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Israel tras las urnas: la sensatez como imperativo estratégico

La Razon
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Israel tras las urnas: la sensatez como imperativo estratégico

Israel ha votado y ha dictado una sentencia doble y contradictoria. Con el escrutinio completo, incluidos los votos de doble sobre de militares, policías y diplomáticos, el bloque de Benjamin Netanyahu se queda en 53 escaños, la oposición sionista que encabeza el exjefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot reúne 48 y los dos partidos árabes suman 19, un récord histórico. Nadie alcanza los 61 que dan la mayoría absoluta en la Knéset. Los israelíes han reducido a Netanyahu la mayoría relativa que le entregaron en 2022, pero no han dado a nadie un mandato claro para sustituirlo.

Lo que se decide en las próximas semanas no es solo quién gobierna en Jerusalén. Es si el país que sostiene buena parte de la arquitectura de seguridad de Oriente Próximo afronta con sensatez la operación más delicada de la década —neutralizar de una vez la amenaza del régimen iraní— o si la aborda desde el ruido de una campaña electoral que no termina.

Un empate con nombres propios

El Likud sigue siendo el primer partido, con 27 escaños, pero el bloque que lo sostiene —los ultraortodoxos de Shas y Judaísmo Unido de la Torá y la extrema derecha nacional-religiosa de Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich— ha perdido 11 escaños en cuatro años. La campaña del miedo concentró el voto de derechas en el partido del primer ministro, a costa de sus socios: Shas cae a seis escaños, su peor resultado desde 1992, porque el votante tradicionalista que sirve en el Ejército, o cuyos hijos sirven, ya no acepta votar por la exención militar de otros.

Enfrente, Eisenkot ha convertido Yashar! en segundo partido, con 21 escaños y un perfil de centro de vocación estatal, halcón en seguridad y exigente en regeneración institucional. Le acompañan Naftali Bennett y Yair Lapid, que juntos se quedan en 12; la socialdemocracia sionista de Yair Golan, con ocho, y la derecha laica de Avigdor Lieberman, con siete. Casi todos los aspirantes con opciones reales son generales o exministros de Defensa: la línea divisoria ya no separa a palomas de halcones, sino a quienes defienden un reparto equitativo de las cargas de quienes sostuvieron a Netanyahu a cambio de exenciones.

La aritmética ofrece dos mayorías que la política prohíbe. Una gran coalición del Likud con Yashar!, Bennett y Lieberman sumaría 67 escaños, pero todos han jurado no gobernar con Netanyahu. Un gobierno de la oposición sionista con Ra'am —la Lista Árabe Unida— dentro ganaría la investidura por 56 votos contra 53 con la mera abstención de la Lista Conjunta, pero Bennett y Lieberman vetan cualquier apoyo árabe, aunque fueron primer ministro y ministro de Finanzas del Gobierno que en 2021 incorporó a Ra'am. Lieberman acaba de reiterar que no se sentará con Netanyahu, con el diputado árabe Ahmad Tibi ni con los ultraortodoxos: cierra las dos puertas a la vez. A mi juicio, la repetición electoral y un gobierno de unidad o de emergencia están empatados (35 % cada uno), por delante de un gobierno minoritario de Eisenkot con apoyo árabe exterior (20 %) y de una mayoría mínima de Netanyahu (10 %).

¿Hacia dónde se inclinan los partidos árabes? Hacia el cambio, pero no de la misma manera. Ra'am, el islamismo conservador y pragmático de Mansour Abbas, que arrasa en el Néguev beduino, quiere entrar en el Gobierno para obtener presupuestos, reconocimiento de sus aldeas y seguridad frente al crimen organizado; Abbas ya se ha reunido con Golan. La Lista Conjunta, más nacionalista y urbana, solo apoyaría desde fuera un gobierno alternativo y votará para desalojar al presidente de la Knéset, Amir Ohana. Confundirlos es un error de análisis; demonizarlos juntos, como hace el Likud al hablar de un «robo» electoral que la Policía no ve por ninguna parte es una falacia inaceptable y una inmensa torpeza estratégica.

Un bloqueo con eco regional

Para Israel, el riesgo inmediato es institucional: un Gobierno en funciones que nadie ha votado, unos servicios de seguridad arrastrados a la batalla partidista por la investigación sobre una fantasmagórica e inverosímil financiación extranjera del voto árabe y una quinta parte de la ciudadanía señalada como sospechosa. Para la región, el riesgo es la parálisis en el peor momento. En el Líbano, el Gobierno se ha comprometido a desarmar a la organización terrorista Hizbollah, como desea la mayoría de los libaneses, y el mundo necesita un interlocutor israelí previsible. En Gaza, el desarme de la organización terrorista Hamás y la administración del territorio siguen sin resolverse. En Cisjordania, la impunidad de los colonos violentos es ya un problema de seguridad para el propio Estado. En Siria, Israel bombardeó en agosto el aeródromo de Abu al-Duhur, junto a la frontera turca, para impedir, según Netanyahu, una presencia militar turca que Ankara niega buscar. En el Golfo, las minas de Ormuz y los misiles de la organización terrorista hutí contra Riad recuerdan que el eje iraní sigue activo.

Ahí está el frente más complicado y menos analizado: Turquía. La diplomacia israelí define ya a Ankara como «un rival, aunque no un enemigo»; Erdogan ha llegado a pedir una notificación roja de Interpol contra Netanyahu, e Israel ha cerrado con Grecia un contrato de defensa antiaérea de unos 3.100 millones de euros que Ankara lee en clave del Mediterráneo Oriental. Ahora el Likud atribuye a Turquía, junto con Qatar, la financiación que investiga el Shin Bet, el servicio de inteligencia interior.

Irán: terminar el trabajo, y hacerlo bien

Todo indica que, en las próximas semanas, después de las elecciones estadounidenses de mitad de mandato del 3 de noviembre, Washington y Jerusalén intentarán eliminar las capacidades ofensivas reales del régimen oligárquico-yihadista de Teherán: las convencionales y las no convencionales, empezando por las nucleares, y con ellas su arsenal de misiles balísticos y de crucero y sus drones más sofisticados. La guerra iniciada el 28 de febrero ha sido un éxito táctico y militar, pero sin una visón geoestrategia se ha saldado, hasta ahora, con un fracaso geopolítico: un régimen golpeado pero no derribado, que siembra de minas el estrecho de Ormuz, ha intensificado los esfuerzos para recuperar su influencia en Siria y rearmar a sus proxies y, además, negocia desde la fuerza que creen les da el bloqueo de Ormuz.

Tan importante como destruir capacidades es impedir que el régimen reconstruya su tesorería. Las condiciones que Teherán pone para cualquier acuerdo

—levantamiento del bloqueo naval, descongelación de sus activos, fin de las sanciones petroleras—, sumadas al chantaje-peaje que pretende imponer en Ormuz y a la tolerancia con sus flotas grises de petroleros, le darían acceso a recursos que calculo entre 200.000 y 300.000 millones de dólares. Ese dinero no iría a los iraníes, sino a la inestabilidad regional. Restablecería los canales hacia el Líbano y rearmaría a Hizbulá, cuya ventaja sobre las Fuerzas Armadas libanesas haría imposible el desarme comprometido por Beirut. Reforzaría a Hamás. Desestabilizaría, quizá hasta derribarlo, al actual Gobierno sirio. Robustecería a las organizaciones terroristas proiraníes de Irak y tentaría al régimen a instrumentalizar a la fracción radicalizada, minoritaria, de las comunidades chiíes del Golfo, de Kuwait y Baréin a Qatar, los Emiratos, Omán o el propio Reino de Arabia Saudí. Por último, engordaría ad nauseam a la organización terrorista hutí en el momento más delicado, con un doble estrangulamiento en Ormuz y en Bab el-Mandeb.

La sensatez como política de seguridad

Israel es una pieza clave de la geopolítica regional y global, y necesita volver a una política exterior y de seguridad presidida por la sensatez. Les ocurre a muchos países con fuerte impronta de seguridad: no terminan de entender que su política interior tiene un enorme impacto exterior. Le pasa a Estados Unidos, cuyas batallas domésticas reverberan en todo el planeta, y le pasa a Israel. A Henry Kissinger se le atribuye la boutade de que Israel no tiene política exterior, sino solo política interior; la frase, de origen incierto, sigue siendo una advertencia válida. Lo que se dice en un mitin en un pueblo de Galilea acaba teniendo repercusión en Riad, en Ankara, en Beirut y en Washington. Quien no lo entienda no entenderá la región en la que vive.

Las campañas electorales son la antítesis de la mesura, la calma, el equilibrio, la solidez y el rigor que deben presidir las decisiones de seguridad nacional. Max Weber, en La política como vocación (1919), exigía al político tres cualidades decisivas: pasión, sentido de la responsabilidad y mesura. Un mitin solo premia la primera. El calentamiento de la tribuna, el exceso verbal, el exabrupto y el lenguaje incendiario son el combustible perfecto para la pira que arde sin cesar, aunque a intensidades distintas, en Oriente Próximo desde hace ochenta años. Cuando un primer ministro acusa a los árabes de robar las elecciones y analistas israelíes serios le atribuyen un incentivo para precipitar la guerra, el exabrupto deja de ser un problema de estilo: se convierte en un grave riesgo para la operación más delicada que Israel y sus aliados tienen por delante.

La coalición deseable

Estas elecciones son, por tanto, esenciales para toda la región. Lo deseable sería una coalición amplia y estable. En materia de seguridad no hay diferencias enormes entre los grandes partidos sionistas, pero si uno de los partidos árabes entrara en el Gobierno, como hizo Ra'am en 2021, Israel tendría una posibilidad cierta de mayor moderación y de más diálogo con su entorno. La condición es innegociable: condenar sin ambigüedad el terrorismo de la organización terrorista Hamás y reconocer el Estado del que se es diputado.

El día en que se acabe con el riesgo iraní, Israel tendrá que hacer lo que hoy aplaza. Poner en marcha una reconstrucción seria de Gaza. Poner fin a la expansión de los asentamientos ilegales en Cisjordania y a los ataques permanentes de colonos violentos contra los palestinos, e incluso contra las propias Fuerzas de Defensa de Israel en los territorios ocupados. O se hace esto o el Reino de Arabia Saudí no podrá sumarse a los Acuerdos de Abraham, que es exactamente lo que todos deseamos que ocurra, porque supondría un salto cualitativo para la paz, la seguridad y la estabilidad de la región.

Sería, además, el mensaje más claro e inequívoco a Teherán de que ha perdido la batalla. Conviene no olvidarlo: el objetivo principal de la bestial matanza del 7 de octubre de 2023 era precisamente descarrilar el acuerdo entre Israel y el Reino de Arabia Saudí. Cerrar ese círculo exige en Israel lo que ninguna campaña proporciona y todo gobierno responsable necesita: sensatez.

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