Opinión
También hay algo cruelmente democrático en el asunto: cualquiera puede dejar de provocar. No importa cuánto haya provocado antes.
18.10.2026 11:03 Actualizado: 18.10.2026 11:03
Hay frases que no necesitan gritos para hacer daño. “Ya no me provoca” es una de ellas. No acusa, no insulta, no necesariamente anuncia una ruptura. Apenas informa que, en algún punto del camino, la contraparte dejó de producir ese desorden interno que antes volvía innecesarias explicaciones tontas.
Lo curioso es que casi nunca ocurre de un día para otro. Las ganas rara vez se mueren por decreto. Se desgastan. A veces entre rutinas, otras entre descuidos, silencios, malos olores emocionales, conversaciones pendientes y esa peligrosa costumbre de creer que, porque alguien sigue ahí, también sigue queriendo lo mismo. De hecho, hay parejas que mantienen impecable la logística de la casa mientras el departamento inferior entra en receso.
Las ganas rara vez se mueren por decreto. Se desgastan. A veces, entre rutinas; otras, entre descuidos, silencios y malos olores emocionales.
Entonces comienza la búsqueda de culpable: hormonas, tercero, estrés, edad, trabajo, sueño, hijos, celular. Todo sirve, menos admitir que las ganas también necesitan alimento. No basta con compartir catre, factura del gas y contraseña de Netflix. El cuerpo, menos civilizado que la convivencia, exige misterio, atención, juego y admiración y cierta sensación de que el otro todavía no está completamente archivado.
También hay algo cruelmente democrático en el asunto: cualquiera puede dejar de provocar. No importa cuánto haya provocado antes. El erotismo no concede derechos adquiridos. Haber sido irresistible antes de la pandemia no garantiza renovación automática del contrato.
El “ya no me provoca” no siempre significa “ya no te quiero”. Ahí está el verdadero enredo. Se puede querer profundamente a alguien y no tener ganas de quitarle ni el reloj.
Y, sin embargo, el “ya no me provoca” no siempre significa “ya no te quiero”. Ahí está el verdadero enredo. Se puede querer profundamente a alguien y no tener ganas de quitarle ni el reloj. Se puede admirar, acompañar, cuidar, extrañar, y aun así, descubrir que la planta baja no participa de ese consenso.
Tal vez por eso la frase duele tanto: porque obliga a separar dos cosas que nos enseñaron a mantener juntas. El afecto y las ganas no siempre viajan en el mismo tren. A veces uno llega hasta el final del camino y el otro se baja varias estaciones antes.
La pregunta, entonces, no es solamente por qué dejó de atraer, de gustar. Es algo más incómodo: ¿qué dejamos de hacer para seguir provocándonos? Porque el aquello puede ser espontáneo, sí. Pero después de cierto tiempo, además de espontáneo, conviene darle una manita. Hasta luego.
Esther Balac
Para la Edición Domingo de EL TIEMPO.




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