Un equipo internacional de investigadores ha descubierto en el sur de Siberia una especie bovina extinta hasta ahora desconocida que habitó la zona durante la última Edad de Hielo. Aunque los fósiles no muestran marcas de caza, los científicos no descartan que el animal, emparentado con los yaks modernos, sirviera de cena no solo al hombre anatómicamente moderno, sino también a los neandertales y sus misteriosos primos denisovanos , que se alternaron en la región, cruzándose en diferentes momentos.
El descubrimiento se produjo a partir del ADN de los fragmentos óseos encontrados en varios yacimientos, entre ellos Denisova , la cueva de las montañas de Altái donde en 2008 apareció un pequeño fragmento del meñique de una niña, que permitió identificar un linaje humano hasta entonces desconocido, los denisovanos.
Los nuevos análisis permitieron a los investigadores generar 20 genomas antiguos que abarcan 200.000 años. Al compararlos con otros genomas bovinos, saltó la sorpresa. Se trataba de una especie nueva para la ciencia. «Encontrar un gran mamífero desconocido mediante el ADN antiguo es inusual», afirma a ABC el explorador y paleogenetista sueco Love Dalén, autor principal del estudio que publica este lunes la revista 'Current Biology'.
«Existen algunos ejemplos anteriores, como el caballo siberiano extinto de Ovodov o una cabra salvaje de Turquía, pero nuestro hallazgo fue particularmente sorprendente porque originalmente pensábamos estudiar la evolución del bisonte, ya que se suponía que la mayoría de los huesos pertenecían a este animal», señala el profesor del Centro de Paleogenómica de Estocolmo, famoso por sus investigaciones de los primeros genomas del mamut lanudo y el estudio de los denisovanos.
En cambio, «el ADN reveló algo totalmente inesperado. Esa es una de las partes más divertidas de ser científico». Dalén estima que la especie desconocida comenzó a divergir de los yaks del Himalaya hace unos 400.000 años y se separó por completo hace unos 250.000.
«Si bien no existe una regla única que defina cuándo una especie debe considerarse distinta, una de las sugerencias más comunes es el aislamiento reproductivo. Además, la magnitud de la divergencia que encontramos es similar a la que existe entre el bisonte europeo y el bisonte americano, así como entre el oso polar y el oso pardo», explica.
Como osos polares y pardosDado que la nueva especie es hermana de los yaks del Himalaya, los científicos consideran razonable que tuviera un aspecto bastante similar. El yak salvaje es reconocible por sus largos cuernos curvados y su abundante pelaje negro, una adaptación al frío extremo de las grandes altitudes.
Puede superar los dos metros de altura y alcanzar cerca de una tonelada de peso. «Dicho esto, los osos polares y los osos pardos divergieron aproximadamente en un tiempo similar, y sin duda tienen un aspecto bastante diferente y adaptaciones muy distintas», subraya Dalén.¿Es posible reconstruir algún aspecto de la apariencia física, el comportamiento o las adaptaciones del animal a partir de su ADN, aunque la mayoría de los restos estén demasiado fragmentados para identificarlos morfológicamente?
«El ADN puede proporcionar pistas, especialmente si identificamos cambios en genes con funciones conocidas relacionadas con la apariencia o la adaptación», dice el investigador.Aún no se conoce al aspecto real del animal, aunque el ADN podría dar pistas si se identifican genes relacionados con la apariencia o la adaptación Como explica a este periódico Jonas Oppenheimer, coautor del estudio e investigador especializado en ADN antiguo y evolución de grandes mamíferos, «la mayor parte de los datos genéticos que obtuvimos provenían de fragmentos óseos diminutos y no diagnósticos, por lo que resulta difícil determinar su posible apariencia por el momento».
Actualmente, Oppenheimer y su colega Alexandre Gilardet, doctorando en paleogenética y también coautor del artículo, están analizando los genomas obtenidos para recopilar pistas sobre los fenotipos del yak X (como llaman a la nueva especie) y sus diferencias con otras especies.
«Esperamos obtener resultados pronto. También estamos investigando si podemos vincular al yak X con una subespecie de yak descrita en el registro fósil de la región por paleontólogos rusos, que parece haber sido más grande y robusta que otros yaks», dice el primero. Otro dato interesante es que «a partir de la información geográfica, podemos afirmar que esta nueva especie parece haber habitado altitudes mucho menores que los yaks modernos», apunta Gilardet.Genéticamente aisladaAl parecer, la especie se mantuvo genéticamente aislada de otros bovinos de la región, incluidos el bisonte estepario y el uro.
Para Dalén, la falta de evidencia de hibridación también resulta «sorprendente», ya que es habitual en otras especies bovinas. «Las diferencias en el uso del hábitat o las incompatibilidades genéticas podrían explicarlo. Otra posibilidad son las diferencias de comportamiento, como las distintas épocas de apareamiento.
Nuestros resultados indican que este aislamiento reproductivo persistió durante mucho tiempo, pero no establecen qué lo mantuvo», señala. «Probablemente ocupaban nichos ecológicos ligeramente diferentes y tenían comportamientos distintos, lo que pudo haberles impedido interactuar directamente.
Y, aunque los bisontes, el ganado vacuno y los yaks pueden cruzarse, probablemente existan importantes barreras reproductivas que seguramente influyeron», añade Oppenheimer. La especie estuvo presente en la región durante 200.000 años sin hibridarse con bisontes ni urosLa cueva de Denisova fue el hogar de denisovanos, neandertales y, posteriormente, de humanos modernos, por lo que para Dalén es «bastante plausible» pensar que estos homínidos cazaron a la especie extinta, aunque no existen pruebas directas de ello.
«Nuestros resultados muestran que estuvo presente en la región durante más de 200.000 años, abarcando los periodos en que estos diferentes grupos humanos ocuparon la cueva. Sin embargo, es probable que algunos de los huesos fueran introducidos en la cueva por carnívoros no humanos, como las hienas, por lo que su hallazgo en la cueva de Denisova no demuestra por sí solo que los humanos la cazaran», matiza.El ejemplar más joven analizado tiene aproximadamente 27.000 años, pero se desconoce la fecha exacta de la extinción de la especie.
Las causas aún son desconocidas. Quizás influyó un cambio climático, la presión humana o la competencia con otros herbívoros. «Todas esas son posibles explicaciones, pero actualmente no contamos con suficiente evidencia para distinguirlas. Antes de poder afirmar mucho sobre las causas, necesitamos comprender mejor cuándo desapareció.
Lo que sí sabemos es que persistió en la región de Altai durante varios periodos fríos y cálidos, por lo que su historia fue sin duda más compleja que la simple incapacidad de adaptarse a los cambios climáticos típicos del Pleistoceno», subraya.






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