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El privilegiado puente español

ABC Economia
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El privilegiado puente español

Durante décadas, España contempló Iberoamérica como el destino natural de su expansión empresarial. Bancos, compañías energéticas, constructoras y operadores de telecomunicaciones cruzaron el Atlántico aprovechando la proximidad cultural y las oportunidades de inversión.

Aquella internacionalización transformó el capitalismo español y permitió que empresas españolas adquirieran dimensión global. Sin embargo, el mapa económico ha cambiado. Hoy España no solo puede ser un país que invierte en Iberoamérica. Tiene la oportunidad de convertirse en la plataforma desde la que el capital internacional accede a una región de más de 650 millones de habitantes.Un reciente estudio de CEAPI y la Universidad Complutense de Madrid identifica 744 compañías extranjeras que utilizan España como plataforma de inversión hacia Iberoamérica.

La cifra revela una transformación menos visible que las grandes adquisiciones empresariales: España desempeña una función de intermediación internacional que trasciende la nacionalidad de sus compañías. Su valor ya no reside únicamente en exportar capital, sino en atraer inversiones de terceros países interesados en operar al otro lado del Atlántico.Esta evolución coincide con una reorganización de la economía mundial.

La rivalidad entre Estados Unidos y China, la fragmentación de las cadenas de suministro y el renovado interés por los recursos estratégicos han devuelto a Iberoamérica una importancia geoeconómica que durante años quedó oscurecida por su inestabilidad política.

La región dispone de reservas decisivas de cobre y litio, abundantes recursos energéticos y mercados de consumo relevantes. Su problema histórico no ha sido la ausencia de oportunidades, sino la dificultad para convertirlas en crecimiento sostenido mediante instituciones previsibles e inversiones productivas.España dispone de empresas con experiencia, entidades financieras internacionalizadas, despachos jurídicos y relaciones construidas durante generaciones.

Madrid reúne condiciones para consolidarse como centro de decisión de operaciones transatlánticas. La lengua facilita las relaciones comerciales, aunque conviene no exagerar su importancia: el capital aprecia las afinidades culturales, pero decide fundamentalmente en función de la rentabilidad, la seguridad jurídica y la eficiencia.Estas ventajas no son irreversibles.

China ha incrementado su presencia en Iberoamérica. Estados Unidos conserva una posición privilegiada por su proximidad geográfica y capacidad financiera. España no tiene garantizado ningún papel por razones históricas. Debe ganárselo ofreciendo condiciones superiores a las de sus competidores.Aquí aparece una contradicción incómoda.

Mientras los discursos oficiales presentan a España como puente privilegiado entre continentes, la política económica no siempre parece orientada a esa función. La incertidumbre regulatoria, la proliferación normativa y la utilización política de ciertas empresas pueden debilitar precisamente los atributos que necesita un centro internacional de negocios.

Resulta difícil aspirar a atraer capital extranjero y transmitir simultáneamente que el beneficio empresarial constituye una anomalía que debe corregirse mediante intervenciones discrecionales.Tampoco basta con organizar cumbres o invocar una comunidad cultural de intereses.

Las plataformas económicas internacionales se construyen mediante mercados de capitales profundos, fiscalidad competitiva, talento cualificado y estabilidad jurídica. Londres no se convirtió en una plaza financiera mundial gracias exclusivamente a sus vínculos históricos, sino porque desarrolló instituciones capaces de atraer operaciones internacionales.

La historia puede abrir puertas, pero son las instituciones las que consiguen que las empresas permanezcan.Existe además una dimensión europea. La Unión Europea necesita diversificar proveedores y reducir dependencias estratégicas. Iberoamérica representa un socio natural para avanzar en esos objetivos.

España podría ejercer mayor influencia en Bruselas si convirtiera su conocimiento regional en una agenda económica centrada en inversión y acuerdos comerciales.La oportunidad exige también superar una visión paternalista de Iberoamérica. Las grandes compañías de la región ya no son simples receptoras de inversión española.

Muchas disponen de capital y capacidad internacional para invertir en Europa. Nuestro país puede convertirse en su puerta de entrada, favoreciendo una relación verdaderamente bidireccional.España tiene ante sí la posibilidad de transformar una relación histórica en una ventaja competitiva contemporánea.

Pero un puente económico no se sostiene únicamente sobre la lengua o la memoria. Necesita instituciones fiables, apertura al capital y una política económica que comprenda que atraer empresas es más importante que dirigirlas. La geografía y la historia han situado a España en una posición privilegiada.

Convertirla en prosperidad depende de nuestras propias decisiones.

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