Decía Carlos Alcaraz que busca ritmo, que necesita recuperar esa velocidad de crucero que tenía a principios de curso y que eso, al fin y al cabo, tan solo se consigue a base de jugar y jugar. De ahí ese gesto feliz tras el pulso con Tommy Paul, nutritivo desde todos los ángulos: confianza, nivel, físico y, también, esa continuidad que en las últimas intervenciones se había hecho de rogar. No esta vez, resuelto el episodio con una actuación notable (6-4 y 7-6(2), en 1h 50m) que le guía hacia el penúltimo peldaño del torneo de Viena, donde el sábado (15.00, Movistar+) le espera el inquietante Daniil Medvedev (6-2 y 6-3 a Adrian Mannarino). Se busca el murciano y va encontrándose. Sonaba antes el Volare de los Gipsy Kings, muy acorde a una tarde de puro disfrute.
“Ha sido un gran partido. Admiro a Tommy y me entusiasma verle jugar, así que es un placer competir contra él. Espero que la gente se haya divertido tanto como yo, porque hemos jugado un gran tenis. Me voy contento por cómo me han salido las cosas”, afirma el vencedor a pie de pista, con otra semifinal en el bolsillo —la sexta del año, pese a haber estado cuatro meses y medio de baja— y, por encima de todo, con la sensación de haber dado un salto hacia adelante frente a un adversario que, dicho sea de paso, por una razón u otra, le sienta de maravilla.
Lo prueba todo Paul, a ver si despreocupándose y quitándole hierro al asunto, funciona la cosa. Que no sea por intentarlo. Gana el sorteo, ríe a carcajadas y le cede la iniciativa a Alcaraz, viniéndole a decir que, en realidad, poco importa este u otro detalle: haz lo que quieras, my friend. Juega con la gorra hacia atrás y se ha dejado una barba tupida, a ver si por esas cambia la historia y llega por fin la luz para él, derrotado en ocho de los diez cruces disputados hasta ahora; los siete últimos de carrerilla. Tiene golpes, tenis, movilidad, comprensión, valentía. Pero nada. Desde agosto de 2023, el español se ha convertido en una pesadilla constante para él, azotado aquí o allá; en Wimbledon, Australia, París o Nueva York, ya sea en dura, hierba o cemento. Con techo o sin él. Da igual.
Crudo el castigo. Aun así, los duelos entre ambos rara vez no satisfacen, salpicados siempre de chispazos espectaculares y giros con suspense. Un gustazo, pero la película tantas veces vista. Sucede también en Viena, donde el estadounidense (29 años y 14º del mundo) lo tiene ahí en el primer set, a falta de un soplido, como quien dice; sin embargo, Alcaraz hace de los instantes de tensión un divertimento, así que cuando el peligro se acerca, él escapa con arte. Casi burlándose: amenaza de break, dejada; otra embestida, más y mejor fantasía; y cuando se prolonga una tercera vez la amenaza, descerraja un saque directo que deja impoluta la T. El juego se ha prolongado durante casi 12 minutos y, ya costumbre, llega a continuación el sopapo para Paul: ¡Pam!
Una vez conseguida la rotura, al séptimo juego, el murciano se mantiene firme y araña otro set, el decimoquinto sucesivo que se adjudica en este clásico de virgueros: tuya-mía todo el rato, a ver quién se inventa el tiro más angulado, la estirada más plástica o la maniobra más compleja. Mala idea… para el norteamericano, porque en ese terreno de la invención y de a ver quién es mejor en el más difícil todavía, en realidad tiene todas las de perder. Para batir a Alcaraz, seguramente no haya fórmula más idónea que la del aburrimiento, la de aplanar el partido y confiar en que esa mente libertina pueda entregarse demasiado al placer, o bien se vaya de paseo en algún momento. No es así.
Mantiene todo el rato la concentración, esa rectitud tan necesaria porque el de enfrente está jugando de fábula, así que prohibido aflojar. No hay relajaciones. El segundo parcial mantiene el tono; o sea, a cara de perro. Un regalo para el espectador. Aplauden al español desde su banquillo, el pulso continúa cogiendo temperatura y, pese a todos los pesares, Paul sigue ahí, erre que erre. Hasta el final. Él, creyente. Se procurará otras dos bolas de break, para un total de cinco, aunque la respuesta será exactamente la misma: aquí se acabe esto, socio. Un revés muy desviado y un punto perfectamente tejido le cierran la puerta otra vez, y Alcaraz, pletórico, suelta la ráfaga definitiva en el desempate.
Hermoso viaje el de este viernes, previo al décimo cruce con el singular Medvedev. El histórico refleja un 6-3 favorable, pero el ruso, sea cual sea el escenario y la circunstancia, invita en cualquier caso a desconfiar. Midieron sus fuerzas en marzo y el de Moscú (30 años y 5º del mundo) se multiplicó en Indian Wells. Dura prueba otra vez.




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