Una noticia chocante, muy propia de nuestro tiempo, fue muy comentada en las pausas para el café o los canapés del foro CREO, que organizó esta semana Cinco Días en Madrid. Los autores de un ciberataque contra varias cadenas de supermercados de Francia accedieron al control remoto de la temperatura en los sistemas de refrigeración de las tiendas, los colocaron a 50 grados y echaron a perder una gran cantidad de alimentos frescos y congelados. El incidente nos pone ante todos nuestros fantasmas de este siglo XXI: la vulnerabilidad tecnológica de nuestro modo de vida, las guerras híbridas de enemigos conocidos o desconocidos, la ciberdelincuencia rearmada con la inteligencia artificial.
No era, claro que no, el único tema de conversación en un foro marcado por la convocatoria electoral, y por el que desfilaron grandes empresarios junto a siete miembros del Gobierno, un representante del PP y responsables de las instituciones económicas. El hotel Palace queda cerca de la acampada de la Puerta del Sol, y por sus mismas puertas pasaba esa marea verde de profesores movilizados (se acercó a saludarlos Yolanda Díaz). En los pasillos se hablaba mucho de pensiones, porque la oposición había dado un resbalón diciendo que el sistema “va a petar”; se comentaba el extraño movimiento de Gabriel Rufián, que se alía con Podemos contra el Frente Amplio y los Comunes tras ofrecerse a liderarlos a todos; se hablaba de la visita de los Reyes a Ceuta y Melilla y de la incursión de buques marroquíes en sus aguas; se hablaba de encuestas, de la muy sorprendente del CIS y de todas las demás que son más favorables a las derechas. Pero los ejecutivos de grandes empresas, de distintos sectores, habían prestado atención a ese extraño ciberataque contra los supermercados en Francia, preocupados como están por reforzar sus sistemas de seguridad antes de que nuevos modelos de IA, y a medio plazo la computación cuántica, les pillen con las defensas bajas.
La preocupación ayuda a prepararse para el futuro, mientras el catastrofismo es paralizante. En Francia se estropearon los yogures y los filetes, y eso no solo inquieta al que vende yogures y filetes. La velocidad con la que aparecen riesgos en el horizonte a lomos de nuevas tecnologías ha generado un clima de ansiedad que parece exceder los peligros inmediatos. Se lleva mucho profetizar el apocalipsis de la IA, con una peculiaridad: que son los propios empresarios de ese negocio (Dario Amodei, Sam Altman, Elon Musk) los que ponen por escrito en sus mensajes y documentos oficiales el riesgo de extinción humana.
Las mentes más lúcidas no se tragan la fantasía de que los robots pensantes vayan a exterminarnos. Creen que se trata de desviar el debate lejos de lo que debe ocuparnos en el presente: quién acumula qué datos y para qué, cómo reducimos el impacto ambiental y energético de los centros de procesamiento, cómo evitamos sus sesgos, quién responde de los daños que causen en la sociedad sus sistemas. En definitiva, cómo se regula la IA que ya tenemos aquí para poner coto a los abusos que ya sabemos. Ni siquiera el anunciado apocalipsis laboral, la destrucción de millones de empleos, un riesgo más creíble que la extinción humana, se hace realidad de momento.
Entre los asistentes a CREO causó impacto la conferencia que pronunció, en la cena del miércoles, la filósofa hispanomexicana Carissa Véliz, profesora de la Universidad de Oxford y autora de libros como Profecía, recién publicado por Debate. Véliz, una de las pensadoras más influyentes sobre la era digital, dice estar cansada de alertas sobre la IA: ella tiene un punto de vista menos dramático, que trata de rebajar la fascinación que sentimos por las máquinas que dialogan con nosotros. En el fondo del fenómeno está lo mismo que hacía a nuestros antepasados consultar el oráculo o leer las tripas de un ave: el temor a la incertidumbre.
Los sistemas de aprendizaje automático, explica Véliz, no hacen más que analizar millones de datos (demasiados, muchos más de los que son útiles) para realizar predicciones. El problema está en que tomemos esas predicciones por certezas: entonces, por ejemplo, se niega un crédito o se descarta a un candidato a un empleo porque lo ha decidido un sistema de IA. El que pedía el préstamo o el puesto de trabajo será excluido por la máquina, y la predicción (que ese individuo no es fiable, no es solvente, no merece una oportunidad) se convertirá en realidad precisamente porque se emitió ese juicio. Esas predicciones son falacias, y pueden llevar a injusticias: “El futuro no se predice, se produce”, asegura Véliz.
Con la audiencia a sus pies, la filósofa realizó un encendido elogio de la incertidumbre. La democracia no funciona porque sepamos qué ocurrirá, sino porque aceptamos que no lo sabemos; de lo contrario, no haría falta votar. “La IA presenta las predicciones como hechos, pero la democracia necesita incertidumbre para ser libre”. En vez de creer tanto en la predicción, debemos hacerlo en la preparación. Los ingenieros de un avión no necesitan saber si un ganso va a entrar en el motor: diseñan sus motores a prueba de gansos. Véliz dice que tanto estudiar la IA le ha hecho valorar más lo que no es IA. Al final y al cabo, hemos sido analógicos durante miles de años. “Y somos malísimos prediciendo”, concluyó.
El foro CREO combate el catastrofismo ya desde su nombre, que invita a la fe en el futuro. Es el acrónimo de Crecimiento, Responsabilidad, Excelencia y Oportunidad, y juega a conjugar dos verbos: creer y crear. El mundo actual está repleto de incertidumbres, pero nuestro destino no está escrito. Las empresas tecnológicas presentes en el foro se empeñaron en rebatir los discursos más oscuros. “La inteligencia artificial aumenta las capacidades humanas, no las reemplaza”, dijo Miguel Escassi, de Google. Miguel Ángel Turrado, de HP SCDS, atribuye los terribles mensajes de los creadores de la IA a la necesidad de justificar sus enormes inversiones, pero al mismo tiempo no espera que estalle ninguna burbuja: “Quizás solo en algunas empresas”. La presidenta de Accenture en España, Mercedes Oblanca, habló de cómo las empresas tienen que orientar la IA a propósitos específicos y nos calmó sobre el fin del empleo: “Menos del 10% de las grandes compañías a nivel global están realmente replanteándose roles y formas de trabajar”. Y Víctor López-Barrantes, director general de NTT Data, no solo quitó dramatismo al discurso sobre la IA, sino que quiso mostrar entusiasmo: trabajar en ella le hace sentirse “como un artista en el Renacimiento”.
El optimismo que hace falta reivindicar no pasa por obviar los riesgos, sino por considerarlos en su justa medida. Dos grandes referencias explicaron el contexto económico: pasaron por CREO los directores generales de Economía del Banco Central Europeo, Óscar Arce, y del Banco de España, David López Salido. Este último advirtió de que el país encara una inflación “volátil, elevada y persistente”, que las condiciones financieras van a cambiar a peor. Y que la vivienda es un reto “trascendental” para la economía, que requiere agilizar la construcción y “estabilidad normativa”. Pareció deslizar sus reservas a las medidas aprobadas por el Gobierno cuando señaló que proteger a los insiders, los que ya tienen acceso a un techo, provoca un efecto en los outsiders, los que no entran en el mercado. Una “dualidad irresoluble” entre inquilinos actuales y aspirantes a serlo.
Arce se felicitó de que la economía haya resistido un nuevo shock energético sin detenerse. Lo atribuyó a que somos menos dependientes del petróleo, gracias a la transición energética y a las mejoras de eficiencia. También a que pesan más los servicios en la economía, a las inversiones que ha movilizado la IA y a que los Estados han hecho un esfuerzo en dar ayudas a los consumidores. Pero Arce (en eso coincidió con López Salido y con la presidenta de Airef, Inés Olóndriz) advierte que el margen fiscal va siendo cada vez más estrecho. Y el director general del BCE señaló algunas reformas urgentes para Europa: una es la anunciada pero nunca completada unión de los mercados de capitales; la otra es el impulso a un verdadero mercado energético común por el que fluyan las energías renovables de un país a otro. Eso interesa mucho a España, que sufre la falta de interconexiones con Francia para exportar lo que obtiene de su sol y su viento.
Las voces empresariales dejaron la idea de que podemos creer en el futuro cuando, en un presente tan complicado, las cosas no les van nada mal. El pesimismo es un estado de ánimo comprensible en este convulso siglo XXI que empezó con el impacto del 11-S. Cada generación ha tenido sus pesadillas apocalípticas: la posterior a la II Guerra Mundial temía un ataque nuclear, y tenía motivos (ese temor casi ha desaparecido, aunque Vladímir Putin nos lo recuerda con cierta frecuencia). Los primeros años de este siglo se abonaron al miedo al terrorismo a gran escala; los más jóvenes levantaron luego la bandera del desastre climático; nos alcanzó la pandemia. “Antes teníamos crisis cada 10 años, pero ahora cada dos”, comentaba en el foro Mario Ruiz-Tagle, consejero delegado de Iberdrola España.
Pero las empresas, las españolas y las globales, se han hecho a la incertidumbre: siguen creciendo, invirtiendo, expandiendo mercados, contratando personal. Se llama resiliencia. La economía se ha robustecido hasta ser capaz de soportar una pandemia, las guerras de Ucrania y Oriente Próximo, el caos geopolítico y comercial desatado por Trump, los colapsos logísticos, el repunte de la inflación y la subida de tipos. La incertidumbre no debe paralizarnos: ser conscientes de ella nos hace mejores. La abrazamos para prepararnos bien para lo que venga. Óscar Arce lo sentenció así: “Siempre habrá una siguiente perturbación”.
Este texto forma parte del boletín semanal La selección del director de Cinco Días, con el análisis de Ricardo de Querol y enlaces a las mejores historias económicas. Cada viernes en su buzón. Puede apuntarse aquí.






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