¿Quién ha dicho que la exploración espacial sea cosa de hombres? En 2023, una tripulación española formada solo por mujeres se instaló durante dos semanas en una estación de investigación en medio del desierto de Utah (Estados Unidos) para ensayar y simular cómo sería vivir y trabajar en Marte. Tenían que organizarse, investigar, resolver problemas y aprender a convivir en un espacio reducido, con recursos limitados y lejos de las comodidades de la Tierra. La experiencia formaba parte de Hypatia I, una misión científica que nació también con la intención de demostrar que la ciencia y la exploración espacial no entienden de género. “Hacemos muchas charlas con niños y niñas, para que no solo tengan referentes, sino referentes de proximidad; para que puedan proyectarse en esas mujeres y se den cuenta de que si quieren pueden hacerlo”, explica Cesca Cufí, ingeniera aeroespacial y una de sus tripulantes.
¿Cómo se prepara un viaje que puede durar meses? ¿De dónde se obtiene el agua? ¿Qué comerían los astronautas? ¿Cómo se consigue energía en un planeta sin oxígeno respirable? Helena Arias, Ariadna Farrés y la propia Cufí conocen bien las respuestas porque formaron parte de aquella experiencia, que presentan ahora a niños y adolescentes en Misión a Marte (Shackleton Kids, 2026), un libro ilustrado que aborda los preparativos de un viaje al planeta rojo y los retos que implica vivir allí.
Pero detrás de las explicaciones científicas hay también algo de lo que las tres investigadoras saben bastante: trabajar en equipo, aprender a gestionar las dificultades y descubrir que la ciencia no siempre consiste en acertar a la primera. Y, especialmente, que no hace falta ser una astronauta para formar parte de la aventura espacial.
Ensayar la vida en otro planeta
“Cuando los niños me preguntan qué significa esto de que simulamos misiones, les digo que es como los ensayos en un teatro. Cuando preparas una obra, primero tienes que practicar con el equipo, trabajar algunas partes específicas y otros días hacer un ensayo más general. Y al final, llega el momento de presentarla ante el público”. Arias, graduada en Ingeniería Mecánica y Electrónica, recurre a esta comparación para explicar qué es una misión análoga y por qué resulta necesaria antes de emprender un viaje espacial como este. “Quizá estamos muy acostumbrados a ver en las películas que se viaja muy rapido por el espacio, y la gente no es consciente de que se tardan entre seis y nueve meses en llegar ahí. Y tampoco podemos salir cualquier día a Marte, sino que los planetas tienen que estar bien alineados, cosa que sucede más o menos cada dos años”, añade Farrés.
La estación en la que vivieron las integrantes de Hypatia I se encuentra en el desierto de Utah, en Estados Unidos, y pertenece a la Mars Desert Research Station (MDRS). Durante aquellas dos semanas, las investigadoras tuvieron que desenvolverse con una cantidad limitada de agua, reciclar los recursos disponibles, trabajar aisladas de la sociedad y seguir protocolos estrictos para resolver situaciones que podían surgir durante una misión real. Eso sí, no todo se puede reproducir en la Tierra: “En Utah, claro, no podemos simular la gravedad marciana, esa es una limitación que tiene la Tierra”, reconoce Arias. Sí pudieron ensayar otros aspectos como el aislamiento, la logística, la improvisación y el trabajo bajo presión. El caso de Hypatia I, como el de Hypatia II (en 2025) y la futura Hypatia III, que se desarrollará en una base ártica en 2027, no es único, ya que también se desarrollan misiones análogas en otros puntos del planeta que incluyen, por ejemplo, bases submarinas, donde las salidas al exterior se realizan con trajes de buzo.
Eso es solo el principio: “Mucha gente ha interiorizado la idea de que Marte es algo así como nuestro planeta B, un lugar al que ir si las cosas en la Tierra se tuercen definitivamente, pero no es cierto. Allí no hay nada: tendríamos que llevarlo todo, la casa, la comida, el agua, y después conseguir que la vida allí fuera sostenible”, recuerda Farrés. Y esos son precisamente algunos de los retos que plantea Misión a Marte: ¿qué necesitamos para instalarnos en un lugar sin aire respirable y cultivar como lo hacemos aquí, cuando el agua no está al otro lado del grifo? ¿Cómo se selecciona y entrena a la tripulación? ¿Cómo funcionan el cohete y la nave y qué dificultades aterrizar en un planeta que está a (como mínimo) 54 millones de kilómetros?
Después llega el momento de pensar en la vida cotidiana: construir una casa, generar energía, conseguir agua y alimentos o salir al exterior para explorar el terreno, e invita a los lectores a ponerse en el lugar de quienes investigan. Uno de los experimentos, por ejemplo, plantea comparar el crecimiento de unas plantas de tomate en condiciones terrestres y marcianas: observar, formular una hipótesis, medir los tallos durante varios días y analizar los resultados. Una manera de acercarse al método científico y entender que, antes de llegar a una conclusión, hay que hacerse preguntas y comprobar si lo que imaginábamos se cumple.
En Marte también hay que convivir
Una noche, el viento sopló con tanta fuerza en el desierto de Utah que rompió las lonas de los túneles que conectaban los distintos módulos de la estación. A la mañana siguiente, Cufí tuvo que dejar a un lado las tareas que tenía previstas para ocuparse de las reparaciones. “Tú tienes un horario con las distintas cosas que tienes que hacer y ese día cambian porque se han roto partes de la estación y hay que repararlas. Se tiene que cambiar toda la planificación”, recuerda. Pero no hace falta que ocurra una avería para que la vida en una estación así resulte complicada: a Cufí, por ejemplo, le costó acostumbrarse a no tener un rincón para ella sola. “Personalmente me costó mucho el hecho de no tener un espacio privado y estar siempre escuchando a la gente hablar. Estás en un sitio bastante pequeño y poder concentrarte tú solo, estar solo, es imposible. No estás nunca solo”. Farrés recuerda algo parecido: “Tenía una hora concreta para enviar los informes diarios. Pero hacerlo con todo el mundo hablando alrededor mío era quizás lo que más me costaba”.
En una misión real, además, tampoco sería posible llamar a la Tierra para pedir ayuda y recibir una respuesta inmediata. Misión a Marte explica que las señales de radio pueden tardar entre 3 y 22 minutos en llegar de un planeta a otro, dependiendo de la distancia que los separe. Una conversación sencilla podría prolongarse durante bastante tiempo y, ante una emergencia, la tripulación tendría que tomar decisiones por su cuenta. Algo similar sucede al aterrizar (o amartizar): como la maniobra tarda unos siete minutos y las señales de radio 14 en llegar, no pueden contar con ayuda de la Tierra.
El libro dedica varias páginas a mostrar cómo sería una base marciana por dentro, con sus módulos habitables, laboratorios, depósitos de agua, talleres de reparación e invernaderos. Todo está pensado para aprovechar los recursos disponibles, pero también para que varias personas puedan vivir y trabajar juntas durante meses. Y luego están las salidas al exterior. Farrés recuerda una actividad extravehicular, o EVA, en la que pasó cuatro horas trabajando fuera de la estación con Arias. Apenas había bebido agua y terminó al borde del desfallecimiento. En Marte, donde el exterior sería mucho más peligroso que en Utah, un descuido podría tener consecuencias muy graves.
Por eso, para Arias, uno de los mayores desafíos de cualquier misión espacial, sea real o simulada, es la convivencia. Las integrantes de Hypatia no se conocían cuando comenzaron el proceso de selección y tuvieron que aprender a funcionar como equipo durante el año y medio o dos años de preparación. No se trataba únicamente de comprobar sus conocimientos científicos, sino de descubrir cómo trabajarían juntas en situaciones difíciles. “Algo que no se hizo en las primeras dos misiones, y que sí se hará en Hypatia III, es contar con la ayuda de un centro psicológico que les dará herramientas para poder lidiar con todo lo que conlleva una situación de confinamiento”, explica Farrés.
De las dudas a los referentes
Cuando Farrés empezó a estudiar Matemáticas, todavía no se imaginaba trabajando en el sector espacial, ni sabía que aquella podía ser una salida profesional para ella: no tenía referentes cercanos que le mostraran ese camino y fue descubriéndolo poco a poco, a medida que avanzaba en sus estudios. Arias, en cambio, creció con el apoyo de una familia vinculada a la ingeniería. Se considera afortunada por ello, aunque recuerda que su primer referente femenino en ciencia fue Neus Sabaté, a quien conoció ya de adulta.
Cufí recuerda una situación que le hizo tomar conciencia de sus propias dudas: cuando su departamento publicó una oferta interna para un puesto de mayor responsabilidad, decidió no presentarse porque no estaba segura de tener las capacidades necesarias. Al hablar con personas que trabajaban en el proyecto, supo que también estaban interesados varios compañeros con mucha menos experiencia que ella. Aquello le hizo reconocer su propio síndrome del impostor y pensar en cuántas veces las mujeres pueden frenar sus aspiraciones profesionales porque se sienten menos capaces. “Más que una barrera única, diría que son muchas: está, por ejemplo, la maternidad, que te aparta de tu carrera y hace que el hombre tenga más tiempo que tú para progresar. Y luego es algo generacional: los compañeros que tenemos ahora de nuestra edad sí que nos respetan más”, añade Farrés.
Para las niñas que sienten curiosidad, pero no saben si ese mundo es para ellas, Cufí tiene un mensaje claro y directo: “El espacio es un sitio para todo el mundo. Para hacer investigación y ciencia no solo se necesitan ingenieros y científicos. Lo importante es tener curiosidad, ganas de descubrir y saber lo que a uno le gusta. Todo el mundo tiene cualidades que pueden servir para esas carreras profesionales”.





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