Cae la noche. Cerca de las cumbres de Tenerife y La Palma, el cielo se ha llenado de estrellas y los vecinos se disponen a descansar. Pero a 2.400 metros de altura, donde la atmósfera es menos densa y el mar de nubes queda bajo los pies, un grupo de profesionales se prepara para empezar una nueva jornada laboral. Son los astrónomos y operadores del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), que se enfrentan al frío, la humedad extrema y a sus propios ritmos biológicos para sacar adelante otra laboriosa noche de observación.
“Trabajar por encima del mar de nubes, bajo uno de los cielos más limpios del planeta, te regala un entorno impresionante”, asegura Idaira Yanes, doctora en Astrofísica y operadora del Gran Telescopio de Canarias (GTC). Sin embargo, lejos de la imagen que el cine y la literatura han construido, la realidad del astrónomo es menos romántica de lo que se podría esperar.
“Más que mirar el cielo, miras los datos que salen del cielo”, explica Nieves Castro, también doctora en Astrofísica y astrónoma de soporte del GTC. Para ella, las noches transcurren entre simulaciones, modelos matemáticos y programación. “Es difícil que algo te sorprenda”, comenta: “Y las noches pueden llegar a ser muy rutinarias, aunque trabaje en lo que más me gusta”.
De hecho, la labor del científico lleva aparejada una curiosidad profunda por las leyes de la naturaleza que puede dejar espacio a pequeñas sorpresas: “A veces vemos que lo que pensábamos del universo resulta que no es así”, asegura Castro, experta en el estudio de las galaxias más antiguas. Algunas son más grandes de lo que se pensaba, apunta, y reconoce que este tipo de hallazgo rompe un poco los esquemas teóricos. “Es bonito encontrarse con algo que no pensabas que pudiera ser, porque te obliga a seguir investigando en esa dirección”, añade.
“Fue una locura”
Julia de León, también astrofísica e investigadora del IAC y responsable de defensa planetaria en la Agencia Espacial Europea (ESA), recuerda una de esas noches especialmente intensas, cuando la misión DART de la NASA impactó deliberadamente contra Dimorfos en 2022. De León se encontraba en esa ocasión en Chile haciendo el seguimiento del fenómeno en tiempo real. La nave chocó contra el asteroide y levantó una nube de polvo que fue cambiando a medida que el objeto rotaba. “Nos tiramos toda la noche haciendo seguimiento, viendo cómo el material iba cambiando”, recuerda. “Fue chulísimo, una locura”.
Para Yanes, las noches rutinarias también regalan momentos de emoción, cuando debe resolver una incidencia técnica en mitad de la noche para evitar que la observación se pierda. “En esos momentos es cuando más se nota el impacto de tu labor; de tu rapidez de reacción depende que esa noche de observación se aproveche o no”, explica.
Pero mantener los sentidos alerta en mitad de la noche, cuando los ritmos biológicos indican que es hora de dormir, no es tarea sencilla.
Un desafío para el reloj biológico
“Uno no está hecho para no dormir”, apunta De León: “Estar ocupado ayuda mucho, pero a partir de las tres de la mañana, cuesta mucho pensar”. Las noches de invierno se hacen especialmente largas: llegan a unas diez horas, y los efectos del cansancio se van acumulando. “La segunda noche es peor porque llevas más tiempo sin dormir. La tercera y la cuarta un poco mejores, porque te vas acostumbrando”, explica Castro.
Ir al revés del horario biológico tiene un precio. Al hacerlo, “estás tratando de revertir el funcionamiento del organismo”, explica José Antonio Madrid, especialista en cronobiología. Según él, este fenómeno se conoce como cronodisrupción, y no se limita a sentirse más o menos cansado: de forma sostenida en el tiempo, esta dinámica “tiene consecuencias en muchos ámbitos de la salud, como la cardiovascular, la mental o la de la memoria”.
Según él, no todos los turnos nocturnos tienen el mismo impacto: “La estabilidad suele ser mejor que el cambio, porque te adaptas”. Ocurre también en otras profesiones. En el caso de los astrofísicos del Roque de los Muchachos, los turnos nocturnos suelen ser de cuatro noches, un par de veces al mes. Después tienen un periodo de descanso para adaptarse a la vida diurna, hasta que llega el siguiente turno de noche.
Para paliar los efectos, la sala de control del GTC cuenta con una iluminación adaptada a los distintos momentos de la noche, con el objetivo de suavizar la transición hacia la mañana. Además, los horarios están pensados para que los turnos terminen antes de la salida del sol, lo que ayuda a no descompensar tanto el ritmo circadiano.
Y luego están los trucos de la experiencia: “Yo, antes de subir al observatorio, intento ver la puesta de sol para coger los últimos rayos de luz del día y aguantar toda la noche”, comenta Nieves Castro. Por la mañana, al contrario: “Me voy corriendo al coche intentando que no me toque el sol, como un vampiro”, bromea, porque así evita que la luz la reactive. “Luego dormir cuesta más, por muy cansado que estés”.
La dureza de la cumbre
La nocturnidad y el cansancio no suponen el único reto allí arriba. “Estamos en un lugar aislado y expuesto a condiciones físicas duras, como la falta de oxígeno y el frío”, explica Yanes. La astrofísica reconoce que “trabajar a más de 2.400 metros de altitud es una experiencia fascinante, pero muy exigente”. También para los instrumentos, como el Gran Telescopio de Canarias.
También llamado GranTeCan, contiene un espejo primario de 10,4 metros, lo que lo convierte en el mayor telescopio óptico e infrarrojo del mundo. No es de extrañar, por tanto, que lleguen solicitudes de observación desde centros de investigación de todo el mundo. Pero a pesar de ser un “bicharraco enorme”, como bromea Julia De León, es muy vulnerable a la humedad. Esta es la variable más traicionera: “Cuando supera determinados niveles, hay que cerrar la cúpula de inmediato para evitar que se produzca condensación. Una noche de observación puede terminar así en cuestión de minutos”, apunta Yanes.
“Somos superafortunados”
A pesar de la exigencia, la astrofísica es una profesión profundamente vocacional. Julia de León dedica parte de su tiempo libre a la divulgación, entre festivales y monólogos científicos. “Tengo una vena farandulera”, bromea. Para quienes, como ella y Yanes, han nacido en Canarias, trabajar en uno de los centros científicos más importantes del mundo tiene además un significado especial. “Todo el mundo quiere trabajar aquí. Es un centro puntero a nivel mundial y es muy difícil, pero para mí es un orgullo”, cuenta De León.
Nacida en Garafía, La Palma, Nieves Castro comparte ese vínculo con el territorio y con la profesión. Desde pequeña soñaba con dedicar su vida a las estrellas, un deseo alimentado por la presencia del observatorio en su propia isla.
Los horarios invertidos, el frío, la humedad y el cansancio forman parte del oficio. También la posibilidad de observar objetos situados a miles de millones de años luz, estudiar los primeros tiempos del universo o seguir en directo el impacto de una nave contra un asteroide.
Para quienes han elegido esta profesión, el balance parece claro. Implica una gran exigencia mental, pero también ofrece algo difícil de encontrar en otros oficios. “Aprendo todo el rato, que es lo que más me gusta del mundo mundial. Es un lujo”. Y, al final, quizá sea esa mezcla de esfuerzo, curiosidad y privilegio la que mejor resume su oficio: “Nos pagan por pensar. Somos superafortunados”.





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