En 2019, las obras de ampliación de un colegio en Tudela (Navarra) destaparon la existencia de un cementerio medieval. Gracias a que las obras se pararon y a que avisaron a un equipo arqueológico, se pudieron identificar más de 400 tumbas, y averiguar —por la posición de los rostros y de los cuerpos— que se trataba de una de las mayores necrópolis musulmanas de la España cristiana, entre los siglos XI y XIV. Ahora, el análisis de los compuestos químicos acumulados en los huesos ha permitido hacer el mayor estudio en su clase sobre una minoría en la España medieval: los musulmanes de Tudela, que componían la mayor morería de Navarra y una de las mayores del norte de España.
Cuando los cristianos reconquistaron Tudela en 1119, impusieron un pacto de rendición a los musulmanes. Este les obligaba a marcharse antes de un año. Si se querían quedar, tenían que mudarse fuera de las murallas. Las clases menos favorecidas lo tenían mucho más complicado para abandonar la ciudad, así que muchos se quedaron, convirtiéndose en lo que siglos después se denominó mudéjares.
El nuevo estudio recupera parte de esa historia a través de las huellas químicas conservadas en los restos de personas que, en su mayoría, permanecen anónimas en las fuentes escritas. El estudio ha reconstruido la dieta de 120 individuos enterrados en este cementerio islámico, Torre Monreal, gracias a las diferentes variantes de compuestos químicos, o isótopos. El trabajo permite seguir durante varias generaciones la vida de una comunidad que permaneció en Tudela hasta que, en 1516, sus miembros tuvieron que convertirse al cristianismo o abandonar el reino. Por el número de personas analizadas y los siglos que abarca, constituye el mayor estudio isotópico realizado en España sobre una minoría en el pasado, y uno de los más amplios de Europa, resaltan los responsables del trabajo.
“Más que un estudio sobre qué comían en la Edad Media, es una historia sobre cómo una minoría negoció su identidad y se adaptó a profundas transformaciones políticas, económicas y ambientales a través de algo tan básico como la comida”, explica el arqueólogo Patxi Pérez-Ramallo, líder del trabajo. “En un momento en que Europa vuelve a debatir intensamente sobre integración, diversidad cultural y la posición de las minorías religiosas, Tudela nos ofrece una perspectiva histórica de casi 400 años sobre cómo estos grandes procesos terminan materializándose en la vida cotidiana y, literalmente, en el cuerpo de las personas”, añade el investigador del Instituto Max Planck de Geoantropología, en Alemania. El estudio acaba de publicarse en la revista especializada Antiquity.
El cementerio musulmán de Tudela es el mayor y mejor estudiado en esta época en toda España, resalta Pérez-Ramallo. Al contrario de lo que sucede con otras necrópolis, las musulmanas no se han conservado por distintas razones, entre ellas los intereses urbanísticos. Es lo que sucedió con el cementerio de la Plaza del Castillo de Pamplona, que se destruyó para construir un aparcamiento en 2001 pese a la oposición vecinal; o la de San Nicolás en Ávila, que era el cementerio islámico más grande de España. “Con necrópolis cristianas y judías hay acuerdos de preservación y estudio, y representantes de ambas instituciones gozan de influencia y decisión, pero en el caso de las musulmanas hay una ausencia”, explica Pérez- Ramallo, que también trabaja en la Universidad Libre de Bruselas.
En la maqbara de Tudela, el Gobierno de Navarra y el ayuntamiento decidieron excavar y preservar en unos trabajos encomendados al arqueólogo regional Jesús Sesma Sesma, coautor del estudio, quien articuló un equipo interdisciplinar para analizar el conjunto. La investigación contó con el respaldo de representantes de las comunidades islámicas de Navarra y de España. Miembros de la comunidad musulmana actual de Tudela también apoyaron el proyecto.
Mirando a La Meca
La forma de diferenciar a un muerto musulmán de otro cristiano en aquella época es por la posición del rostro. Los cristianos enterraban boca arriba con la cara mirando hacia arriba, mientras que los musulmanes la ladeaban para que mirase a La Meca, algo que también cuidaban con la orientación general de la tumba. Una de las cosas que evidencia el estudio es que, a medida que pasan los siglos, los mudéjares de Tudela sí se hicieron más celosos de su tradición religiosa. Dejaron de disponer los cadáveres tumbados hacia arriba para ponerlos sobre su costado derecho, primero, y después localizando el cadáver en un nicho más estrecho de acceso lateral que mantiene la postura mencionada. Para los investigadores, este es un indicador de que estas comunidades se hicieron cada vez más celosas de su tradición a medida que la presión del poder cristiano sobre ellos aumentaba.
El análisis de los isótopos químicos de los cadáveres, entre los que hay niños, adultos y ancianos, muestra una caída del consumo de pescado de río tras la llegada de los cristianos. El pescado era un alimento permitido por el islam, pero en 1127 el rey Alfonso I reservó los esturiones y otros pescados para la Corona. Los precios, los impuestos y el dominio cristiano pudieron condicionar el acceso de la minoría islámica a estos alimentos, especialmente en hogares de artesanos.
Con el tiempo ganaron peso ovejas, cabras, conejos y, sorprendentemente, el vacuno, un ganado de menor estima en la época, cuya aportación estimada llegó a superar a la de ovejas y cabras. La señal pudo incluir leche y queso, además de carne. Si los lácteos soportaban menos impuestos estipulados por los dirigentes cristianos, podían ofrecer una alternativa más asequible. Esta dieta difería tanto de la de comunidades andalusíes anteriores de la zona como de la de poblaciones cristianas rurales próximas. Los científicos ven en esto una adaptación tal vez forzosa de la minoría musulmana, que llegó a componer el 25% de la población local.
El análisis muestra un cambio en esta tendencia justo después del azote de la peste negra y las hambrunas, que pudieron acabar con la vida de la mitad de la población. En este momento, el pescado de río y las gallinas recuperaron peso en la dieta de los mahometanos. La falta de trabajadores pudo dar más margen de negociación a una comunidad que seguía ocupando una posición desigual, interpreta el trabajo.
No se ven muchas diferencias en la alimentación de hombres y mujeres musulmanas, con una excepción. Las féminas de más de 50 años evidencian una alimentación más escasa y de peor calidad. Los autores del trabajo creen que la explicación es que se puede tratar de mujeres que enviudaron y cuyo sustento dependía de forma importante de sus familias o de la caridad.
Hay un último indicador de fe. Los menores de tres años analizados muestran señales claras de que fueron lactantes al menos dos años, como recomienda el Corán.
Sylvia Jiménez Brobeil, antropóloga de la Universidad de Granada, que no ha participado en el estudio, señala que “es una interesante aportación al conocimiento de las poblaciones medievales de la península ibérica, sobre todo de aquellas de las que hay pocos datos escritos”. La experta destaca que, como resaltan los autores, la interpretación de los datos debe hacerse con cautela. Aún así, la antropóloga destaca que lo observado con las mujeres mayores coincide con lo visto en otros cementerios musulmanes, y se asocia con la diferenciación por género de esta cultura. “Las mujeres jóvenes, en edad de tener hijos, consumen alimentos de buena calidad, mientras que las más ancianas tienen limitaciones”, resalta. La investigadora también destaca que “a lo largo del tiempo se aprecia un empobrecimiento de la comunidad islámica con un menor consumo de proteínas y más de vegetales”. “Los propios autores reconocen que no solo hay una cuestión de legislación, sino también de cambios ecológicos. La Edad Media es una etapa muy interesante de estudiar por los distintos cambios en la climatología. Las poblaciones se adaptaron a esos cambios con modificaciones en hábitat, modos y medios de vida y, por supuesto, la dieta”, añade.
Alejandro García Sanjuán, historiador de la Universidad de Huelva, destaca la importancia del análisis de ADN e isótopos para estudiar aspectos de la vida diaria de comunidades en el medievo de las que no hay datos escritos. “Con los mudéjares, esta es una vía de análisis con un gran potencial, sobre todo en reinos donde no quedan muchos registros documentales; aquí es donde la arqueología funeraria puede convertirse en una vía de acceso casi única para el estudio de estas comunidades”, expone.
El equipo prepara un análisis genético de los restos, que podrían desvelar el origen geográfico de los mudéjares, así como la publicación de los escasos objetos de valor encontrados en algunas de las sepulturas.





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