Que la renta fija no es fija ya se vio en 2022. Durante los dos últimos años, el consenso del mercado ha sido claro: las rentabilidades de los bonos bajarían y la renta fija a largo plazo sería una gran ganadora, pero 2026 está desmintiendo ese guion. El 11 de junio de este año, el Banco Central Europeo subió sus tipos 25 puntos básicos, la primera subida desde 2023, y situó la facilidad de depósito en el 2,25% ante el repunte de la inflación energética ligado a Oriente Próximo. En septiembre repitió la operación, hasta el 2,50%, y en la reunión del 29 de octubre volverá a reunirse sin cerrar la puerta a más subidas. La Reserva Federal ha seguido un camino similar.
El resultado es que muchas carteras conservadoras están descubriendo un riesgo que creían dormido: la duración. No es un riesgo de impago, sino de precio. Y es el que más duele a quien compró bonos a largo plazo pensando que eran la parte tranquila de su cartera.
Habría que empezar por aclarar qué es la duración, en cifras. La duración mide cuánto cae el precio de un bono cuando sube la rentabilidad del mercado. Se mide en años, pero no coincide con el periodo de vencimiento. Como regla práctica, por cada punto porcentual que suben las rentabilidades, el bono pierde aproximadamente tantos puntos en precio como años de duración tiene.
Tomemos como ejemplo un bono a 10 años con un cupón del 3%. Su duración ronda los 8,5 años. Si su rentabilidad sube un punto, el precio cae en torno al 8,5%: casi tres años de cupones evaporados de golpe, si se quiere vender en este momento. De hecho, tras la subida de septiembre, la rentabilidad del bund alemán a 10 años se sitúa ya en el entorno del 3,5%, varias décimas por encima de aquel cupón de emisión.
La cuenta más reveladora es otra. Con un 3% de cupón y 8,5 años de duración, basta que la rentabilidad suba unos 35 puntos básicos en un año para que el inversor acabe en negativo, si no espera a vencimiento. En un bono a 30 años, con duración cercana a 20, el colchón es todavía más fino. En una letra a dos años, el mismo punto de subida apenas resta un 2%.
Entre 2024 y 2025, con el BCE recortando tipos, alargar la duración parecía una decisión de libro: asegurar rentabilidades antes de que bajaran más y, de paso, ganar por precio hasta el vencimiento. Muchos ahorradores lo hicieron sin saberlo, a través de fondos de renta fija “flexible” o mixtos conservadores, cuya duración real superó los seis o siete años.
El problema no es haber tenido esa visión, sino no haberla medido. Pocos partícipes conocen la duración de sus fondos, aunque figura en cualquier ficha mensual. Y una cartera que el cliente percibe como “prudente” puede concentrar más riesgo de tipos que muchas carteras de bolsa diversificadas.
Hay un matiz importante. En los fondos de rentabilidad objetivo y en los bonos mantenidos a vencimiento, la caída de precio es una pérdida contable que se recupera al llegar al vencimiento. El riesgo real aparece cuando hay que vender antes, o cuando el producto no tiene vencimiento y la duración se mantiene constante.
No obstante, la duración tiene una virtud: cuando la economía se frena y la bolsa cae, las rentabilidades de los bonos suelen bajar y el bono sube de precio y compensa total o parcialmente la caída. Esa correlación negativa es la base de la cartera 60/40 en renta variable y fija respectivamente. Pero esa relación depende del origen del shock. Cuando lo que preocupa es la inflación, como en 2022 y actualmente por la energía, bolsa y bonos pueden caer a la vez. Para un gestor de riesgos, ese es el escenario menos deseable: el momento en que la diversificación más se necesita es precisamente cuando puede fallar.
No significa que la renta fija haya perdido su papel de bajar la volatilidad de las carteras. Significa que su función de cobertura no está garantizada y que hay que dimensionarla con un escenario de inflación en mente, no solo de recesión.
En este escenario, cabe plantear qué hacer con la cartera. En primer lugar, es fundamental medir antes de actuar. Sumar la duración ponderada de todos los fondos y bonos de la cartera. Es el dato que define cuánto se pierde por cada punto de subida de tipos. Por otro lado, se debe alinear duración y horizonte. Si el dinero se necesitará en tres años, no tiene sentido una duración de ocho. El tramo corto ofrece hoy rentabilidades razonables con mucha menos sensibilidad.
Es importante también escalonar vencimientos —una escalera de bonos o fondos a vencimiento permite reinvertir a tipos más altos si siguen subiendo, sin apostar todo a un escenario— y diversificar las fuentes de protección. Bonos ligados a la inflación, liquidez remunerada o una pequeña posición en oro cubren el escenario que la duración no cubre.
Por otra parte, resulta clave nunca vender por pánico. Con rentabilidades más altas, el cupón que se cobra a partir de ahora también es mayor. Quien mantiene su horizonte acaba recuperando por carry lo perdido por precio.
Además, se debe valorar el punto de entrada. Lo paradójico es que la misma subida de rentabilidades que ha penalizado a quien ya tenía duración larga abre ahora una oportunidad para quien no la tenía. Con el Bund alemán a 10 años rondando el 3,5%, empieza a tener sentido tomar algo más de duración de la habitual para asegurar esa rentabilidad a futuro, siempre dentro del presupuesto de riesgo de cada cartera y sin perder de vista que, si las rentabilidades siguen subiendo, el ajuste de precio puede continuar.
2026 está volviendo a dejar claro que la renta fija no es fija. Vuelve a pagar, y eso es una buena noticia, pero no es sinónimo de riesgo bajo: depende de cuánta duración se tenga y si se invierte o no a vencimiento. En un entorno en el que los bancos centrales vuelven a mirar a la inflación —pero en el que niveles del 3,5% del Bund también empiezan a compensar el riesgo asumido— la pregunta que todo inversor debería hacerse no es cuánto renta su cartera de bonos, sino cuánto perdería si los tipos subieran otro punto, y cuánto ganaría si no lo hicieran.
Rafael Ciruelos es socio y director de selección de fondos de Diaphanum.





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