Lula ha sido reelegido presidente de Brasil. Su victoria no ha dejado de sorprender, si se considera lo ocurrido en la primera vuelta, cuando perdió ante Flavio Bolsonaro: la izquierda tenía -en principio- poco margen para crecer en votos, y el sentimiento de cambio era generalizado. El miedo a la derecha pesó más que la gestión errática del presidente en la economía y, sobre todo, ante el cáncer de la delincuencia, cuya solución la oposición convirtió en su principal oferta.
Lula subió 6,63 puntos y Bolsonaro solo 1,18: una brecha de 5,45. No hubo transferencia de votos en el caso de la derecha, y sí una movilización de nuevos electores hacia el oficialismo. Probablemente, el error del debate final le pasó factura al candidato del PL. Mofarse del presidente por haber perdido un dedo de joven, a causa de un accidente laboral, lo obligó a pedir disculpas, victimizó a su rival y llevó a un segmento de indecisos a ver con desagrado a quien representaba el cambio.
Una sorpresa poselectoral ha sido la decisión del candidato derrotado de "escapar" de Brasil a Estados Unidos, específicamente a la ciudad de Miami, donde reside su hermano, Eduardo. Una vez se supo el resultado, la Policía Federal pidió al Supremo que le retuviera el pasaporte y le prohibiera abandonar el territorio. Después de declarar que se quedaría para encabezar la oposición, Bolsonaro se fugó al exilio con su familia. Cómo lo hizo sigue siendo una incógnita: los agentes federales afirman que no pasó por ningún control migratorio.
Con esta victoria, la izquierda resiste en América Latina. Además de México, otro bastión importante del continente queda en manos de un liderazgo que mantiene cierta distancia de los intereses de la Casa Blanca. Trump afirmó que parecían unas "elecciones fraudulentas", pero horas más tarde reconoció que su relación con Lula es buena: un cálculo pragmático para no deteriorar un vínculo que, en última instancia, solo beneficiaría a China. Y los datos explican por qué. El peso de Estados Unidos en las exportaciones brasileñas cayó del 12,1% al 9,4% en un año —mínimo desde 1997—, mientras el de China subió del 28,9% al 31,5%: el gigante asiático absorbió casi exactamente lo que Washington perdió, 2,6 puntos frente a 2,7. La caída es de fondo: en 2005, los norteamericanos compraban el 19% de lo que vendía Brasil; en 2025, el 11%.
Lula ha demostrado pragmatismo a la hora de tomar partido o distanciarse de los regímenes de Cuba, Nicaragua y Venezuela. Aunque no ha renunciado a cierta retórica antinorteamericana, ha dejado entrever un reconocimiento de la ausencia de democracia en Caracas. Al mismo tiempo, mantiene una relación fluida con Trump, sobre todo para evitar nuevos aranceles y porque sigue abierta la negociación de un pacto comercial que, por ahora, no se ha materializado. Así, en clave geopolítica, vendrán cuatro años de un Brasil desideologizado y de un entendimiento razonable con Washington.



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