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Las treguas que solo obligan a uno

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En septiembre de 1901, en la Feria Estatal de Minnesota, Theodore Roosevelt resumió en una frase la diplomacia de una gran potencia: habla suave y lleva un gran garrote. La Administración Trump ha invertido la fórmula. Habla muy alto, anuncia demasiado y blande el garrote contra quien no debe. Llevo meses señalando estos errores estratégicos. Todos comparten un mismo vicio: el cortoplacismo. Washington no parece entender que lo que hoy le da un respiro electoral es, ya a medio plazo, un desastre para todo Occidente. Estados Unidos incluido.

Anunciar lo que no se va a hacer

Donald Trump prometió en campaña que acabaría con la guerra de Ucrania en veinticuatro horas. Lleva un año y nueve meses en la Casa Blanca, y la guerra sigue. El domingo 11 de octubre anunció en su red social una «tregua energética» con efecto inmediato. Aseguró que ambas partes la habían aceptado. Kiev se enteró por la prensa. Moscú nunca la confirmó. Al día siguiente, el propio presidente admitía que tendría que estudiarlo y hablaba de violaciones «por ambas partes». Una tregua que solo existe en una red social no es una tregua es una absurda quimera. Ronald Reagan, el mejor presidente estadounidense de la segunda mitad del siglo XX, firmó el tratado INF (limitación de armas nucleares de alcance medio) en 1987 con un proverbio ruso: confía, pero verifica. Esta vez no hubo ni lo uno ni lo otro.

Hacer lo contrario de lo que se anuncia

En julio de 2025, Trump dio a Putin cincuenta días para aceptar un alto el fuego bajo amenaza de sanciones demoledoras. Luego redujo el plazo a diez o doce días. El ultimátum terminó en agosto con una alfombra roja en Anchorage. El Kremlin aprendió entonces que los plazos de Trump son líneas en la arena.

Ahora el método ha ido más lejos. El mes pasado, Trump firmó una ley de sanciones contra los bancos rusos y la flota fantasma. El 9 de octubre, tras una llamada con Putin, anunció la compra inmediata de más de 300.000 toneladas de diésel ruso, otras 500.000 en noviembre y un millón más después. Minutos más tarde, el Tesoro levantaba por licencia general las sanciones al diésel ruso hasta abril de 2027. Según fuentes diplomáticas europeas, Moscú aspira además a que se descongelen sus activos inmovilizados.

Firmar con la Rusia de Putin un acuerdo que levanta sanciones, abre la puerta a descongelar activos y convierte su diésel en mercancía estratégica bendecida por Washington es simplemente vomitivo e inaceptable. Es un gravísimo error cuyas consecuencias geopolíticas y geoeconómicas son hoy difícilmente calibrables, pero sin duda serán dramáticas. El senador Richard Blumenthal, coautor de la ley de sanciones, advirtió de que la decisión convierte a Estados Unidos en cómplice de la guerra de Putin. Zelenski vaticinó que Rusia pagaría el diésel con más terror y más perfidia. No tardó en acertar. Ese mismo fin de semana, cinco bombas planeadoras rusas cayeron sobre edificios de viviendas en Zaporiyia.

Un cortoplacismo que también hiere a Estados Unidos

El cálculo es transparente. El diésel se ha encarecido cerca de un 70 % desde que empezó la guerra con Irán, y las elecciones de medio mandato se celebran el 3 de noviembre. Pero el problema no está en Ucrania. Está en Ormuz. Es un sistema de vasos comunicantes: Ormuz encarece el crudo, el crudo caro alivia a Rusia y el alivio de Rusia se convierte en drones contra Ucrania. Culpar a Kiev de la factura del surtidor es equivocarse de culpable.

El precio de este atajo lo pagará el propio Estados Unidos. Primero, porque nadie respetará unas sanciones secundarias que Washington levanta cuando le conviene: ni India, ni Turquía, ni los navieros de la flota fantasma. Segundo, porque Taipéi, Tokio y Seúl toman nota de cómo trata Washington a un aliado en apuros. Tercero, porque Pekín lee lo mismo y concluye que la paciencia estratégica rinde. Cuarto, porque cada tonelada de diésel vendida es divisa para reconstruir el ejército que amenaza a la OTAN. Un respiro de tres semanas en el surtidor volatiliza décadas de disuasión creible.

Abandonar al aliado frente al enemigo declarado

Rusia es enemiga de Occidente porque así lo ha decidido ella misma, y lo ha puesto por escrito. Su Concepto de Política Exterior de marzo de 2023 presenta a Estados Unidos como el principal inspirador y ejecutor de la política antirrusa del «Occidente colectivo». Es doctrina oficial del Kremlin.

Frente a ese enemigo, Washington presiona al aliado y no al agresor. Según Axios, los enviados Steve Witkoff y Jared Kushner amenazaron con cortar el intercambio de inteligencia si Ucrania seguía atacando refinerías rusas. The Washington Post añadió que la advertencia llegó a la embajada ucraniana el 12 de octubre. Esa misma noche, Kiev sufrió un ataque con misiles balísticos y no pudo prepararse sin la inteligencia que venía recibiendo hasta ese momento. Días después, SpaceX limitó la conexión de los terminales Starshield (la versión militar de Starlink) ucranianos en movimiento. Un aliado que duda de si recibirá la alerta a tiempo combate a ciegas.

Ucrania ya sabe lo que valen ciertas garantías. En 1994 entregó el tercer arsenal nuclear del mundo a cambio del Memorándum de Budapest. Estados Unidos, el Reino Unido y Rusia prometieron respetar su integridad territorial. Uno de los tres la invadió. La vergonzosa huida de Kabul en agosto de 2021, recordó lo que espera a quien confía en Washington cuando Washington se cansa.

El crimen de guerra que se quiere ignorar

No se puede exigir a Ucrania que deje de atacar objetivos energéticos estratégicos rusos mientras la Rusia de Putin no deja de atacar objetivos energéticos civiles ucranianos. Lo segundo es un crimen de guerra. No lo digo yo. Lo dice la Corte Penal Internacional. En marzo de 2024 dictó órdenes de detención contra el general Serguéi Kobylash y el almirante Víktor Sokolov por los ataques con misiles contra la red eléctrica ucraniana entre octubre de 2022 y marzo de 2023. En junio de 2024 hizo lo mismo con el exministro de Defensa Serguéi Shoigú y el jefe del Estado Mayor, Valeri Guerásimov. Los cargos: ataques dirigidos contra bienes civiles, daños excesivos a la población civil y el crimen de lesa humanidad de actos inhumanos.

Los casos se acumulan. El 10 de octubre de 2022 comenzó la gran campaña contra la red ucraniana para dejar a millones de personas sin luz ni calefacción en invierno. El 22 de marzo de 2024, Rusia golpeó la presa y central hidroeléctrica del Dniéper y destruyó la central térmica número 5 de Járkov. El 11 de abril de 2024 arrasó por completo la central de Trypilia, la mayor que abastecía a la región de Kiev. El día de Navidad de 2024 lanzó otro ataque masivo contra el sistema energético. En marzo de 2025, Putin aceptó una pausa de treinta días tras hablar con Trump. A mediados de abril, Kiev había contabilizado más de treinta violaciones rusas. En septiembre de este año, el "Financial Times" informó de que Putin rechazaba cualquier tregua energética antes del invierno, porque el frío en los hogares presiona a Kiev más que cualquier negociación.

Octubre lo ha confirmado. La misma tarde del anuncio de Trump, la misma central número 5 de Járkov fue alcanzada al menos dos veces. Al día siguiente, Zelenski contabilizó seis instalaciones energéticas atacadas. Después llegó el gran ataque: al menos nueve muertos, dos centrales de calefacción colectiva y electricidad de Kiev alcanzadas y más de medio millón de personas sin luz. Ucrania, mientras tanto, cumplió. Suspendió durante varios días sus ataques contra refinerías rusas. El 15 de octubre dio por terminada una tregua que solo respetaba una de las partes. Trump calificó la reanudación de «vergüenza». No dedicó un calificativo equivalente a las centrales de Járkov y de Kiev. Según The New York Times, la Administración entiende además que la tregua solo cubre las refinerías. Ucrania no tiene ninguna operativa. Sería una tregua que solo protege al agresor.

No hay simetría moral posible. Una refinería rusa produce el combustible de los carros que invaden Ucrania y los ingresos que pagan la guerra. Es un objetivo estratégico de la maquinaria de un invasor. Una central térmica de Kiev da calefacción a una anciana en un bloque de viviendas en pleno invierno. Atacarla es castigo colectivo contra una población civil. Confundir ambas cosas no es equidistancia es complicidad repugnante. George Kennan lo explicó en su Telegrama Largo de febrero de 1946: el poder soviético era impermeable a la lógica de la razón y muy sensible a la lógica de la fuerza. El Kremlin de Putin es su heredero directo. Pedir contención a quien se defiende y comprar diésel a quien ataca es invertir la lección de Kennan.

El sistema responde

El sistema estadounidense funciona, como he defendido siempre. Siete senadores de ambos partidos, entre ellos los republicanos Susan Collins, Thom Tillis, Lisa Murkowski y John Curtis, exigen revocar el acuerdo del diésel. El congresista republicano Brian Fitzpatrick prepara una votación para bloquearlo. Confío en que esas voces, y la diplomacia profesional que encarna Marco Rubio, terminen por imponerse a la improvisación.

Europa también ha reaccionado, por una vez con hechos. El Consejo de Asuntos Exteriores de la Unión Europea ha aprobado el mayor paquete de sanciones de su historia: 1.569 personas y entidades del complejo militar-industrial ruso. Pero no basta. La Unión no puede ofrecer hoy a Ucrania una alternativa militar a Starlink, e IRIS² no estará plenamente operativo hasta 2030. Mientras Europa no se tome en serio su propia defensa, seguirá dependiendo del humor de un solo despacho.

Winston Churchill lo advirtió por radio en enero de 1940, cuando media Europa creía aún poder comprar la paz: cada neutral esperaba que, si alimentaba lo suficiente al cocodrilo, este se lo comería el último. Ucrania no es el cocodrilo ni su alimento. Es el dique que nos separa de él. Una gran potencia no anuncia lo que no va a hacer. No hace lo contrario de lo que anuncia. No castiga al aliado que resiste ni premia al agresor que comete crímenes de guerra. Cuando lo hace, no gana la paz. Gana el Kremlin.

*Gustavo de Arístegui es diplomático y fue embajador en India, Bután, Maldivas, Nepal y SriLanka (2012-2016) gustvodearistegui.substack.com

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