La provincia de Alberta celebra este lunes un referéndum no vinculante en el que preguntará a los ciudadanos si desean seguir formando parte de Canadá. La consulta no deriva directamente en la independencia, pero sí decidirá si la rica región petrolera (que alberga el 80% de las reservas de crudo del país y las cuartas más grandes del mundo) inicia el proceso legal hacia un futuro referéndum sobre la separación.
El plebiscito pone a prueba la unidad nacional en un momento especialmente delicado, con el país inmerso en una guerra arancelaria con su vecino (EE UU) y con el presidente Donald Trump insistiendo en convertir a Canadá en el estado número 51. De ahí la gran preocupación para el primer ministro canadiense, Mark Carney, quien ha hecho un llamamiento a la unidad en la que es, además, la provincia que le vio crecer. "Vota como si el futuro de Canadá dependiera de ello, porque así es", dijo Carney el viernes en un mitin pro-Canadá en Edmonton, la capital provincial. Previamente, ya reconoció que la votación, amparada en la Constitución nacional, "llega en el peor momento posible".
Durante su gira el fin de semana, Carney instó a los albertanos a no utilizar la votación para enviar un mensaje de descontento a Ottawa. "No te dejes engañar por la idea de que puedes 'enviar un mensaje' con tu voto", dijo en una de sus comparecencias. "Esto no es póker. Un voto en contra de Canadá es un farol peligroso que conducirá a años de profunda división y gran incertidumbre", señaló, recordando también lo sucedido en Reino Unido con el brexit. No hablaba desde el desconocimiento.
La herida petrolera
En los últimos años, los habitantes de la región se han enfrentado a los distintos Gobiernos liberales especialmente por temas energéticos, su principal medio de vida. El origen de este choque viene de 1980, cuando en plena crisis energética global, el entonces primer ministro Pierre Trudeau (padre de Justin Trudeau) obligó a Alberta a vender su petróleo más barato dentro de Canadá para beneficiar a las provincias del este. Para Alberta fue un jarro de agua fría: sintió que Ottawa le estaba "robando" su riqueza, según recoge la cadena CBC. La medida arruinó a muchas empresas locales, provocó miles de despidos y dejó una herida política que aún no ha acabado de cerrar.
Carney, en cambio, en poco más de un año y medio que lleva en el poder, ha tratado de tender puentes con el sector petrolero. No sólo ha dado marcha atrás en varias regulaciones insignia de la era de su predecesor, Justin Trudeau, orientadas a gravar las emisioens de carbono del sector en el marco de la lucha contra el cambio climático. También ha aprobado la construcción de un nuevo oleoducto de 1.100 kilómetros, con capacidad para transportar un millón de barriles diarios, que permitiría llevar el petróleo de Alberta hasta Asia. Una iniciativa que busca, principalmente, reducir la dependencia del mercado estadounidense, pero que a ojos de los albertanos supone un giro poco habitual en la postura de un dirigente del Partido Liberal.
Una independencia poco popular
Lo cierto es que las encuestas muestran que solo un 22% de la población apoya la separación de la región del país. Un 60% la rechaza, según otra encuesta. Pero la primera ministra conservadora de Alberta, Danielle Smith, asegura que quiere que la provincia permanezca en Canadá, pero que convocó el referéndum para zanjar una cuestión divisiva. No obstante, si la mayoría vota a favor de separarse, Smith se ha comprometido a seguir adelante con un referéndum vinculante.
Más de 1,35 millones de albertanos, o el 43% de los votantes elegibles, emitieron votos anticipados o especiales antes del referéndum, superando con creces a los 810.000 que votaron anticipadamente en las elecciones provinciales de 2023, recoge Afp.





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