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La defensa española no puede depender de las urnas

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España vuelve a elecciones y, con ellas, regresa una pregunta que nuestra industria de defensa conoce demasiado bien: ¿qué hacemos ahora? ¿Seguimos contratando, invirtiendo, cerrando operaciones y tomando decisiones estratégicas que comprometen cientos o miles de millones de euros durante los próximos diez o veinte años, o esperamos a saber quién gobernará España y cuáles serán sus nuevas prioridades?El problema no es quién gane las elecciones, sino que una industria esencial para la seguridad nacional , que trabaja con horizontes de veinte, treinta o incluso cuarenta años, pueda quedar condicionada constantemente por ciclos políticos de cuatro.

Cada cambio de Gobierno puede traer nuevos criterios, nuevas personas, nuevas prioridades y, en ocasiones, nuevos proyectos. Y mientras todo eso se redefine, las empresas frenan, los inversores esperan y las Fuerzas Armadas siguen necesitando capacidades que no entienden de calendarios electorales.Hoy el mejor ejemplo es Indra .

En apenas unos meses, la compañía ha experimentado una transformación profunda de su cúpula. Ángel Simón fue nombrado presidente no ejecutivo y Josep Maria Recasens asumió como consejero delegado, al tiempo que se acometía una importante reorganización del comité de dirección, con salidas de altos responsables, nuevas áreas y una integración más clara de defensa y espacio.

Es decir, Indra no está simplemente ejecutando un plan estratégico, sino construyendo una nueva estructura para definir su futuro.Y ahí surge la gran pregunta: ¿para cuánto tiempo? Si llega un nuevo Gobierno y decide, como es lógico dentro de sus competencias, imprimir otra dirección a una compañía en la que el Estado, a través de la SEPI, tiene una participación determinante, ¿volveremos a cambiar al presidente, al consejo o a parte del equipo directivo?

¿Se revisarán las prioridades industriales, las alianzas internacionales, las adquisiciones o incluso los programas en marcha? El problema no es que un Gobierno quiera poner a personas de su confianza, sino que una empresa estratégica pueda verse obligada a rehacer su rumbo cada vez que cambia el poder político.Indra es hoy una de las piezas fundamentales de la arquitectura industrial de defensa española .

Está presente en programas terrestres, radares, guerra electrónica, mando y control, espacio, ciberseguridad, comunicaciones y grandes proyectos europeos, y lleva años realizando movimientos corporativos orientados a convertirse en un gran actor español y europeo de defensa y tecnología.

Pero ¿qué valor tiene un plan estratégico a cinco o diez años si la estructura que debe ejecutarlo puede cambiar radicalmente después de unas elecciones?Telefónica plantea una cuestión parecida. Marc Murtra es hoy su presidente ejecutivo y Emilio Gayo su consejero delegado, tras una amplia remodelación del equipo directivo y con la SEPI como accionista relevante.

Hablamos de una compañía clave para las telecomunicaciones, la ciberseguridad, las infraestructuras digitales y la soberanía tecnológica española. Si cambia el Gobierno, ¿volverá a replantearse también su estructura, su estrategia o su relación con el Estado?Navantia es otro caso esencial.

Ricardo Domínguez García-Baquero preside una empresa pública sobre la que descansan programas estratégicos para la Armada, como las fragatas F-110, los submarinos S-80 y numerosos proyectos de construcción naval militar y exportación. También aquí un cambio de rumbo político puede modificar prioridades, inversiones, alianzas industriales o programas futuros.

Y cada una de esas decisiones tiene una incidencia directa sobre el tejido industrial nacional.Una fábrica no se construye en una legislatura, un radar no se desarrolla en cuatro años, un vehículo de combate no se diseña, certifica, produce y exporta en un solo mandato, y una fragata tampoco.

Lo mismo ocurre con un satélite, un sistema de guerra electrónica, una red de mando y control o un avión de combate. Son programas que exigen continuidad, financiación, estabilidad institucional y una visión a largo plazo.Mientras la política decide, además, esperan los tres Ejércitos .

El Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire y del Espacio necesitan vehículos, radares, municiones, comunicaciones seguras, drones, satélites, capacidades espaciales, sistemas de mando y control y defensa antiaérea. Cada retraso tiene consecuencias muy concretas: ingenieros que no se contratan, fábricas que no se amplían, proveedores que no invierten, pymes que no crecen, tecnologías españolas que no maduran y oportunidades de exportación que se pierden.España atraviesa además una oportunidad industrial extraordinaria.

Europa está incrementando de manera sustancial su inversión en defensa y numerosos países buscan proveedores, sistemas y socios tecnológicos. Nuestras empresas tienen capacidades para competir, pero la competencia internacional no espera. Mientras España redefine estrategias, otros países siguen vendiendo, cerrando contratos, creando alianzas y ocupando mercados.Después de las elecciones volverán también algunas preguntas que España lleva demasiado tiempo aplazando.

¿Compraremos finalmente el F-35? La decisión afectará directamente al futuro de la aviación embarcada de la Armada y al reemplazo del Harrier en el Juan Carlos I, pero también tendrá implicaciones industriales, militares y estratégicas muy relevantes. ¿Qué relación industrial y tecnológica mantendremos con Estados Unidos?

¿Y con Israel? ¿Se mantendrán las actuales restricciones sobre determinados sistemas y tecnologías israelíes o un nuevo Gobierno revisará esa política?Y habrá muchas más cuestiones sobre la mesa: qué tecnologías queremos que sean 100% españolas, qué empresas queremos convertir en grandes actores europeos, dónde debe invertir el Estado , qué adquisiciones y fusiones tienen sentido, qué capacidades deben desarrollarse de forma soberana y cuáles pueden comprarse fuera, o qué relación industrial queremos mantener con Francia, Alemania, Reino Unido, Estados Unidos, Israel, Turquía o Corea del Sur.Todas esas decisiones son legítimamente políticas, pero precisamente por eso deberían formar parte de una verdadera política de Estado.

Ángel Simón, Josep Maria Recasens, Marc Murtra, Emilio Gayo o Ricardo Domínguez son hoy algunos de los responsables de empresas estratégicas para España; dentro de unos años podrán ser otros, y eso es perfectamente normal. Lo que no debería ser normal es que con cada cambio de nombres tengamos que volver a discutir desde cero hacia dónde queremos llevar nuestra industria.España necesita decidir qué capacidades industriales considera estratégicas y mantener esa decisión durante décadas, gobierne quien gobierne.

Los presidentes cambian, los ministros cambian, los consejos cambian y los directores generales cambian, pero un submarino, una fragata, un blindado, un radar o un avión de combate permanecerán en servicio durante treinta o cuarenta años.Nuestra defensa necesita estabilidad, nuestra industria necesita previsibilidad y nuestras Fuerzas Armadas necesitan saber que los programas que comienzan hoy no volverán a ponerse en cuestión cada vez que los españoles acudan a las urnas.

Porque en defensa detenerse seis meses no significa necesariamente perder seis meses; a veces significa perder un contrato, una tecnología, una capacidad industrial, un mercado exterior o una oportunidad que no vuelve.Quizá esa sea una de las grandes asignaturas pendientes de España: conseguir que cambie el Gobierno sin que nuestra política industrial de defensa tenga que volver siempre a la casilla de salida.Enrique Pascual González-Babé CEO Indie

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