Brasil despierta este domingo con una única certeza: puede pasar cualquier cosa y la contraria. Los sondeos de los institutos de demoscópicos brasileños, Quaest y Datafolha, apuntan a un empate técnico entre los dos candidatos a la Presidencia de la mayor economía de América Latina. En la recta final de la campaña, el ultraderechista Flavio Bolsonaro, que parte con una ligera ventaja en las encuestas, y el izquierdista Luiz Inacio Lula da Silva han puesto toda la carne en el asador para arañar los votos de los indecisos y de quienes se abstuvieron en la primera vuelta.
El actual presidente ha abierto el grifo de las ayudas públicas, con la aprobación de la semana laboral de cinco días y un aumento de la cuantía de Bolsa Família, el programa de transferencias directas a los más vulnerables. Bolsonaro, por su parte, defiende una menor intervención del Estado y promete aplicar la motosierra al gasto público. «Gane quien gane, tendrá que acometer un ajuste fiscal muy duro, que podría resultar muy impopular», advierte Rogelio Núñez, investigador sénior del Real Instituto Elcano y experto en América Latina, además de autor de las claves del día de la región en CIGODESE.
A pocas horas de las elecciones en Brasil, las encuestas apuntan a un empate técnico entre Flavio Bolsonaro y Lula da Silva. En la primera vuelta, todo apuntaba a una victoria (también ajustada) de Lula, pero perdió. ¿Cómo interpreta los sondeos?
Los institutos de demoscópicos brasileños son muy buenos, pero evidentemente en las primeras vueltas no han sido todavía capaces de captar los movimientos en el electorado y sobre todo subestiman mucho el bolsonarismo. Lo vimos también hace cuatro años. Ahora, en segunda vuelta son mucho más fiables. Y llegan empatados técnicamente. Es el reflejo de lo que está ocurriendo en toda América Latina, donde hay una enorme polarización al 50%, en las pasadas elecciones brasileñas también lo vimos. Y lo vemos también en países como Perú. Eso significa que la posibilidad de captar electorado nuevo es muy complicada.
¿De dónde está intentando arañar votos Lula?
Lula y su Partido de los Trabajadores (PT) tiene menos margen que Bolsonaro porque a su izquierda y en el centro izquierda no había opciones en la primera vuelta. Por eso, está intentando movilizar a los indecisos y a los que se abstuvieron, el único sector del que puede captar nuevos votos. Es algo que no tanto él, sino su equipo, está haciendo muy bien apostando por las redes sociales, que son claves para ganar cualquier elección.
¿Y Bolsonaro?
Bolsonaro ha hecho lo único que podía hacer, que es atraer el voto de la derecha que no votó a su partido, el Partido Liberal (PL) en la primera vuelta. También ha conseguido captar a dos electorados clave: los evangélicos y los autónomos y emprendedores de clase media. Los evangélicos se alejaron de su padre, Jair Bolsonaro, hace cuatro años por su gestión de la pandemia, que chocó con sus creencias sobre el respeto a la vida humana. Ahora, Bolsonaro ha recuperado buena parte de ese apoyo. El segundo grupo es el de los autónomos y pequeños emprendedores, que reclaman menos intervención del Estado, más seguridad y mano dura contra la delincuencia y la corrupción.
¿Qué modelo económico propone cada candidato?
Lula apuesta por un modelo asistencialista, con un Estado fuerte y un papel importante de las ayudas sociales. Bolsonaro defiende, al menos en teoría, una política más liberal y una menor intervención estatal. Brasil tiene una presión fiscal elevada, en torno al 33,7% del PIB, pero su principal problema no es cuánto recauda, sino cómo gasta esos recursos. La elevada presión fiscal también empuja a muchos autónomos y emprendedores hacia la economía informal, sectores que se identifican en mayor medida con Bolsonaro.
Gane quien gane, ¿tendrá que aplicar un ajuste fiscal?
Sí, tendrá que llevar a cabo un ajuste muy duro. Bolsonaro ya ha anunciado recortes, en una línea similar a la de Milei, pero Lula también tendrá que reducir el gasto porque la situación fiscal es insostenible. Algunos analistas creen que estas medidas llegan tarde, pero serán inevitables. El problema es su coste social y político. Una reducción brusca del gasto puede provocar protestas en una población muy endeudada y afectada por el encarecimiento del coste de la vida. Chile es un ejemplo de las dificultades que entraña aplicar un ajuste severo.
¿Hasta qué punto puede el Congreso condicionar al próximo Gobierno?
Muchísimo. Aunque Brasil es una república presidencialista, el Congreso tiene una enorme capacidad para condicionar la acción del Ejecutivo. Es lo que yo llamo un presidencialismo parlamentario, porque son los diputados quienes tienen la sartén por el mango. Jair Bolsonaro ya tuvo que apoyarse en el centrão, una agrupación informal de partidos pragmáticos que negocian su respaldo con el Gobierno de turno. Aunque las fuerzas de derecha son mayoritarias, no todo es tan matemático. El Partido Liberal cuenta hoy con 121 de los 513 diputados, por lo que Bolsonaro no tendría garantizado el apoyo parlamentario para sus reformas, incluso para la de la Constitución. Los partidos de centro y centroderecha no ceden fácilmente su voto: negocian y exigen concesiones. Brasil lleva funcionando así desde 1985.
¿Lo tendría más difícil Lula para gobernar? Su partido tiene hoy 88 escaños.
Su Congreso podría ser aún más complicado, pero Lula es un político experimentado y un negociador hábil. La elección de Geraldo Alckmin, antiguo rival político y representante de la centroderecha, como vicepresidente demuestra su capacidad para construir alianzas. Eso no significa que vaya a tenerlo fácil. El próximo presidente tendrá que negociar con un Parlamento fragmentado y afrontar un ajuste fiscal que puede generar un importante desgaste social.
¿Qué se juega América Latina con estas elecciones? Es de los pocos países que aún tiene un Gobierno de izquierdas.
Lo coyuntural es el giro a la derecha o hacia la nueva derecha; lo estructural, el voto de castigo a los gobiernos en el poder, que se repite desde 2015. Cada cuatro años, los mapas electorales cambian del rojo al azul y viceversa. Ahora toca el azul, pero hace cuatro años hablábamos de los triunfos de Boric y Pedro Castillo. La razón es que los gobiernos democráticos no están resolviendo los dos grandes problemas de la ciudadanía: la economía, con un crecimiento muy pobre en buena parte de la región, y la inseguridad. Esto lleva a los electores a votar contra los oficialismos. Antes optaban por la oposición tradicional; ahora buscan alternativas fuera del sistema, como Javier Milei en Argentina o Abelardo de la Espriella en Colombia. La duda es si este giro a la derecha se consolidará o será otro ciclo pasajero.
¿Qué papel está desempeñando Donald Trump en las elecciones de Brasil?
Los cambios políticos en América Latina responden fundamentalmente a causas internas, como el desgaste de los partidos tradicionales y de las alternativas de izquierda. Trump también ha tenido un papel importante, aunque no decisivo en todos los casos. Después de las elecciones de medio mandato, probablemente pierda influencia y se convierta en un pato cojo. En Argentina sí fue decisivo al amenazar con retirar el apoyo financiero si Milei no lograba un buen resultado en las legislativas de 2025. En Brasil, sin embargo, pesan más las dinámicas internas.
¿Hasta qué punto puede Brasil acercarse a Estados Unidos sin renunciar a sus vínculos con China?
Varios gobiernos de la nueva derecha se han acercado a Trump y algunos participan en el Escudo de las Américas, pero eso no significa que vayan a romper sus vínculos económicos con China. Es lo que yo llamo mantener las «cuerdas separadas»: una cosa es la alianza política con Estados Unidos y otra, la relación comercial con Pekín. Más del 30% de las exportaciones brasileñas van a China, frente a alrededor del 15% a Estados Unidos. Incluso si Bolsonaro regresara al poder, sería difícil que rompiera esa relación, como ya se vio durante su anterior mandato. En Centroamérica hay más margen para reducir la dependencia de China; en Sudamérica, prescindir de ella es mucho más complicado.





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