Hasta ayer, más de 51 millones de estadounidenses habían votado de manera anticipada para las elecciones de medio término, de los 250 millones convocados este martes 3 de noviembre en las legislativas que definirán el futuro del gobierno del presidente Donald Trump.
Además del Congreso, también se elegirán gobernadores y cada uno de los 50 estados del país aprovechará para hacer consultas específicas que van desde reformas educativas hasta tarifas de impuestos. Sin embargo, las legislativas son las que inclinarán la balanza del poder entre los republicanos y demócratas.
Las decenas de encuestas que se realizan cada día señalan que los republicanos perderían la Cámara de Representantes (que renueva sus 435 escaños), por lo que la pelea más encarnizada está en el Senado (que renueva solo la tercera parte) y en el puñado de estados donde la carrera está muy cerrada, pues cada voto puede ser determinante para inclinar la balanza.
Las ‘midterms’ suelen ser un referéndum sobre la gestión del presidente en ejercicio, y muy pocas veces el partido en la Casa Blanca ha logrado mantener su mayoría, por lo que una derrota republicana en alguna de las cámaras no sería sorprendente. De hecho, en el 2018, durante las legislativas del primer mandato de Trump, los republicanos perdieron 41 escaños.
Sin embargo, estas elecciones están siendo especialmente peleadas debido al descontento con la gestión de Trump, cuya desaprobación a nivel nacional roza el 60%. Para los electores, hay una relación causa-efecto entre las malas decisiones del presidente en política exterior (como la intervención en Irán) y el aumento del costo de vida, sobre todo el precio de los combustibles.
Esto no ha impedido que él se involucre de lleno en la campaña, apelando incluso al populismo más básico, como prometer 5 mil dólares a cada estadounidense, si los republicanos ganan las elecciones.
“Las elecciones de medio término están marcadas por la evaluación de los dos primeros años de mandato y Trump ha tenido un desgaste en su imagen, que es natural en los presidentes. Lo particular acá es que él hizo una campaña basada en el mejoramiento del costo de vida, y él no ha tenido los mejores resultados en ese frente hasta el momento”, comenta a El Comercio el politólogo Cristian Rojas, jefe del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de La Sabana, Colombia.
Para Catherine Reyes-Housholder, politóloga y docente de la Universidad de Chile, no es difícil atribuir el descontento de los estadounidenses hacia el mandatario. “La aprobación de Trump está en su punto más bajo, incluso más que otros presidentes republicanos o demócratas, y él es el líder indiscutible del Partido Republicano, porque no solo tiene el control de la Cámara de Representantes y el Senado, sino también de la Corte Suprema. Trump inició la guerra contra Irán este año y además subió mucho los aranceles, que han tenido un costo para los consumidores”, explica.
Del lado demócrata, el expresidente Barack Obama también ha decidido involucrarse personalmente y ha encabezado mítines en los que no ha dejado de criticar a Trump y a su gestión económica.
Ambos partidos saben que lo más importante es la movilización del voto para incentivar la participación electoral, que en las legislativas suele ser más baja que en las elecciones presidenciales. “Con tan bajos niveles de aprobación, Trump está intentando movilizar a más republicanos para que vayan a votar. Pese al descontento, si los republicanos votan, no lo harán por los demócratas. Por eso, es tan importante mover a sus bases”, explica Reyes-Housholder.
La pelea por el Senado
Actualmente, los republicanos cuentan con 53 de 100 senadores, que representan a los 50 estados del país (2 senadores por estado). Tienen una mayoría ajustada, pero necesaria para mantener a flote la agenda del presidente.
En estas elecciones se renuevan 35 escaños en la Cámara Alta, y según las encuestas, en 10 estados la carrera está muy reñida: Texas, Maine, Ohio, Alaska, Kansas, Iowa, Carolina del Norte, Kansas, Georgia y Michigan. Los demócratas necesitarían, al menos, ganar cuatro senadores para lograr el control.
Texas, un estado tradicionalmente republicano y que no tiene senador demócrata desde 1988, podría hacer historia si James Talarico gana ante el republicano Ken Paxton, el fiscal general del Estado. Las encuestas muestran una ligera ventaja para Talarico o un empate técnico, por lo que la carrera está muy peleada.
“Texas es el estado más grande del país después de California, en población, economía y votos electorales. Por eso es muy importante. Perder Texas sería un golpe durísimo para los republicanos, pero eso tampoco quiere decir que se volverá un estado demócrata”, señala Rojas. Y acá el voto latino sí puede ser clave, sobre todo porque en este estado la inmigración es mayoritariamente mexicana y ha sufrido en los últimos meses el embate de la política de deportaciones de Trump. “Cuando la elección es muy estrecha, cada voto se cotiza al alza, y esto incluye a los latinos”, agrega Rojas.
En el estado de Maine, en la costa este, hay una campaña muy reñida entre la senadora republicana Susan Collins -que se mantiene en su escaño desde 1997- y el demócrata Troy Jackson. Collins se ha alejado de la órbita de Trump y no ha dudado en criticarlo para no verse arrastrada por la opinión desfavorable hacia el mandatario.
Michigan -que usualmente es un ‘swing state’- es otro de los estados más peleados, sobre todo porque buena parte de la batería de críticas de Trump se han enfilado hacia el candidato demócrata, el progresista Abdul El-Sayed, quien podría convertirse en el primer senador musulmán. Figuras como Bernie Sanders y Alexandra Ocasio-Cortez incluso han donado de sus propios fondos de campaña para apuntalar su candidatura, que podría significar un hito para los demócratas y el sector más izquierdista.
Campaña millonaria
Otro de los aspectos interesantes de estas elecciones es la inmensa cantidad de dinero que se está invirtiendo. Según datos de la plataforma AdImpact, se ha estimado un gasto en publicidad de US$11.600 millones para este ciclo electoral, monto que supera largamente los 872 millones de dólares de los comicios legislativos del 2024.
El principal donante ha sido el multimillonario Elon Musk, que decidió voltear la página de sus desencuentros con Trump, y ya gastó más de 400 millones de dólares desde el año pasado en la campaña republicana.
Pero la lluvia de millones no será suficiente si es que finalmente los estadounidenses deciden darle un voto de castigo a la actual gestión. De refrendarse lo que sugieren las encuestas, la gran pregunta radica en la reacción que tendrá el presidente y si aceptará una eventual derrota, algo que no ha hecho en anteriores ocasiones.
“Hay una diferencia entre Trump como candidato, y los candidatos que Trump apoya. Trump no es fiel al Partido Republicano, sino fiel a sí mismo, y si los republicanos pierden en el Congreso, los llamará perdedores”, asevera Reyes-Housholder. “A él le gusta hacer campaña para otros y después asumir el crédito si es que ganan. Pero si pierden, es fácil para él echarles la culpa. Ya lo ha hecho antes”, continúa.
Los resultados del martes serán reveladores y nos mostrarán el rumbo que tomará Donald Trump en los dos años que le queda en la Casa Blanca.





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