La configuración del poder en Estados Unidos está definida por un sistema de frenos y contrapesos, establecida desde que se redactó la Constitución hace casi 250 años. Un sistema antiguo, pero que sigue haciendo de Estados Unidos un país con una institucionalidad sólida, donde ninguna rama del gobierno puede funcionar sin la supervisión de las otras.
Desde que regresó Donald Trump a la presidencia hace casi dos años, ha gobernado con todo el poder que ha podido. El Partido Republicano controla la Casa Blanca, pero también tiene mayoría en las dos cámaras del Congreso, controla 26 de los 50 estados, y el presidente ha podido nombrar a los magistrados de la Corte Suprema más conservadores. Pero todo esto podría cambiar en dos semanas con las elecciones de medio término.
Las ‘midterm’ se celebran este 3 de noviembre -aunque ya se está realizando el voto anticipado- y podría poner al Partido Demócrata de vuelta en el timón del Congreso, haciéndole a Trump la gobernabilidad sumamente difícil, además de marcar el camino hacia las presidenciales del 2028.
No es novedad, sin embargo, que el partido opositor retome el control del Senado o de la Cámara de Representantes en las legislativas, pues estas siempre funcionan como una especie de referéndum a la gestión del presidente. En los últimos 20 años le pasó a Bush, Obama, Biden y al mismo Trump en su primer mandato. Según Gallup, desde 1946 el partido en el gobierno ha perdido alrededor de 25 escaños en la Cámara Baja, y la pérdida sube a 37 cuando el presidente tiene menos del 50% de aprobación.
Y a Trump no le está yendo muy bien en la percepción que tienen los estadounidenses de su gestión. El promedio de encuestas señala un 60% de desaprobación, después de haber tenido un apoyo de más del 50% apenas regresó a la Casa Blanca.
“Para los demócratas, ganar tanto la Cámara de Representantes —lo cual es casi un hecho— como el Senado —lo cual parece cada vez más probable— frenaría las políticas nacionales y exteriores del presidente Trump”, comenta a El Comercio Nevena Trajkov, profesora de Ciencias Políticas del Florida State College en Jacksonville.
Para Fausto Carbajal, profesor-investigador de la Universidad Anáhuac México, sea que el Partido Republicano pierda la Cámara de Representantes o el Senado, la capacidad del Ejecutivo quedará acotada. “Trump quedaría como el ‘lame duck’ o ‘pato cojo’, donde el presidente ya no puede promover iniciativas, y esto puede llevar a un estancamiento político. Esto podría significar que Trump decida gobernar a través de órdenes ejecutivas”, explica.
El motivo: la economía
Para los votantes en esta elección, el tema económico está siendo clave. El aumento en el costo de vida y, sobre todo, en el precio de los combustibles está ahuyentando el apoyo hacia el mandatario. Desde que Estados Unidos bombardeó Irán, y este cerró el estratégico Estrecho de Ormuz, el precio del galón de gasolina pasó de casi 3 dólares a US$4,36. En algunos estados, como California, la cifra incluso llegó a sobrepasar los 9 dólares.
“Durante la campaña electoral del 2024, Trump se expresó en contra de intervenir o inmiscuirse en conflictos en el exterior. No solo ha incumplido sus promesas de campaña, sino que eso está repercutiendo directamente en el bolsillo del estadounidense promedio”, expresa Carbajal.
Según un estudio de “Financial Times”, solo una cuarte de los votantes aprueba la gestión económica de Trump, un porcentaje que se recorta al 20% para el manejo específico de la inflación.
Pese a ello, Trump sabe que tiene una base electoral fiel que se moviliza, y está apelando a eso en cada uno de los mítines en los que, obviamente, él es el protagonista, poniendo más énfasis en que esta elección se trata, sobre de todo, de él. Una estrategia que verá sus consecuencias con los resultados del 3 de noviembre.
“Para mí es un error de cálculo que Trump esté apostando de nuevo a su imagen para que el votante republicano se arremoline en torno a la figura de un solo hombre”, agrega Carbajal.
“La cuestión será si su base electoral sale a votar el día de las elecciones. Un margen de derrota histórico podría dejar al partido incapaz de competir seriamente en las elecciones presidenciales de 2028, ya que se necesitarían años de reconstrucción para recuperar la confianza de los votantes”, señala Trajkov.
El voto latino
Las cifras para el presidente Trump tampoco son favorables entre los votantes latinos, que fueron claves para su victoria en el 2024. Esta vez, la percepción ha variado ostensiblemente. Según una reciente encuesta de NBC y Telemundo, apenas un 27% de hispanos aprueba la gestión del presidente, mientras que un 59% preferiría que el Congreso regrese a manos de los demócratas.
Esto no solo se explica por la situación económica, que ha golpeado fuertemente a la clase trabajadora, sino también por la durísima política de inmigración basada en las deportaciones masivas y las redadas de ICE, que si bien se ajustó a su promesa de campaña, se ensañó de manera especial con familias de latinos que incluso habían votado por Trump.
“La gran incógnita para noviembre es la participación electoral”, refiere Trajkov. “Muchos de los latinos que apoyaron a Trump en el 2024 votaban por primera vez o lo hacían de forma esporádica. En lugar de cambiar de partido, es posible que muchos simplemente se queden en casa, y en unas ‘midterm’, eso por sí solo podría costar a los republicanos varios escaños”, acota.
Los estados reñidos
Según las encuestas -que siempre tienen margen de error y no suelen captar el voto escondido- los demócratas son los favoritos para recuperar la Cámara de Representantes, mientras que en el Senado la carrera está más reñida.
En la cámara baja, que renueva todos sus 435 asientos, se necesitan 218 para tener mayoría. Actualmente, los republicanos tienen 219 congresistas, una diferencia mínima, pero que le ha sido suficiente para poder aprobar la agenda del presidente.
En el Senado, los republicanos ocupan 53 de los 100 escaños, y para esta elección se renuevan 35 asientos. Según “The Cook Political Report”, que analiza elecciones y sus estadísticas, siete estados son los más peleados y podrían ir para cualquiera de los dos partidos.
Para la cámara alta, una de las peleas con más expectativa es la de Texas, un estado tradicionalmente republicano, pero que esta vez podría volverse azul. De ganar el demócrata James Talarico, sería el primero en llegar al cargo desde 1993. Otro estado interesante es Michigan, donde el demócrata Abdul El Sayed, un musulmán socialista, podría convertirse en senador.
Con un escenario, que hasta el momento no se ve favorable para los republicanos, la gran pregunta es cómo reaccionará Trump si pierde el Congreso. Ya sabemos que él no acepta derrotas, así que pueden venir tiempos aún más complicados.
“Si a los demócratas les va bien, Trump probablemente lanzará una avalancha de impugnaciones legales y teorías conspirativas sobre la integridad de las elecciones, muy parecido a lo que vimos después de que Joe Bien lo derrotara en el 2020”, afirma Trajkov.
Aunque se trata de unas elecciones legislativas, que podrían parecer muy locales, se trata del rumbo que tomará Estados Unidos a partir de noviembre. Los resultados determinarán si el mundo verá a un Trump herido pero mucho más envalentonado que no tiene nada que perder, o uno empoderado que volvió a remontar un resultado adverso.




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