbaum ya se veía más sola que la una en una región que ha ido inclinándose por líderes conservadores de la órbita de Trump. El domingo por la noche, tras la victoria de Lula, por fin, respiró aliviada. «Estamos felices. Es una bocanada de aire fresco para América Latina y el Caribe», dijo en su «Mañanera» del lunes. Una bocanada de aire que celebró como si hubiese sido un vendaval de aire.
Sus palabras no eran solo son una cortesía diplomática por el triunfo electoral de un líder ideológicamente cercano, sino una celebración explícita de una victoria frente a las bravuconadas del inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump. Además de un análisis en clave local, la victoria de Lula se interpreta en clave regional.
La remontada del candidato del Partido de los Trabajadores Luiz Inácio Lula Da Silva en la segunda vuelta, donde ganó por un 51,79% frente al 48,21% de Bolsonaro, certificó que las dos economías más fuertes de América Latina seguirán lideradas por gobiernos de izquierdas.
«Brasil no es ni será colonia de nadie», dijo Lula en discurso con motivo del Día de Independencia en vísperas de las campaña electoral. «No podemos agachar la cabeza ante potencias extranjeras que quieren convertir nuevamente a Brasil en una colonia», afirmó sin mencionar explícitamente a Estados Unidos.
Desde que Trump regresó a la Casa Blanca su sueño ha sido poner orden en su patio trasero. La consigna es frenar la colonización económica de China pero también favorecer un liderazgo conservador próximo a los intereses de Estados Unidos en el hemisferio occidental. Controlar la inmigración irregular y frenar el dominio de los narcos son los pretextos de Washington para marcar la pauta en sus vecinos del sur. En los países donde ha podido, Estados Unidos ha impulsado sin miramientos a candidatos alineados con Washington. Y hasta la sorpresa de última hora en Brasil, a Estados Unidos no le había ido nada mal. En solo 18 meses, el mapa político de la región se tiñó de azul. En la primera mitad del 2025, Daniel Noboa consolidó un Ejecutivo de derechas en Ecuador, le siguieron Rodrigo Paz en Bolivia, José Antonio Kast en Chile y Nasry Asura en Honduras. Este año, la conservadora Laura Fernández ganó en Costa Rica seguida de las elecciones en Perú que dieron la victoria a Keiko Fujimori y días después a Abelardo de la Espriella en Colombia. Siete elecciones y siete victorias conservadoras donde planeó la sombra de la injerencia y la financiación de Washington.
México es el único país que no tendrá una cita electoral presidencial durante el segundo mandato de Trump; Sheinbaum tomó posesión de su cargo justo un mes antes de que Trump ganara las elecciones y su sexenio terminará en 2030, dos años después de que, previsiblemente, los estadounidenses escojan un nuevo presidente. Y sin embargo, por su cercanía, es probablemente el país más acosado por Trump. Washington monitorea muy de cerca todo lo que ocurre en su frontera sur pero Sheinbaum con su ya característica «cabeza fría», sutileza y mano izquierda ha sabido bailarle el agua a Trump.
El regreso de la opositora María Corina Machado a Venezuela justo un año después de que lograra escapar del país para recibir el Premio Nobel de la Paz en Noruega es un nuevo giro en la transición política que vive la exdictadura chavista después de que Estados Unidos sacara por la fuerza a Nicolás Maduro en una operación militar el 3 de enero.
El siguiente hito en el devenir regional es el desenlace de la grave crisis económica, política y social que vive Cuba por las sanciones de Washington contra el régimen comunista. Desde el pasado mes de enero, casi no llega petróleo a la isla, los cortes de electricidad duran más de 20 horas y, aún así, el régimen castrista, resiste. El «sorpasso» de este fin de semana en Brasil, la solidez de Sheinbaum en México, la incógnita de Venezuela y la resistencia de Cuba son algunos de los quebraderos de cabeza de Trump en vísperas de las «midterms». Un patio trasero mucho más revuelto de lo que le gustaría.



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