Hay días en los que cuesta bajar el ritmo: la respiración se acelera, los pensamientos se amontonan y apetece acercarse a alguien de confianza. Para algunas personas, un abrazo de su pareja ayuda a pasar ese momento con menos tensión. Para otras, lo último que desean entonces es que las toquen.
La diferencia importa porque el contacto físico no provoca siempre la misma reacción. Influyen la relación con quien abraza, las experiencias anteriores y si el gesto se desea en ese instante. Un abrazo que se recibe con confianza puede reconfortar; uno inesperado o impuesto puede resultar desagradable.
Sentirse acompañado puede hacer más llevadero un episodio de estrés sin que la ansiedad desaparezca. Además, no hay una respuesta idéntica para todas las parejas ni para todos los momentos: a veces ayuda hablar y otras veces se prefiere estar a solas.
La confianza cambia el contacto
La psicóloga Marta Barranco plantea esa diferencia en un reel de Instagram. Recuerda que "hay algunos abrazos que se sienten muy incómodos" y sostiene que, cuando una pareja se ha mostrado cercana en otras ocasiones, su contacto puede asociarse a seguridad. El alivio que describe depende de esa relación, no del simple hecho de rodear a alguien con los brazos.
Barranco añade que explicar ese efecto solo por la oxitocina se queda corto. Si la sustancia bastara por sí misma, razona, cualquier abrazo se viviría igual. Su explicación incorpora la sensación de estar acompañado y el recuerdo de otras veces en que esa persona ofreció calma. Los procesos biológicos existen, pero el contexto también cuenta.
Los investigadores también han estudiado otras formas de contacto. En un trabajo de 2017 con 110 participantes, sostener la mano de alguien conocido se relacionó con una menor respuesta ante una amenaza experimental. Allí no se midieron abrazos ni episodios cotidianos de ansiedad, de modo que el resultado ayuda a entender el papel de la familiaridad sin reproducir exactamente la situación del reel.
Qué muestran los experimentos
Hay una prueba más próxima al gesto del que habla la psicóloga. Un equipo reunió a 76 personas en pareja y pidió a parte de ellas que se abrazaran durante 20 segundos antes de una situación estresante. Según el estudio, publicado en 2022 en PLoS ONE, la respuesta de cortisol fue menor entre las mujeres que habían abrazado a su pareja que entre las del grupo sin abrazo. En los hombres no se observó ese efecto.
El mismo experimento tampoco encontró diferencias en la presión arterial ni en cómo valoraban emocionalmente la experiencia. Sus autores midieron una reacción fisiológica ante estrés agudo en un grupo pequeño y joven, no el tratamiento de un trastorno de ansiedad. Por eso, el resultado no permite prometer que abrazarse calme a cualquier persona cada vez que se sienta ansiosa.
Barranco habla asimismo de buscar contacto después de una discusión. Otro trabajo, basado en entrevistas diarias a 404 adultos durante dos semanas, observó que recibir un abrazo coincidía con menos emociones negativas en días de conflicto. Como los investigadores registraron lo que contaban los participantes sin asignarles abrazos al azar, el estudio muestra una asociación, no que el gesto causara por sí solo la mejoría.
Acudir a la pareja cuando se necesita apoyo tampoco equivale automáticamente a dependencia emocional. Lo que Barranco describe es una forma posible de buscar calma dentro de un vínculo en el que existe confianza. Si el contacto incomoda, pedir espacio también es una respuesta válida: la utilidad de ese abrazo empieza por cómo lo vive quien lo recibe.





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