Un día luz en 49 años. Parece poca cosa. Un único día, cuando normalmente hablamos de años enteros. Años luz, claro. Para hacernos una idea, un solo año luz equivale a la friolera de 9,46 billones de kilómetros. Es una distancia abrumadora para la mente humana, pero a escala cósmica es tan corta que, a un año luz de la Tierra, solo encontramos el frío vacío interestelar.
De hecho, hay que multiplicar esa distancia por cuatro para toparse con la primera estrella, la vecina inmediata del Sol, Alpha Centauri, que se encuentra a 4,2 años luz de aquí.Pero volvamos al día luz . Porque esa es exactamente la distancia que, en sus 49 años de vuelo, ha logrado recorrer ya la sonda Voyager 1 .
Un solo y único día luz que, traducido, equivale a unos 25.900 millones de kilómetros. Un pequeño paso en el Universo, pero un enorme salto para la humanidad, que diría Neil Armstrong. De hecho, es la mayor distancia a la que ha logrado llegar jamás cualquier artefacto construido por el hombre.Según los cálculos de la NASA, el hito se producirá el próximo 18 de noviembre, a las 5.16 de la madrugada en la costa este estadounidense, aproximadamente a las 11.16 horas en la España peninsular.
La Voyager 1 habrá tardado 49 años, dos meses y once días en alcanzar esa distancia.A partir de ese instante, cualquier señal enviada desde la Tierra tardará 24 horas completas en alcanzar sus antenas. Y habrá que esperar otras 24 horas para recibir respuesta.
Después, a cada día que pase y a medida que la sonda se siga alejando de nosotros, ese tiempo se irá haciendo cada vez más largo. Un viaje al corazón de lo desconocidoCuando las sondas gemelas Voyager 1 y Voyager 2 despegaron en 1977 (la Voyager 2 despegó primero, el 20 de agosto; la Voyager 1 lo hizo el 5 de septiembre, pero siguió una trayectoria más rápida), nadie, ni siquiera los más optimistas, esperaban que siguieran 'vivas' en pleno siglo XXI.
«Nunca imaginé que la misión duraría tanto tiempo», confiesa Linda Spilker, científica planetaria del Jet Propulsion Laboratory (JPL) de la NASA, que lleva trabajando en el proyecto desde sus inicios. Hoy, el equipo de la Voyager es multigeneracional; muchos de los ingenieros que ahora dirigen su rumbo ni siquiera habían nacido cuando la nave abandonó la plataforma de lanzamiento.Un día luz equivale a unos 25.900 millones de kilómetros, la mayor distancia alcanzada jamás por una nave humanaLa misión original era explorar los gigantes gaseosos de nuestro vecindario cósmico.
Aprovechando una rara alineación planetaria que no volverá a repetirse hasta la década de 2150, las Voyager nos regalaron imágenes sin precedentes. Descubrimos con asombro que Ío, la luna de Júpiter, parecía una 'pizza' naranja salpicada de volcanes activos escupiendo lava a 250 kilómetros de altura.
Vimos de cerca la Gran Mancha Roja de Júpiter y los intrincados anillos de Saturno, Urano y Neptuno.Entre ambas descubrieron nuevas lunas, estudiaron campos magnéticos y fotografiaron estructuras que desde la Tierra apenas si podían intuirse. «Los momentos culminantes de las Voyager fueron, sin duda, los encuentros con los planetas -declaró en una entrevista Ed Stone, científico principal de la misión durante décadas, antes de fallecer en 2024-.
En cada uno se concentró toda una vida de descubrimientos».El salto al vacío interestelarTras completar su 'Grand Tour' por el Sistema Solar, las cámaras se apagaron para ahorrar energía. La famosa fotografía del 'Punto Azul Pálido', tomada en 1990 a petición de Carl Sagan desde más allá de Neptuno, fue su último vistazo a casa.
A partir de ahí, las Voyager se adentraron en la oscuridad, navegando hacia los límites de la influencia del Sol.En agosto de 2012, y a unos 18.000 millones de kilómetros de casa, la Voyager 1 hizo historia al cruzar la heliopausa , la 'burbuja' magnética creada por el viento solar, y adentrarse en el espacio interestelar.
La Voyager 2 la siguió en 2018. Lo cual no significa que las sondas abandonaran entonces toda influencia solar: la gravedad del Sol se extiende mucho más allá de la heliosfera. Pero sí que llegaron a un entorno radicalmente distinto, donde podían medir partículas, campos magnéticos y ondas de plasma que no es posible estudiar de la misma manera desde cerca de la Tierra.A partir de ahora, cualquier orden enviada desde la Tierra tardará 24 horas completas en llegar a la Voyager 1«Cada dato, cada día que pasa que recibimos información de las Voyager, nos cuenta algo nuevo -explica la física Jamie Rankin, de la Universidad de Princeton-.
Cada día, pasa por lugares que nadie ha explorado jamás».La Voyager 2 tendrá que esperar hasta 2035La Voyager 1 llegará primero a cruzar el límite del día luz, pero su gemela también se encamina hacia esa misma meta. La NASA, en efecto, calcula que la Voyager 2 alcanzará la misma distancia en noviembre de 2035, unos nueve años después que su hermana gemela.Pero esto no es una carrera entre dos máquinas idénticas.
Ambas naves, de hecho, siguen trayectorias distintas y sus velocidades y distancias respecto a la Tierra no son iguales. La Voyager 2, que viaja más despacio y tomó un camino que le permitió visitar Urano y Neptuno, necesita más tiempo para llegar a estar a un día luz de nuestro planeta.Sobreviviendo contra todo pronósticoMantener vivas a dos viejas naves de los años 70 en las condiciones extremas del espacio profundo es un auténtico milagro de la ingeniería moderna.
Las Voyager no llevan paneles solares. Obtienen electricidad de generadores termoeléctricos de radioisótopos, que aprovechan el calor producido por la desintegración del plutonio para generar energía. Pero ese combustible se agota lentamente y las sondas pierden unos cuatro vatios de potencia cada año.
Para contrarrestarlo, los ingenieros han tenido que tomar decisiones dolorosas, como apagar calentadores e instrumentos científicos no esenciales para 'rascar' unos pocos vatios extra. Cada decisión obliga a elegir a qué es mejor renunciar y qué mediciones merece la pena conservar durante más tiempo.
Las sondas pierden unos cuatro vatios de potencia por año y los ingenieros apagan equipos para prolongar la vida útil de ambas navesHace apenas un año, en una auténtica hazaña de programación a miles de millones de kilómetros de distancia, los ingenieros consiguieron reactivar unos propulsores que llevaban décadas inactivos y solucionar un complejo fallo en la memoria de la Voyager 1 que amenazaba con silenciarla para siempre.
Fue una 'reanimación' a control remoto sin precedentes.Los científicos estiman que la energía restante podría durar, en el mejor de los casos, unos 10 o 15 años más. Después, las Voyager se silenciarán para siempre, pero su viaje continuará. En unos 40.000 años, ambas pasarán relativamente cerca de otras estrellas cercanas, portando en su interior el famoso Disco de Oro: un mensaje en una botella a la deriva en el océano cósmico con sonidos, imágenes y saludos de la Tierra.
Como concluye Spilker: «Puede que las sondas incluso sobrevivan a la humanidad».





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