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La renuncia de Santiago Peña en Paraguay deja un reto para la estrategia de Trump, que deberá fortalecerse más allá de los gobiernos de turno.
EDITORA DE INTERNACIONAL05.11.2026 21:45 Actualizado: 05.11.2026 21:47
La renuncia de Santiago Peña a la presidencia de Paraguay representa un nuevo reto para la red de gobiernos aliados que Donald Trump busca consolidar en América Latina.
Peña ha convertido a Paraguay en uno de los socios regionales más cercanos de Washington: participó en el Escudo de las Américas, la coalición de seguridad impulsada por Trump contra el crimen organizado, y respaldó su agenda sobre Venezuela, Cuba y Nicaragua.
Su inminente caída se produce, además, en un momento adverso para el proyecto continental del republicano. La reelección de Luiz Inácio Lula da Silva mantuvo a Brasil como contrapeso frente a Washington, mientras que el triunfo demócrata en el Congreso redujo el margen interno de Trump para impulsar su agenda.
El golpe tiene especial peso porque Paraguay no es un socio marginal. Peña respaldó la arquitectura de seguridad promovida por Trump, por lo que ahora Washington tendría que reconstruir esa interlocución con quien herede el poder, en momentos en que el bloque enfrenta dudas sobre su continuidad más allá de las afinidades entre mandatarios.
Trump conserva una amplia red de gobiernos afines en la región, entre ellos los de Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador, Daniel Noboa en Ecuador, Abelardo De La Espriella en Colombia, José Antonio Kast en Chile, Nasry Asfura en Honduras y Rodrigo Paz en Bolivia. En contraste, Lula da Silva mantiene a Brasil como el principal contrapeso político y diplomático, mientras México y Uruguay sostienen relaciones más pragmáticas y autónomas con Washington, y Cuba y Nicaragua continúan siendo sus principales adversarios.
Asimismo, la Casa Blanca mantiene herramientas económicas, militares y diplomáticas, mientras que varios gobiernos latinoamericanos conservan una agenda común en materia de seguridad y lucha contra el narcotráfico. Sin embargo, la crisis paraguaya refuerza la necesidad de construir acuerdos institucionales que puedan sobrevivir a la caída de una figura presidencial o a un cambio de mayorías en Washington.
Y si bien la posible salida de Peña no significaría que Paraguay abandone esa orientación, en tanto el vicepresidente Pedro Alliana, del gobernante Partido Colorado, está llamado a completar el periodo hasta 2028 y pertenece al mismo espacio político, el episodio sí debilita la imagen de estabilidad de uno de los socios de Trump y muestra el límite de las alianzas basadas en afinidades presidenciales. “Se va Peña, pero queda el mismo grupo”, dijo el senador Rafael Filizzola, mientras que su colega Éver Villalba afirmó que “el cartismo nunca se fue”.



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