Lo de los microplásaticos empieza a ser pesadilla. Ya no se trata de las bolsas abandonadas por aquí y los envases por allí. El problema mayor son los nanoplásticos, tan pequeños que resultan invisibles a simple vista, pero están presentes en ambientes marinos y terrestres, en el agua, el aire, los sedimentos y en nuestro propio cuerpo. Se han encontrado restos de material plástico en decenas de los peces y crustáceos que capturamos y comemos. También en la orina de personas sometidas a análisis. Lo llevó a cabo el Instituto Noruego de Salud Pública, y descubrió que ninguna de las 20 personas cuya orina fue analizada estaba libre de plásticos, siendo lo habitual encontrar hasta 20 diferentes tipos de residuos por micción. No sólo eso, igual aparecen restos en tejidos humanos, incluidos los pulmones, el hígado, la sangre, el cerebro y el corazón.
Un reciente estudio encontró que los pacientes con microplásticos en las placas de la carótida tenían un mayor riesgo de eventos cardiovasculares. Otros han demostrado vínculos entre los microplásticos y la inflamación placentaria, los partos prematuros y la reducción de la fertilidad masculina. Una reciente investigación presentada en el Congreso ASCO Genitourinary Cancers de 2026 puso de manifiesto el posible vínculo entre microplásticos y cáncer, en concreto de próstata. Los investigadores detectaron nanopartículas en tejido prostático de 9 de 10 hombres sometidos a prostatectomía radical, siendo las concentraciones mayores en el tejido tumoral que en el benigno.
De un tiempo a esta parte parece existir una mayor sensibilidad hacia el uso de plásticos en la alimentación, pero sigue siendo común que nos envuelvan con plástico casi todo: carnes, frutas y vegetales, cuando en la mayoría de las ocasiones es completamente innecesario. Ahora sabemos que es igualmente peligroso.





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