Es un pensamiento muy humano querer que tus hijos se parezcan a ti. Buscar que no les falte de nada, que crezcan sanos, que cumplan todos sus propósitos y que sean felices no es más que el compromiso mínimo que se adquiere con la paternidad, pero también reconforta el hecho de que abracen y hagan suyas tus aficiones. Los futbolistas profesionales ganan millones, sí, pero no dejan de ser humanos. Y ellos también son padres orgullosos de sus retoños cuando estos encuentran su felicidad en un balón y su sueño en una grada entregada a ellos del mismo modo que se entrega a su padre.
También es muy humano querer parecerte a tu progenitor. Naturalmente, no es diferente en el caso de los hijos de futbolistas. Ellos no sólo ven a un padre, sino también a alguien con la facultad de exportar alegría a una comunidad entera. De hacer vibrar con su juego a una hinchada y de convertirse en un ídolo para sus propios compañeros de clase. Todo aquel que intenta seguir los pasos del padre en el mundo del fútbol siente algo de todo esto a la hora de comenzar a andar un camino en el que su apellido le puede impulsar, pero en el que las expectativas también le pueden frenar.
Hay hijos que, pese a intentarlo con todas sus fuerzas, nunca tuvieron una carrera en el fútbol tan prolífica como la de sus padres. Pero otros alumnos, en cambio, acabaron superando al maestro. Es oportuno repasar algunos nombres que, para regocijo y nunca para envidia de sus progenitores, han terminado llevando su apellido al Olimpo de este deporte. Las astillas que acabaron resultando más grandes que el palo del que salieron.
Un listón casi inalcanzable
Cuando te propones superar a alguien que es un ídolo en su ámbito, las probabilidades de no llegar son altísimas. Sólo los elegidos no fracasan en el intento. Manolo Sanchís fue uno de ellos, aunque necesitó convertirse en una leyenda del Real Madrid para conseguirlo. Miembro con honores de la Quinta del Buitre, disputó 720 partidos de blanco y ganó la Séptima y la Octava. Un legado que acabó superando al que dejó su padre, Manuel. Él fue lateral izquierdo. Pasó por la cantera del Barcelona, pero se hizo grande en el Madrid, donde jugó 213 encuentros y participó en la consecución de la Sexta. El padre escribió el apellido Sanchís en la historia merengue y el hijo le sacó brillo.
Lo mismo, elevado a la máxima potencia, pasó en Milán con Paolo Maldini. La leyenda del Calcio heredó de Cesare mucho más que un apellido. Su progenitor disputó más de 400 partidos y fue capitán del Milan que se proclamó campeón de Europa en 1963. Paolo lo dejó muy atrás: sumó 901 partidos de rossonero, 126 internacionalidades con Italia, siete veces campeón del Scudetto y cinco de la Copa de Europa. Por si fuera poco, hay una tercera generación de la familia Maldini: Daniel, hijo de Paolo, trata de hacerse un hueco en el fútbol italiano. Tras salir de la cantera del Milan, milita actualmente en el Cagliari cedido por el Atalanta.
Otro que tenía un listón altísimo que superar era Juan Sebastián Verón. Juan Ramón, su padre, fue uno de los emblemas del Estudiantes que conquistó tres Libertadores consecutivas entre 1968 y 1970. Cosas del destino, ‘La Bruja’ ganó una Intercontinental contra el Manchester United marcando un gol en Old Trafford... el estadio que años después vería brillar a su hijo. ‘La Brujita’, después de una carrera en Europa que su padre nunca tuvo, volvió a casa para ayudar a Estudiantes a ganar otra Libertadores.
Xabi Alonso también tuvo que hacer mucho y muy bueno para elevar todavía más su apellido. Más bien lo internacionalizó. Y es que Periko, su padre, ya había sido clave en la época dorada de la Real Sociedad. Ganó dos Ligas seguidas como txuri-urdin, otra más cuando fichó más tarde por el Barcelona y fue convocado al Mundial del 82. Xabi, décadas después, llevó el apellido Alonso fuera de nuestras fronteras: ganó una Champions con el Liverpool, otra con el Madrid, tres Bundesligas con el Bayern y, con España, dos Eurocopas y un Mundial.
Quien lo tuvo más difícil para superar a su padre, y que cada uno juzgue si lo hizo o no, fue Thiago Alcántara. Y no por demérito suyo, sino porque es hijo de Mazinho, todo un campeón de América y del mundo con Brasil, aparte de un viejo conocido del fútbol español tras pasar por el Celta, el Valencia y el Elche. Rafinha, también futbolista, lo intentó y tuvo un digno recorrido. Pero Thiago fue el que acabó haciendo una espectacular carrera a nivel de clubes. Cuatro Ligas con el Barça, siete Bundesligas con el Bayern y dos Champions repartidas entre azulgranas y bávaros así lo refrendan. Padre e hijo llegaron a lo más alto por caminos distintos.
Cuando el apellido recorrió el mundo
Diego Forlán tampoco lo tenía sencillo para mejorar lo que había visto en casa. Su padre, Pablo, no sólo le inculcó su amor por Peñarol. Él pasó a la historia del club carbonero ganando la Libertadores y la Intercontinental del 66 y, con Uruguay, jugó tres Copas del Mundo. Diego, su hijo, le superó ganando dos Botas de Oro, una Europa League y el ‘MVP’ del Mundial de 2010, donde los charrúas obtuvieron un histórico cuarto puesto. Un año después, añadió la Copa América a su palmarés. Su abuelo materno, por cierto, fue seleccionador de la Celeste.
Otra familia de futbolistas son los Mac Allister. Carlos, el padre, dio a conocer su apellido en Argentina defendiendo la banda izquierda de equipos como Argentinos Juniors, Boca, Racing y Ferro. Pero fue Alexis, uno de sus tres hijos futbolistas, quien le dio una dimensión mundial a los Mac Allister. Cruzó el charco, brilló en el Brighton y recaló en el Liverpool, donde ganó una Premier League. Su consagración definitiva se dio en el Mundial de Qatar, en el que se proclamó campeón del mundo siendo pieza clave para Scaloni. Su hermano Kevin también juega en Europa, concretamente en el Saint-Gilloise belga. Su otro hermano, Francis, milita en el Deportes La Serena chileno.
Lo llevaba también en la sangre Radamel Falcao. Aunque, al contrario que su padre, que fue defensa, él se destapó como un depredador del gol que acabaría convirtiéndose en el máximo anotador de la historia de la selección colombiana y que ganó dos veces la Europa League de forma consecutiva. La afición del Atlético todavía recuerda al ‘Tigre’ como uno de los delanteros más letales que ha visto jamás. Radamel García, su progenitor, militó como central en varios de los clubes punteros de Colombia, como Junior de Barranquilla e Independiente de Santa Fe.
Al igual que en el caso de Falcao, Pierre-Emerick Aubameyang no heredó de su padre el gusto por defender: prefirió romper redes rivales. Explotó como delantero en el Borussia Dortmund, donde llegó a ser el máximo goleador de la Bundesliga y formó parte de gigantes europeos como el Barcelona y el Chelsea. A sus 37 años, exprime sus últimas gotas de fútbol en Coruña. Pierre-François, su padre, desarrolló casi toda su carrera en Francia y, aunque también representó a Gabón, nunca alcanzó la notoriedad que acabó teniendo su hijo en el mundo del fútbol.
El salto de nivel más abismal de padre a hijo es el que ha dado Erling Haaland. Y eso que Alf-Inge tuvo una carrera respetable en Inglaterra, militando en clubes como el Nottingham Forest, el Leeds United y el Manchester City, donde su vástago está pulverizando registros temporada a temporada. Ya en su primer año como citizen reventó el récord goleador de la Premier League y ganó el triplete. Con Noruega también superó por mucho a su padre: desde 2024, es el máximo goleador histórico del combinado nacional.
De padres a hijos
Hay futbolistas que se tomaron tan en serio lo de emular a sus padres que prácticamente acabaron caminando sobre sus mismos pasos. Como Pepe Reina, que eligió ser portero, igual que su padre. Aunque vivió a la sombra de Casillas en la Selección, fue un jugador con peso en el vestuario de La Roja que acabó tocando el cielo en Johannesburgo aquel 11 de julio de 2010. Pepe, además, hizo una carrera tremenda a nivel de clubes, curtiéndose en el Liverpool tras formarse en el Barça y despuntar en el Villarreal y pasando también por el Bayern y por el Nápoles. Miguel, su padre, ganó un Zamora y se quedó a segundos de ser campeón de Europa con el Atlético de Madrid.
Otros cuyas carreras siguieron ciertos patrones comunes fueron los Busquets. No compartieron posición (uno fue portero y otro centrocampista), pero sí el amor por el Barcelona. Carles, el padre, fue culé durante nueve temporadas y formó parte del Dream Team de Cruyff (aunque el titular en ese equipo solía ser Zubizarreta). Sergio, el hijo, debutó con Guardiola en 2008 para convertirse en tiempo récord en la brújula azulgrana y en un pilar de la España campeona del mundo. Ganó nueve Ligas, siete Copas del Rey y tres Champions con el Barça. Un palmarés al alcance de muy pocos con el que acabó superando a su padre.
Los Merino se hicieron grandes en el fútbol como centrocampistas y, además de posición, pusieron en común su celebración. Miguel, el padre, se forjó en Osasuna y, entre El Sadar y Balaídos, desarrolló la mayor parte de su carrera. Mikel, el hijo, llevó su fútbol más allá del territorio español. También criado en Tajonar, tiene experiencia en el Borussia Dortmund, en el Newcastle y en la Real Sociedad, donde se doctoró antes de irse al Arsenal. En la Eurocopa de 2024, en el punto más crítico del partido de cuartos contra Alemania, marcó un gol salvador y lo celebró como lo hizo su padre: alrededor del banderín de córner. Miguel manifestó así su alegría al anotar un gol con Osasuna... en el mismo estadio que Mikel fue decisivo para la Selección Española décadas después.
Aunque el caso más llamativo es el de los Llorente. Paco se formó en la cantera del Atlético de Madrid y acabó haciendo carrera en el Real Madrid; Marcos hizo el viaje inverso. El padre, sobrino de la leyenda madridista Paco Gento, ganó tres ligas en Chamartín. El hijo se formó en Valdebebas, ganó una Champions de blanco y, después, acabó haciendo del Metropolitano su lugar en el mundo. Su traspaso al Atlético por 30 millones de euros en 2019 hizo arquear las cejas de más de un hincha rojiblanco pero, a base de trabajo en silencio y tras la mágica noche de Anfield, convirtió los recelos en admiración.
Una cuestión familiar
Como ya habrán advertido, el fútbol se mete en el tuétano y hay familias en las que todos sueñan con seguir los pasos del padre. Es el caso de Jonathan, Aarón y Saúl Ñíguez. Los tres son hijos de José Antonio, conocido popularmente como ‘Boria’, quien hizo carrera como delantero del Elche. Jonathan y Aarón hicieron carrera, pero Saúl alzó el apellido Ñíguez a lo más alto. Formado en el Atleti, ganó una Liga, una Europa League y una Supercopa de Europa como colchonero y estuvo a punto de ganar la Champions. También pasó por el Rayo Vallecano, por el Chelsea y por el Sevilla. A día de hoy, defiende la camiseta del Flamengo.
La historia de Frank Lampard no sólo tiene que ver con perpetuar la tradición familiar, sino también con un sentimiento de revancha. Frank Lampard Sr. fue una leyenda del West Ham. Una vez retirado, comenzó como ayudante de Harry Redknapp, su cuñado y en ese momento entrenador de los hammers. Pero despidieron a ambos en 2001. El joven Frank, que por aquel entonces empezaba a hacerse un hueco en el primer equipo de los irons, quedó tan afectado por el despido de su padre que decidió romper con el club de su vida para irse al Chelsea. Allí, se convirtió en una leyenda. Ganó tres veces la Premier, cuatro la FA Cup y fue campeón de Europa en 2012 con los blues. Con Inglaterra, metió 29 goles en 106 internacionalidades.
Miroslav Klose, en lugar de deseos de venganza, halló en casa el amor por el deporte de alta competición. Su padre, Josef, también fue delantero y llegó a jugar con el Auxerre francés. Su madre, Barbara, donde destacó fue en el balonmano, deporte en el que alcanzó la condición de internacional con la selección de Polonia. Miroslav, que pudo haber jugado con el combinado nacional polaco, eligió Alemania para escribir su nombre con letras de oro. Hasta 2026, era el máximo goleador de la historia de los Mundiales. Le arrebató el récord Leo Messi. Los clubes que conocieron su apogeo fueron el Bayern, donde ganó dos Bundesligas, y la Lazio.
Pero los hermanos Bellingham son los que se llevan la palma en lo que se refiere a realizar los sueños frustrados de su progenitor. Y es que Mark Bellingham, conocido en España por ser el agente de Jude, compaginó trabajar de policía con su carrera como futbolista semiprofesional. Era delantero y, según la hemeroteca, anotó más de 700 goles. Sus hijos, no obstante, han alcanzado cotas que él nunca pudo pisar. Sobre todo Jude, que explotó en el Borussia Dortmund y terminó recalando en el Real Madrid por 134 millones de euros. Su hermano, Jobe, trata de seguir sus pasos en Westfalia después de contribuir al regreso a la Premier del Sunderland.
Los Bellingham son el caso más reciente de jugadores que llegan donde a sus progenitores no les alcanzó. Futbolistas que comienzan su carrera siendo “el hijo de” que, a base de esfuerzo y talento, terminan consiguiendo que quien les dio la vida y les inculcó el amor por este deporte pase a ser “el padre de”. Astillas que acabaron haciéndose más grandes que el palo del que salieron.
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