El Perú no debería confundir una economía que sigue avanzando con una que ha resuelto sus obstáculos para despegar. La semana pasada, el INEI informó que el PBI creció 3,23% en agosto, impulsado por la construcción y el comercio, mientras que la minería y la pesca retrocedieron. El resultado confirma que avanzamos, pero también recuerda que ese avance no es uniforme ni está asegurado.
¿Qué se espera para el cierre del 2026? Las proyecciones de las autoridades y los agentes económicos son diferentes, aunque la mayoría coincide en una base de 3%. El riesgo: el impacto del FEN en la economía y en los presupuestos familiares.
La incertidumbre climática modifica las decisiones de consumo. Los hogares con margen para ahorrar podrían postergar compras y reservar recursos para enfrentar la emergencia. Para las familias que sufran daños, recuperar una vivienda o reponer sus bienes supondrá desplazar otros gastos. El golpe, por tanto, no se limita al momento de las lluvias; se prolongará durante la recuperación, hasta junio.
El desafío para el MEF es doble: mitigar los efectos del choque sin relegar las reformas necesarias para ampliar la capacidad productiva, facilitar la ejecución de proyectos y elevar la productividad. La inversión privada mantiene su dinamismo. La pregunta es cómo convertir ese impulso en un proceso sostenido, que incorpore nuevos proyectos.
El contexto internacional tampoco invita a la complacencia. El FMI elevó ligeramente su previsión de crecimiento mundial para el 2026 a 3,1%, todavía por debajo del 3,5% registrado el 2025. El mundo continúa creciendo, pero ese avance no ofrece garantías sobre el desempeño del Perú.
El debate, entonces, no debería agotarse en si cerraremos unas décimas arriba o abajo. La discusión de fondo es qué estamos haciendo para crecer más y sostener ese ritmo en el tiempo. El verdadero despegue no se medirá por un resultado favorable al cierre del año. Debemos tener la capacidad de ampliar las oportunidades más allá del siguiente trimestre.





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