El plan de partido del técnico portugués en el Clásico y la personalidad de sus jugadores desnaturalizaron al Barça y dieron pie al mejor Madrid del curso. Tener un centrocampista más es clave.
Nada es casualidad en el fútbol. El paso convincente del Real Madrid por el Clásico fue fruto de un planteamiento de Mourinho que alteró todos los pronósticos. La titularidad de Bernardo Silva se encargó de desmentir ciertos juicios equivocados sobre su competencia en partidos de entidad y resaltó la conveniencia de jugar con un centrocampista más en lugar de otro delantero. No hay mal que por bien no venga y el sufrimiento creativo ante la Roma, unido a la sanción de Vinicius, movió a Mourinho a atreverse con una apuesta distinta en la medular que resultó acertada. El equilibrio estaba en contar con un centrocampista más de buen pie.
El Madrid se desempeñó con aplomo y solvencia ante un Barça sacudido por el caos. Rodri, Pedri y Fermín aceleraron en exceso y el equipo de Flick tuvo una iniciativa ficticia. El Barça necesita atacar bien para defender bien, y no lo hizo contra el Madrid. No asaltó la profundidad, cuidó mal la pelota y no se juntó como bloque. En ese sentido, la táctica de Mourinho de emparejar a Bellingham con Rodri, a Bernardo con Pedri y a Tchouameni con Fermín fue un éxito. Bajo ese 4-1-4-1 (o 4-4-1-1), el Madrid protegió el carril central, se impuso en los duelos (54%) y desencadenó las equivocaciones poco frecuentes de Rodri y Pedri (13 balones perdidos cada uno). Al Barça tampoco le arregló el regate, con apenas un 31% de efectividad en este aspecto. Las ayudas constantes entre los jugadores del Madrid resultaron determinantes.
Por su parte, Mourinho también sabía cómo descubrir las costuras de su rival. A diferencia de otros partidos, el Madrid trabajó su salida de balón atrayendo al Barça y rompiendo su precaria presión con cambios de orientación al lado débil. Procuró iniciar por el perfil derecho para después girar el juego hacia el otro costado, donde Lamine nunca siguió a Cucurella. Estaba diseñado en la pizarra y funcionó. El Madrid firmó el 45% de sus toques por esa banda. Por dentro, Bellingham siempre dio continuidad, Bernardo pesó lo suficiente y Güler amplió su zona de influencia, más tendido hacia la derecha. Mourinho sabía lo que hacía y el Madrid registró más del 85% de precisión en los pases en la fase de construcción.
El mejor Madrid del curso también se sustentó en rendimientos individuales mayúsculos. Mourinho trazó el plan y sus jugadores lo interpretaron a la perfección. A nivel defensivo, el bloque medio-bajo del técnico portugués no concedió demasiadas facilidades al Barça, salvo en algunas pérdidas evitables. La custodia del área de Konaté y Huijsen, con un Tchouameni notable en la recuperación (11 robos), impresionó, aunque no tanto como la rigurosa vigilancia de Cucurella sobre Lamine. El lateral izquierdo se doctoró y confirmó lo adecuado de su fichaje. Siempre cerca de la estrella del Barça, sin vencerse en los duelos.
En la fase de posesión, el Madrid también tuvo en cuenta la fragilidad del equipo de Flick cuando no roba en esa primera presión tras pérdida. Mourinho quiso que sus jugadores asumieran riesgos en la construcción y fueran atrevidos. Una norma que sentó de cine al Madrid y le permitió poner en solfa a la zaga adelantada del Barça. Los desmarques de segunda línea, como los de Bellingham o Camavinga, eran una táctica elaborada por Mourinho, que provocó severos desajustes en la estructura blaugrana. Cubarsí y Gerard Martín afrontaron situaciones de anticipación de máximo riesgo, con la espalda descubierta. Asimismo, los desdoblamientos de Diomande (25 carreras y cuatro regates), Bellingham o Güler afilaron los ataques blancos. Fue una victoria de equipo, apadrinada por Mbappé, pero también de nombres propios.
Fue un Clásico que alumbró el potencial del Real Madrid. Contra un Barça más impreciso y terrenal que de costumbre, todo hay que decirlo, el equipo de Mourinho se manejó con inteligencia táctica, solidez y convicción. Nunca se vio inferior a su rival y trató de llevar el encuentro a lo que le interesaba, con un ritmo altísimo. El Barça quedó fuera de control y se jugó más a lo que quiso el Madrid. Los goles de Mbappé pusieron la rúbrica a una superioridad que se plasmó de diferente manera: de una jugada coral y elaborada, de 20 toques y con participación de todos los futbolistas, a una transición explosiva de cuatro pases para tumbar al Barcelona y agitar LaLiga. El relato siempre puede cambiar de bando. Nada está escrito.





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