Hay muchas clases de personas. Y de multimillonarios. Y, por supuesto, de argentinos. Aunque todos crean ser tan brillantes como el gran Lionel y hablar como Darín. Estos días ha estado por España Javier Milei como representante de una parte de la élite y con un lema por bandera: “No hay nada más divertido que patear zurdos”. Y, curiosamente hoy, en el mismo país y perteneciente a una misma generación, un porteño llamará la atención con otro perfil en El Sardinero. Justo ahora que la visita del Real Madrid devuelve el foco al palco. Es matemático y tiene un mantra opuesto al político conservador. Lo repite desde que llegó en 2023 al Racing: “La diversidad es la clave de la felicidad y del progreso”. Idolatrar a tipos tan distintos como Borges, Cortázar, Maradona y Messi, nombre que le ha puesto incluso a su perro, es lo que tiene.
Sebastián Ceria (Buenos Aires, 1965) es el máximo accionista del club cántabro tras aportar 30 millones de euros a una entidad agujereada. Porque él odia lo de dueño. “Si acaso, cuidador”. Y la directiva blanca debería conocerle antes de sentarse a su lado después de su última visita, en 2011, con Ali Syed. Un corrupto que aireó su bufanda en la mismísima cara de Florentino Pérez antes de darse a la fuga. Sobre todo, porque lo de ahora, para tranquilidad de Butragueño, es otra cosa. Del empresario se conoce que es doctor en investigación, humanista y filántropo después de ser un joven emprendedor y vender su empresa de software financiero por 850 kilos. Pero igual está menos aireado su activismo político, sin necesidad de ser militante. Lo demuestra un ejemplo que va mucho más allá de su compromiso y sus declaraciones. Y sin desvelar a quién vota. El pasado abril, cuando Pedro Sánchez convocó a los líderes progresistas de todo el mundo en Barcelona para una Cumbre Global, allí estaba este enamorado del mar junto a Lula da Silva y compañía. Sin intervenir, pero sumando ideas.
Su infancia, rodeado por una férrea dictadura, con un padre que leyó de manera compulsiva hasta 10.000 libros y una madre políglota, le enseñó a rebelarse y, más que nada, a pensar y mojarse. Basta una anécdota para comprobarlo: la facultad pública donde estudió, la UAB, estaba casi demolida en sus años en las aulas, así que se prometió que, si un día ganaba suficiente dinero, invertiría en levantarla de nuevo. Y vaya si lo ha hecho. Con un modelo sostenible, moderno y modélico. Fue uno de los gestos que más sorprendió al personal en aquel congreso de hace meses en la Ciudad Condal, en el que repetía en los corrillos un grito de esperanza: “El fútbol es uno de los lugares donde todavía se puede pensar en una idea de comunidad”. Fran Cano, secretario general de las juventudes socialistas cántabras que se fotografió con él y David Sanjuán en la cita, ve como una suerte tener en la tierruca. Es mucho más que un creador de algoritmos que sabe como pocos el funcionamiento de la IA: “No le conocía. Fue un lujo tenerlo allí y es un orgullo que esté en nuestra región por cómo aplica su visión del mundo al fútbol y por la manera de contagiar su mentalidad. Es un referente por sus valores”.
La Península no le era extraña a Sebas, que es como le gusta que le llamen. Su abuelo nació en Madrid y su abuela, en Burgos. Él sólo había vivido en nuestro país unos meses en 1996, de los que ha recordado en varias entrevistas sentirse “un poco discriminado, algo que no pasa hoy en día”. Y en el norte se casó con Alicia Zorrilla para cambiar su vida para siempre. Y no sólo por el hecho de tener dos hijos (Javi, que estudia en Los Ángeles y Lola, que hizo sus pinitos por París), sino porque su esposa era íntima amiga de la infancia de la mujer de un futbolero empedernido, Manolo Higuera. Una persona que, al principio, fue simplemente un colega y que hoy es el actual presidente del Racing. El que, verdaderamente, le ha metido en este ajo. Por unas cosas u otras, Ceria se compró una casa en la zona noble de Santander, Reina Victoria, a un kilómetro del estadio, a 200 metros de la curva de la Magdalena y justo enfrente de la bahía donde, simplemente bajando unas escaleras, llega a su zodiac para pasar a El Puntal. Es su plan preferido: coger olas (su gran hobby es el bodyboard y viaja por el Caribe en familia para dar rienda suelta a su pasión) y picar algo en el chiringuito del lugar, como uno más. Su estancia en esta morada la alterna con otra en el corazón de Madrid una vez que ha abandonado para siempre Londres, su anterior paso vital. En Reino Unido cumplió un pacto de caballeros: quedarse cuatro años como CEO de la empresa que vendió a la propietaria de la Bolsa de Frankfurt.
Uno más
En el Cantábrico, pese al ruido de estos días a base de inminentes huelgas y elecciones, se le ve radiante. Ayer iba en bici por el centro sonriente. Compara la calidad de vida con otras latitudes y, pese a ciertos problemas evidentes, no ve nada igual. En el Diario.es dejó clara su admiración: “España es un país que funciona”. Aunque también deja claras las líneas de mejora: “La derecha y la religión muchas veces van de la mano y no puedo comprender cómo gente cristiana, católica, puede ser antiinmigrante porque es ir contra los valores humanistas de la iglesia”. Con su fundación en Argentina, Fundar, intenta ocuparse de políticas públicas para el desarrollo sin que “ninguna herramienta sea ideologizada”. Y con su papel como patrono en la del Racing riega de iniciativas su entorno con un millón de presupuesto. Una tierra adoptiva donde, pese a su corte más tradicional, le han acogido con entusiasmo. Sólo la alcaldesa (Gema Igual, del PP) ha tenido en ocasiones tiranteces con su insistencia a cuenta del proyecto por el nuevo estadio.
Jorge Valdano, otro ilustre argentino, no le conocía, hasta que les presentaron y se animó a viajar un par de veces a Santander, llegando a dar una charla al vestuario de José Alberto. Fue en una de las mayores crisis del equipo, tras un 6-2 en Andorra que hacía peligrar el ansiado ascenso. El exdelantero habló de cómo se remonta el vuelo mientras Ceria, afuera, preparaba un asado para todos. Así le gusta abordar los problemas. Está entrenado en ritos culinarios porque ha instalado un quincho en su terraza para hacer parrillas de carne y pizzas en un horno de leña. Quizás, contagiado por aquel encuentro que derivó en un artículo elogioso del comentarista en El País, ‘Cuando el fútbol gana la calle’, Ceria también deja frases que son perlas en las diferentes comparecencias en las que se multiplica. Una: “Tener conciencia social no depende del dinero y hay que ayudar al prójimo”. Otra: “Me gustaría poner el palco en mitad de La Gradona [fondo de animación]”. Y la que más le ha guiado: “Lo importante es ser inteligente cuando tuviste suerte”.
Sabe de lo que habla. Vivió desde su terraza, en la calle 27 de Manhattan, los atentados de unas Torres Gemelas que vio caer trágicamente. Un avión chocó mientras hablaba por el celular con su padre. Aquel luto mundial generó pánico en los mercados. Él vio a su empresa en peligro después de haber emigrado a Estados Unidos con toda su ilusión, aprender inglés y francés y ser profesor en la Universidad de Columbia. Hasta que se fue a jugar una pachanga para no agobiarse más y liberarse y encontró allí a un mecenas que le sacó del pozo. Ahí se dio cuenta de que el balón le daría la felicidad, como a su hermano pequeño Santi, pese a las épocas de sequía de títulos de su Racing de Avellaneda. “Soy del Racing al cuadrado, ya nací sufriendo y hermanaremos ambos clubes”, suele decir.
“Es una factoría de ideas que va siempre por delante de todos. Una locomotora. Y lo mejor es que no impone nada, sino que te hace partícipe con educación de los planes”, explican desde dentro del club sin noticias de que exista algún detractor externo. Porque igual que con Ali todo era malo y los socios esperaban un guiño positivo, con él, que aterrizó al rescate y no se da importancia, sucede justo al revés: se reza para que no llegue un primer tropiezo serio. Mientras, es habitual verle llegar al estadio en su patinete eléctrico. Y, cuando viaja con la expedición, almuerza como un jugador más el menú que marque el nutricionista. No quiere privilegios. Nunca. Otra prueba: como apasionado de la raqueta quiso alistarse en el elitista Club de Tenis de la ciudad, donde pese a haber numerus clausus (limitación fija y estricta de socios), no impuso nada ni tiró de contactos o conseguidores. Esperó a que su familia pudiera acreditar que su pareja había sido socia de joven para recuperar su condición, renovar los votos y poder disfrutar de las instalaciones como uno más. Es como mejor se siente.
En las horas previas al partido del Madrid andaba por La Albericia, con su ropa habitual de sport (pasa de trajes y corbatas), matizando una conversación en torno a las funciones concretas de Edu Bedia, exfutbolista y ahora currito del club. Deseaba aclarar que “aquí todo el mundo hace de todo”. No descansa. Es su forma de vivir e inculcar. Quizás por eso, su equipo, le responde agradecido para que no se vaya jamás. El Racing es, con 12 jugadores y Canales a la cabeza, el equipo de Primera con más zurdos. Una muralla que ni Milei podría derribar.
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