La manifestación estaba convocada para iniciar este sábado a las dos de la tarde. Pero desde las diez de la mañana, los choques entre manifestantes y policías estallaban en gas lacrimógeno y contenedores de basura incendiados. Cientos de jóvenes encapuchados y vestidos totalmente de negro – los llamados “black-blocs”- ya estaban lanzando piedras, cajas y muebles a la policía anti-motines. Se sumaban las vitrinas rotas y coches dañados. ¿Las reivindicaciones de la manifestación? Quedaron olvidadas.
En esta jornada de movilización, la convocatoria buscaba unir el descontento de tres sectores cruciales: estudiantes, trabajadores y agricultores, para protestar contra el alto costo de la vida en Francia y pedir mejoras en el sistema de educación secundaria. También reclamar un aumento de salario para hacer frente al alza de 21% en los combustibles, pedir más profesores de reemplazo y mejor infraestructura para los liceos, redefinir las prioridades del gasto público y, en el caso de los trabajadores del campo, exigir indemnizaciones por pérdidas de cosechas y condiciones de competencia justa con las importaciones, especialmente tras el acuerdo de libre comercio de la Unión Europea con Mercosur. Pero todo eso se fue al traste.
En París, Lyon, Niza, Rennes, Lille y otras ciudades, la violencia ahogó todos los reclamos. Reivindicaciones legítimas, ancladas en dificultades muy reales, quedaron relegadas a un segundo plano. En su lugar, lo que dominó la protesta fue una nube de humo, incendios, golpes, vidrios rotos, cañones de agua y daños materiales por doquier. En Marsella, los manifestantes irrumpieron en la sede de la alcaldía para causar destrozos, dejando un símbolo que hiere profundamente a la sociedad francesa: un busto de la Marianne roto y en el suelo. La oficina de turismo de Lyon – un edificio histórico construido en 1852- ardió en llamas. La prefectura de Burdeos fue destruida y el ayuntamiento de Limoges incendiado. La masa de manifestantes rompió todos los vidrios del McDonald’s de la Plaza de la República, pero también de otras tiendas de lentes, electrodomésticos, ropa, joyas y comida. Los saqueos, por supuesto, no faltaron.
Hacia las tres y media de la tarde, y sin que la situación se calmara realmente, la marcha arrancó con timidez y en desorden. Pero no hubo una dirección clara ni una concentración específica, sólo diferentes caminatas que avanzaban por donde podían. LA RAZÓN pudo conversar con varias de las personas que marchaban en protesta. Claire, enfermera de 48 años, estaba un poco asustada: “No vinimos a romper la ciudad, vinimos a pedir un salario justo, una mejora en las condiciones de trabajo y de retiro. Esta violencia no nos favorece.” Cerca de ella, camina un joven liceísta, Liam, de 16 años, que trata de desligarse de la violencia de los black-blocs: “Nuestra protesta es pacífica y creo que destruir la plaza no sirve de nada. Así nadie nos va a escuchar. O quizás sí. Quizás sea el detonante para que los políticos se preocupen y hagan algo concreto. Pero por ahora, no han dado ninguna solución.”
Los cantos y las pancartas siguen pidiendo que bajen los precios de la comida y los combustibles. Que la educación sea atendida y se invierta en mejorar los liceos. Pero estas exigencias quedan sepultadas bajo la brutalidad de los enfrentamientos. La violencia grita más fuerte que las reivindicaciones.
Guerra en la calle, guerra en la política
En primera línea de la marcha, sonriente y enérgico, se encontraba el líder de la extrema izquierda, Jean-Luc Mélenchon, alimentando las acusaciones en su contra, que lo señalan como el gran agitador de las protestas. Antes de incorporarse, Mélenchon lanzó un mensaje en sus redes sociales para defender la legitimidad de la movilización y cuestionar la cobertura informativa de los disturbios: “Mientras las cadenas de información inundan con imágenes de violencia, todo transcurre en calma con miles de personas movilizadas pacíficamente. Dos mundos, dos realidades”.
Mélenchon había pedido a sus seguidores que se interpusieran delante del “salvajismo policial”, aunque luego afirmó que su partido, La Francia Insumisa, defiende métodos de lucha no violentos.
En el otro extremo político, Marine Le Pen, dirigente de Reagrupación Nacional, no ha tenido reparos en acusar a Mélenchon abiertamente: “Las reivindicaciones sociales legítimas han sido una vez más tomadas como rehenes por la extrema izquierda y los discursos de los diputados de Jean-Luc Mélenchon, que buscan precipitar al país en el caos. Protegeremos a los franceses de la violencia de la extrema izquierda” – dijo Le Pen a sólo seis meses de la elección presidencial.
Por su parte, el primer ministro Sébastien Lecornu, envió también un mensaje a Mélenchon: “Hoy, grupos de extrema izquierda han organizado actos violentos en varias ciudades de Francia. A aquellos que claramente quieren convertir estos actos violentos en un «calentamiento» antes de las elecciones presidenciales, se lo digo claramente: no nos dejaremos intimidar. Nadie impondrá su agenda política mediante la violencia.”
Al caer la noche, el ministro del Interior, Laurent Nuñez, hizo un balance de la jornada, anunciando que, hasta ese momento, se habían practicado 400 detenciones, la mayoría de jóvenes mayores de edad. El ministro descartó de plano la posibilidad de decretar el estado de emergencia: «Seguiremos haciendo nuestro trabajo contra la violencia urbana».
Según los organizadores de la protesta, se registraron acciones en 500 puntos en toda Francia, que reunieron a casi 800.000 personas Las expectativas están puestas ahora en una nueva protesta convocada para el 5 de noviembre, un desafío para los manifestantes que deberán lograr que las reivindicaciones regresen al centro de atención y que la violencia no vuelva a imponerse.




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