En Estados Unidos, las elecciones de mitad de mandato —las "midterms", en las que se renueva íntegramente la Cámara de Representantes y un tercio del Senado- suelen ser un plebiscito sobre el inquilino de la Casa Blanca, que casi siempre lo pierde. Bill Clinton lo sufrió en 1994; Barack Obama admitió tras la debacle de 2010 que había recibido una auténtica paliza. El 3 de noviembre, Donald Trump se juega bastante más que un castigo de rutina: la gobernabilidad de sus dos últimos años, la cohesión de su partido, la sucesión de 2028 y buena parte de la arquitectura de seguridad del mundo libre.
Los demócratas aventajan a los republicanos en unos nueve puntos en la intención de voto genérica al Congreso, más que en la "ola azul" de 2018. El modelo de Decision Desk HQ les atribuye un 78 % de probabilidades de conquistar la Cámara y un 57 % de arrebatar el Senado, donde los republicanos defienden una mayoría de 53 a 47. La aprobación del presidente ronda el 30 %, según el Pew Research Center.
El "impeachment" como arma de desgaste
Lo primero que se juega Trump es un tercer proceso de destitución. Si los demócratas ganan solo la Cámara baja, lo iniciarán, aunque sea para enredar al presidente en sus dos últimos años. Sin los dos tercios del Senado —67 votos, una cifra inalcanzable—, la destitución es una quimera; el objetivo no sería echarle, sino desgastarle con comisiones de investigación, citaciones a su entorno familiar y empresarial y bloqueo legislativo. Hakeem Jeffries, llamado a presidir la Cámara, no descarta nada, y el ala radical de su partido -los "Democratic Socialists of America" (DSA, Socialistas Democráticos de América) y la "Squad" de Alexandria Ocasio-Cortez, Ilhan Omar y Rashida Tlaib- le empujará a hacerlo. Si cayese también el Senado, Trump perdería además el control de los nombramientos que requieren su confirmación: un presidente en cuarentena.
Los que se bajan del tren MAGA
El Partido Republicano oscila entre la gestión de daños y el desastre, según el resultado, y vive presa del pánico a perder estas elecciones y a sentar con ello las bases de la derrota en 2028, Casa Blanca incluida. Algunos de los sectores más inverosímiles que sostuvieron la coalición de los cabreados trumpistas, agrupados bajo el lema MAGA, se han ido bajando del tren. Al principio parecía una deserción de Trump; hoy está cada vez más claro que católicos, hispanos, jóvenes y una parte de los trabajadores industriales del "Rust Belt" —el cinturón del óxido, viejo corazón manufacturero del Medio Oeste— están decepcionados con él y con su administración. Según el Pew Research Center, su aprobación entre los votantes hispanos ha caído al 24 %, desde el 38 % de febrero de 2025, y más de la mitad concibe su voto al Congreso como un voto contra él. Entre los católicos, los demócratas ya aventajan ligeramente a los republicanos.
A ello hay que sumar el sector más "pata negra" del movimiento, aislacionista y antibelicista, al que la guerra de Irán ha irritado profundamente. La lista de disidentes no deja de crecer: la excongresista Marjorie Taylor Greene, que abandonó su escaño en enero; el comunicador Tucker Carlson; el congresista de Kentucky Thomas Massie, derrotado en sus primarias por un rival apadrinado por la Casa Blanca; Joe Kent, que dimitió como director del Centro Nacional Antiterrorista en protesta por la guerra; el estratega Steve Bannon; la periodista Megyn Kelly; el comentarista libertario Dave Smith, e incluso —según "The Atlantic"— Donald Trump Jr., que habría expresado en privado a su padre su oposición a la contienda. Conviene, con todo, no sobrestimar a esta fronda: su peso no está tanto en los votos que arrastra como en la abstención que puede inducir.
El surtidor de la América profunda
A todo ello se une una sorpresa que muy pocos medios han analizado. Una parte del electorado más fiel a Trump vive en zonas rurales remotas, con enormes distancias entre domicilio, trabajo y compras, y la subida de los carburantes le ha causado un perjuicio inmenso. El galón de gasolina costaba 2,98 dólares la víspera de la guerra; hoy supera los 4,25, y el diésel de tractores y camiones ha rebasado por primera vez los seis dólares. Menos de una cuarta parte de los votantes rurales cree que la economía va bien, según los "Power Rankings" de Fox News, mientras el presidente lo despacha como un pequeño precio a pagar por ganar la guerra.
Tip O'Neill, legendario presidente demócrata de la Cámara, sentenció que toda política es local: pocas cosas hay más locales que el surtidor del pueblo. Estos "hillbillies" y "rednecks", como ellos mismos se llaman con sorna y orgullo, podrían haberse animado a votar si el propio Trump encabezase la papeleta. No es el caso, y eso puede tener un efecto devastador el 3 de noviembre.
La incógnita del voto negro masculino
La gran incógnita es el voto masculino afroamericano, que las encuestas no parecen tener bien calibrado. En 2024, cerca de uno de cada cinco hombres negros votó a Trump, según el Pew Research Center. Muchos pensaban que acabarían abandonando el movimiento MAGA, como el "Rust Belt", pero no está nada claro: un amplio sondeo de la organización Black Men Vote en seis estados disputados reveló que uno de cada cuatro jóvenes negros no sabía si votaría.
Vance y Rubio, a los pies de los caballos
Todo ello deja al vicepresidente JD Vance y al secretario de Estado Marco Rubio —su aparente compañero de candidatura para 2028, el "Dream Team", según Trump— a los pies de los caballos. Vance, que ha aplazado su decisión hasta después de las elecciones, corre el riesgo de cargar con la derrota, y los mercados de predicción ya castigan a ambos. Rubio, el más sólido y prudente de los dos, ha anunciado que no competirá con Vance si este se presenta.
Si pierden los republicanos, habrá además un repunte de candidatos de la extrema izquierda dentro del Partido Demócrata —ya lo anticiparon primarias como la de Colorado— y un aumento de las posibilidades del gobernador de California, Gavin Newsom. Todo ello en detrimento del popular y carismático senador por Georgia Jon Ossoff, que el día 3 se juega su propio escaño, verdadero azote de la política exterior de Trump y de la posible corrupción de su entorno y, según un sondeo de Emerson College, capaz de batir a Vance por cinco puntos.
La economía: cuando los precios votan
Trump prometió gasolina por debajo de los dos dólares e hipotecas al 2 %. Dos años después, la inflación ha vuelto al 3,7 %, arrastrada por un petróleo que ha regresado por encima de los cien dólares por barril; la Reserva Federal ha vuelto a subir los tipos, y en septiembre apenas se crearon 29.000 empleos. A ello se añade el desorden arancelario, agravado por el Tribunal Supremo, que en febrero anuló los aranceles impuestos al amparo de la legislación de emergencia económica. Quienes creemos en el libre comercio de Ronald Reagan, el mejor presidente estadounidense de la segunda mitad del siglo XX, sabemos que un arancel es, en el fondo, un impuesto que pagan los consumidores propios.
Ormuz, Yemen y la guerra sin geoestrategia
Iniciada el 28 de febrero con los bombardeos estadounidenses e israelíes que eliminaron al líder de la revolución terrorista iraní Alí Jamenei, la guerra de Irán ha sido un éxito táctico y militar indiscutible y, hasta hoy, un fracaso geopolítico sin paliativos. El estrecho de Ormuz, por donde transitaba una quinta parte del petróleo y el gas del mundo, sigue disputado: el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica siembra minas, ataca petroleros y amenaza con golpear las bases estadounidenses. El régimen oligárquico-yihadista de Teherán apuesta, además, a que el resultado electoral juegue a su favor. Se suma un segundo frente: los terroristas hutíes, armados y financiados por Irán, han decretado un bloqueo naval contra el Reino de Arabia Saudí y atacado el aeropuerto de Riad e instalaciones de Aramco. Trump ha prometido no atacar Irán antes del día 3; según "The Wall Street Journal", espera reanudar los bombardeos después.
La Alianza Atlántica, en el banquillo
Para Europa, el envite es enorme. Trump no ha perdonado a sus aliados que rehusaran sumarse a la reapertura de Ormuz; abandonó la cumbre de Ankara sin compromisos y ha llegado a sugerir la retirada de todas las tropas estadounidenses del continente. El 20 de octubre advirtió en un mitin de que, si los aliados no encuentran su camino, no habrá más remedio que marcharse. Hay que tomarse en serio a Trump, pero no al pie de la letra, según la fórmula acuñada en 2016 por la periodista Salena Zito y que el excongresista republicano Chris Stewart repite con acierto.
Pasado el 3 de noviembre, ninguna elección obligará ya a Trump a la prudencia: la Constitución le impide presentarse de nuevo y se marchará en enero de 2029, como se marchó en 2021. Entrará en modo "legado". Si gana, leerá el resultado como un aval; si pierde, calculará que tiene poco que perder. En ambos casos, la política exterior será su escenario predilecto: reanudación de la ofensiva contra Irán, presión máxima sobre la OTAN y acuerdos espectaculares a golpe de exabrupto. Cabe confiar en que el sistema y figuras como Rubio, artífice de los éxitos más sólidos de esta administración, acaben imponiéndose a los impulsos más erráticos.
El 3 de noviembre no se vota solo en Estados Unidos: se decide, por delegación, el rumbo de la guerra del Golfo, el futuro de la Alianza Atlántica y el precio de la energía en medio mundo. La primera conclusión es que el trumpismo sin Trump en la papeleta es mucho más frágil de lo que parecía, y que sus fisuras económicas, generacionales, religiosas y doctrinales no se cerrarán solas. La segunda, que una victoria demócrata capitalizada por su ala radical sería una pésima noticia para el centro político estadounidense, que es el que gana las presidenciales.
La tercera, que Europa haría bien en dejar de aguardar el resultado como quien espera un veredicto ajeno: gane quien gane, la factura de su seguridad tendrá que pagarla ella. Tocqueville escribió que la grandeza de América no residía en ser más ilustrada que otras naciones, sino en su facultad de reparar sus propios errores. El 3 de noviembre veremos si esa facultad sigue intacta.



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